Black rain, y la lluvia que no cesa en Osaka

Título original: Black rain
Año: 1989
Nacionalidad: EE. UU.

Dirección: Ridley Scott
Guión: Craig Bolotin & Warren Lewis
Producción: Stanley R. Jaffe & Sherry Lansing
Fotografía: Jan de Bont
Música: Hans Zimmer
Montaje: Tom Rolf
Diseño de producción: Norris Spencer
Dirección artística: John Jay Moore & Herman F. Zimmerman
Decorados: Leslie Bloom, John M. Dwyer, Richard C. Goddard & Alan Hicks
Vestuario: Ellen Mirojnick
Reparto: Michael Douglas, Andy Garcia, Ken Takakura, Kate Capshaw, Yusaku Matsuda, Shigeru Kôyama, John Spencer, Guts Ishimatsu, Yûya Uchida, Tomisaburo Wakayama, Miyuki Ono, Luis Guzmán, John Costelloe, Stephen Root, Richard Riechle, Bruce Katzman…

y en osaka tampoco dejaba de llover

Los buenos filmes, igual que el vino, mejoran con los años, se enriquecen, siendo tan válidos como en el momento de su estreno. Pudiera ser esta una buena manera de demostrar la validez y la calidad de un filme determinado. Pero por otro lado, cuando el filme no es tan bueno, el tiempo no hace más que destacar sus defectos, y aunque entendamos que en su momento pudiera haber tenido éxito, parece que correspondía a que cumpliera todos los requisitos que el público del momento demandara, tornándose todas esas cualidades en defectos 20 años después. También se ha dado el caso de filmes incomprendidos en su momento que han necesitado de un público más experimentado para alcanzar su lugar en la historia del cine.

Black rain, es un curioso caso que mezcla de estos ejemplos. No me cabe duda que resultaría muy propicio en 1989 hacer un thriller con un reparto encabezado por Michael Douglas, dirigida por Ridley Scott, que todavía vivía de las rentas de su una obra maestra, no considerada así en su momento, pero que sin embargo ganara adeptos con el paso del tiempo. El único problema es que repetir una fórmula conlleva sus riesgos, sobre todo cuando el material no tiene detrás una novela tan sólida como la de Philip K. Dick que inspirara en su momento Blade Runner (1982).

Aunque hay una cierta preocupación por definir los personajes y darles profundidad, no se trata de una dedicación que se extienda a todos los personajes, únicamente conocemos la situación personal que atraviesa Nick, investigado por el departamento de asuntos internos y acosado por las deudas contraídas por un divorcio. De su compañero sólo sabemos su supuesta afición a los toros y al karaoke. Lo mismo sucede con su compañero japonés, que de refilón nos enteraremos al final que también tiene familia. La historia de amor no tiene cabida y el personaje encarnado por Kate Capshaw (que no sabe andar en tacones) se convierte en un cliché de lo más repetido, gestos y diálogos incluidos.  Aparte de estas carencias, la historia está bastante bien llevada, nunca decae la atención y aunque algunos giros sean previsibles, están ejecutados con rigor y acierto. Únicamente se pierde el rumbo en el encuentro final entre Sato y Sugai, que se convierte en la típica y previsible secuencia de acción al uso con carrerita de motos, como para justificar el hecho de que empezáramos el filme con una carrera, más que porque constituyan su pasatiempo favorito.

Por otro lado el guión refleja un interés muy bajo por la cultura japonesa, pues aunque estemos en Osaka y vallamos persiguiendo a unos japoneses, la historia sólo se detiene en todo lo que concierne a Nick y a Charlie. No sabemos que es lo que lleva a Sato a asesinar a Charlie cuando podría haber optado por asesinar a Nick directamente. No sabemos porqué asesina Sato a unos coleguillas japoneses en un restaurante de nueva York, más que para justificar su presencia en la historia y la de Nick y Charlie más tarde en Japón. Nada sabemos de lo que estaba haciendo la policía japonesa respecto a todo el asunto. No sabemos como hace una cabaretera como el personaje de Kate Capshaw para manejarse también entre los mafiosos japoneses, sobre todo teniendo en cuenta que es gaijin.

El trabajo de fotografía de Jan de Bont es una clara víctima de la moda de los años ochenta que se empeñaba en fotografiar todo sin apenas luz o con muchos contrastes creados por un chorro inmenso  que entra por una ventana o un ventilador dejando el resto de la habitación en penumbras. Muy bonito si no fuera porque no resulta nada verosímil un careo en el departamento de asuntos internos con las luces apagadas, ni un encuentro entre los dos mafiosos sin apenas luz, ni muchos menos todo el departamento de policía de Nueva York o de Osaka en las mismas condiciones. Sin duda no corresponde más que al intento de transmitir aquella sensación turbadora que transmitía Blade Runner, no sólo con la luz, sino con la elección todas las localizaciones del filme, pues esta Osaka de 1989 se parece mucho al Los Angeles del dos mil y pico que retrataba Blade Runner, la lluvia constante, los orientales, los restaurantes, la oscuridad, los letreros luminosos, etc, etc, etc.

Que conste que a pesar de todo esto el filme es bastante entretenido, yo he sido capaz de verlo un par de veces y me lo vería otra, si hiciera falta. Lo que pasa es que uno se hace a la idea de que está viendo un filme del mismo director de Alien (1979) y claro, las expectativas se quedan muy por debajo. Da la impresión de que Ridley Scott sea un mero director de cine de batalla, de los de dame un guión y lo plasmo en imágenes, pero sin poner del todo su corazón, buscando los planos más efectivos para cada momento y una estructuración de secuencias justificable en unos decorados creíbles, con unos actores a la medida, un artesano más que un artista, un director a sueldo más que un autor.

Luis M. Álvarez

Este filme está enmarcado en los siguientes seminarios:

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