Violent cop: una tragedia griega nipona

Título original: Sono otoko, kyôbô ni tsuki
Año: 1989
Nacionalidad: Japón

Dirección: Takeshi Kitano
Guión: Hisashi Nozawa, adaptado posteriormente por Takeshi Kitano
Producción: Shozo Ichiyama, Toshio Nabeshima & Takio Yosida
Fotografía: Yasushi Sasakibara
Música: Daisaku Kume
Montaje: Nobutake Kamiya
Dirección artístico: Masuteru Mochizuki & Kazuyoshi Sawaji
Reparto: Beat Takeshi, Maiko Kawakami, Makoto Ashikami, Makoto Ashikawa, Shirö Sano, Sei Hiraizumi, Mikiko Otonashi, Hakuryu, Ittoku Kishibe, Ken Yoshizawa, Hiroyuki Katsube, Noboru Hamada, Yuuki Kawai, Ritsuko Amano, Tarô Ishida, Katsuki Muramatsu, Ken’ichi Endô, Ei Kawakami, Kiminari Matsumoto, Zhao Fanghao…

una tragedia griega nipona

Siendo primero elegido para interpretar al protagonista de Violent cop: Azuma, Takeshi Kitano se hace cargo del mando del proyecto después de que el director inicial, Kenji Fukasaku –director entre otras de Batalla más allá de las estrellas (1968, The green silbe), La mansión de la rosa negra (1969, Kuro bara no yakata), Tora! Tora! Tora! (1970), Triple traición (1992, Itsuka giragirasuruhi) y Battle Royale (2000)- se  desvinculase del proyecto. Tras una revisión del guión de Hisashi Nozawa, Takeshi Kitano se lanza a dirigir su ópera prima y cambiar radicalmente la imagen que de él se tenía en Japón.

Más que evocar el personaje interpretado por Clint Eastwood en Harry,el sucio (Dirty Harry, 1971, Don Siegel), Azuma parece más cercano al policía que interpretara Steve McQueen en Bullit (1968, Peter Yates), un policía que nada espera ya de la sociedad ni de la vida ni de nada. La que vemos en la cinta de Kitano es una sociedad completamente deshumanizada.

La estructura inductiva a través de la que se desarrolla el argumento, hace difícil entender, en un principio, el comportamiento de Azuma. Poco a poco se percibe que su frialdad no es más que una coraza que se coloca ante tanta violencia sin razón, incapaz de dialogar con los delincuentes, limitándose a aplicar la ley a su manera o, cuanto menos, en el único lenguaje que conocen estos delincuentes, el suyo propio: contundente, violento, implacable. Como contrapunto está su compañero, Kikuchi, que representa al policía honesto, que piensa en los derechos del delincuente, que a punto está de ser agredido en más de una ocasión por aquellos a los que con tanto ahínco se empeña en proteger de Azuma, y siendo al final de la cinta, no el que coge el relevo de Azuma, como parece que va a hacer por la repetición del plano del principio, en el que vimos a Azuma cruzar el mismo puente al ritmo de la misma melodía, sino, igual que anteriormente Iwaki antiguo compañero y amigo de Azuma, el camino más corto y fácil: el de la corrupción. Por otro lado está el personaje del asesino, que más que un contrapunto se convierte en el alter ego de Azuma, que como él, ha perdido la esperanza en el ser humano y es quien le empuja hasta que le hace caer por la espiral de violencia, desencadenando el trágico final.

Sin alcanzar la fuerza que tendrán sus posteriores filmes, Kitano se muestra muy preciso en los encuadres y movimientos de cámara, compaginándolos con una fotografía muy cuidada, utilizando la luz a su conveniencia, resaltando y mostrando sólo aquello que le interesa, como los planos fijos en donde vemos enfrentados a Azuma y el asesino en la comisaría, como si de un espejo se tratase y realzando que ambos forman las dos caras de una misma moneda; o más tarde en la secuencia final en el aparcamiento, cuando nos hace creer que no hay más personajes que los que vemos en el encuadre, ocultando fuera de campo al que luego asumirá el poder en la oscuridad.

Es también muy interesante toda la secuencia del traficante que salta por la ventana, mostrando a los niños en un lateral del encuadre, indefensos ante esta violencia tan salvaje y apenas sorprendidos por ella –de hecho es la primera secuencia en la que nos muestra la violencia en primer plano, ya que anteriormente era mostrada indirectamente, fuera de campo o en planos muy cortos en los que no llegaba a percibirse toda la fuerza de la situación. Kitano quiere obligarnos a ser testigos del momento igual que lo son los niños, y nos muestra la pelea entre el traficante y el policía a cámara lenta, para que apreciemos y sintamos cada uno de los golpes y apreciemos lo duro que resultaría presenciar esas imágenes en la vida real, que inevitablemente dejarán una huella imborrable en aquellos que las presencian, concluyendo el ralentí en el momento más duro de todos, cuando le abre la cabeza con el bate de béisbol. A partir de ahí comienza una secuencia, que en el estilo “hollywoodiense” llamarían secuencia de persecución, atípica en este caso, en la que aprovecha para mostrarnos que la violencia no altera al resto de la población, el traficante huye sin ser increpado por ningún ciudadano. Nadie intenta acorralarle. Lógico por otro lado por el detalle del bate, pero lo insólito es que nadie se sorprende, ni reacciona ante los hechos ocurridos, ni siquiera interrumpen sus tareas cotidianas. Normal, casi, que tampoco se alteren o les llame la atención el momento en que Azaru le atropella: uno menos, sin más.

A partir de aquí es cuando empezamos a entender que lo que le pasa a Azuma, que necesite estar insensibilizado a todo lo que le rodea, más todavía después de darse cuenta que su único ser querido, su hermana, es irrecuperable -acaba de salir de una institución mental aunque no está recuperada. No le interesa el dinero, tampoco se molesta realmente en intimar con su nuevo compañero, lo acepta como suponemos podría aceptar el hecho de que muera como el otro compañero. No se molesta siquiera en buscar una compañera que haga más llevadera su soledad –me recuerda también al samurai que interpretara Alain Delon en la película de Jean Pierre Melville: El silencio de un hombre (Le samuraï, 1967)– y eso es, quizás, lo que provoca su caída en picado, que le arrastra a matar a su propia hermana después de verla sometida, reducida y violada por estos animales, capaces de matarse unos a otros, acercándo este lamentable acto, más si cabe, a Azuma con el asesino pues ambos matan a sus seres queridos. Quizás Azuma no bromea cuando Kikuchi le pregunta sus motivos para convertirse en policia: “Para llevar arma” le contesta.

Mencionar por último la banda sonora compuesta, entre otras, por dos piezas de Eric Satie, reinterpretadas electrónicamente, y  que ofrecen todo un contrapunto a la dureza de las imágenes, realzando el dolor en que viven los personajes y abriendo una dimensión trágica y romántica en un relato, aparentemente, de acción. Apoyar también la, criticada a veces, interpretación de Beat Takeshi, que pudiendo parecer inexpresivo -no creo que sea por la falta de recursos de Kitano-, no responde más que a lo que requiere el personaje. De hecho en algunos momentos se prevé la acción siguiente sólo por la fuerza de su mirada.

Concluyo haciendo referencia a la secuencia de inicio del filme en la que –homenajeando a La naranja mecánica (1971, Stanley Kubrick) –un vagabundo es atacado por una pandilla de adolescentes, dejando claro el grado de deshumanización de esta sociedad cuya corrupción y decadencia está ya presente en el peldaño más bajo e inocente: la infancia.

Luis M. Álvarez

Un filme enmarcado en los siguientes seminarios:

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s