El escritor

Título original: The ghost writer

Año: 2010

Nacionalidad: Francis, Alemania & Reino Unido
Dirección: Roman Polanski
Guión: Robert Harris & roman Polanski, basado en una novela de Robert Harris
Producción: Robert Benmussa, Roman Polanski & Alain Sarde
Fotografía: Pawel Edelman
Música: Alexandre Desplat
Montaje: Hervé de Luze
Diseño de producción: Albrect Konrad
Dirección artística: Cornelia Ott, David Scheunemann & Steve Summersgill
Decorados: Katharina Birkenfeld & Bernhard Henrich
Vestuario: Dinah Collin
Reparto: Ewan McGregor, Jon Bernthal, Kim Catrall, Pierce Brosnan, Tim Preece, James Belushi, Olivia Williams, Timothy Hutton, Anna Botting, Tom Wilkinson, Yvonne Tomlinson, Eli Wallach, Milton Welch, Tim Faraday, Alister Mazzotti, Mariane Graffam, Kate Copeland, Soogi Kang, Lee Hong Thay, John Keogh, Jaymes Butler, Hans-Peter Sussner, Stuart Austen, Morgane Polanski, Andy Güting, Robert Wallhöfer, Glenn Conroy, Robert Seeliger, David Rintoul, Clayton Nemrow, Julia Kratz, Nyasha Hatendi, Daphne Alexander, Angelique Fernandez, Anne Wittman, Robert Pugh, Michael S. Ruscheinsky, Mo Asumang, Sylke Ferber, Desirée Erasmus, Errol Shaker, Errol Trotman-Harewood, Talin Lopez, Joel Kirby…
anoche soñé que volvía al edificio dakota
Si algunos consideraban que el hecho de que Roman Polanski hiciera una película como Oliver Twist (2005) -típico filme que responde a una demanda, estúpidamente, familiar- nos privaría de las delicias cinematográficas a las que nos tenía acostumbrados… se equivocaba. Roman Polanski retoma con El escritor el estilo cinematográfico de sus mejores y más recordados trabajos como La semilla del diablo (Rosemary’s baby, 1968), El quimérico inquilino (Le locataire, 1976) o, incluso, Frenético (Frantic, 1988) Esta fabuloso, fantástico y emocionante filme no deja a nadie indiferente, conjuga magistralmente, sin apenas trampas visuales ni artificios argumentales, todos los elementos audiovisuales a su disposición y consigue captar la atención del público desde el primer fotograma hasta el mismísimo último momento de la proyección. Y sin pestañear.
Igual que hiciera con Hugh Grant en Lunas de hiel (Bitter mono, 1992), Polanski arranca de Ewan McGregor -un actor prácticamente olvidado en términos interpretativos desde aquel mítico Trainspotting (1996, Danny Boyle)- una prodigiosa, verosímil, realista, fuerte e inteligente interpretación, que nos conduce por los vericuetos de la sospecha, la neurosis, el cinismo y la paranoia desde el momento en que es atracado en un taxi de camino a su casa tras haber conseguido el trabajo de su vida. Absolutamente todo el reparto de la película se manifiesta asombrosamente impecable, desde los calculados gestos, movimientos y posturas de Pierce Brosnan -indudable alter ego de Roman Polanski en la película-, hasta las contenidas y dosificadas intervenciones de Kim Cattrall, pasando por el descubrimiento de una impagable Olivia Williams y la deslumbrante (aunque breve)  aparición de ese pequeño gran actor, Eli Wallach. No sólo es que cada uno haga perfectamente su papel, es que además interactúan unos con otros con una naturalidad, con un realismo, con una veracidad tan asombrosa que ni siquiera parecen actores, parecen los auténticos personajes creados para representar su papel en la historia. El papel de una clase social, que ni es la burguesa ni es la aristocrática ni la nobleza, sino la clase política. 
Todos estos personajes (ya no actores), se mueven y desplazan por los espacios escogidos para la película con una naturalidad y una seguridad que nos alejan de la sensación de estar en unos cuidados decorados o en la maravillosa casa de diseño que alguien les ha prestado para hacer la película. Es indudable que la labor del diseñador de producción y del equipo de dirección artística y decorados es el segundo gran acierto de la película pues cada espacio interior y exterior, cada paisaje, los decorados, el hotel, el motel, las ubicaciones de las casas y su relación con la naturaleza que les rodea no sólo están escogidos con absoluta precisión, sino que además se funden con los demás elementos estéticos como la fotografía de Pawel Edelman -colaborador habitual desde El pianista (The pianista, 2002)- y esa fantástica banda sonora creada por Alexandre Desplat, para pasar totalmente desapercibidos, sirviendo magistralmente a la historia, como es, por otra parte, habitual en el cine de Polanski.
Otra seña de identidad habitual en el cineasta europeo -pocos cineastas como Polanski pueden mantener por derecho propio el apelativo “europeo” pues ha realizado películas polacas, francesas, inglesas, españolas, italianas, alemanas…- es el uso de un recurso habitual en su filmografía: la deixis, esa maravillosa capacidad para evocar  personajes, lugares o acontecimientos que no aparecen en el relato, aunque sí en la historia. Polanski había utilizado este recurso, por ejemplo, en La semilla del diablo con aquel maravilloso personaje que nunca aparece, más que por teléfono, Donald Baumgart, el actor que pierde la vista en favor de la carrera artística de Guy Woodhouse (John Cassavetes); o en El quimérico inquilino con la constante evocación que se realiza de la anterior inquilina del piso ocupado por Trelkovsky (magnífica interpretación del propio Roman Polanski); en Frenético, la evocación se hace del personaje que es encontrado muerto en la cocina de su apartamento, Dede Martin, responsable de poner en marcha el MacGuffin que acarreaba Michelle (Emmanuelle Seigner) desde los Estados Unidos en su maleta y que causa el equívoco por el que se desencadena toda la trama; en La muerte y la doncella (Death and the maiden, 1994) la deixis alude a las torturas y violaciones llevadas a cabo por el Dr. Miranda (Ben Kingsley) sobre la persona de Paulina Escobar (Sigourney Weaver) durante la dictadura de Chile. En El escritor esta evocación se centra, precisamente, en el predecesor del personaje de Ewan McGregor: el fantasma -si  tenemos en cuenta la expresión original del título de la película. Ese fantasma acechará constantemente la vida del nuevo escritor de la misma manera que la anterior inquilina de aquel apartamento de París acaba consumiendo a Trelkovsky hasta llevarle al suicidio, de la misma manera que Rebecca atemoriza a la segunda señora de Winter en la fantástica obra de Alfred Hitchcock, Rebecca (1940). Esta última cita no es casual, ya que al igual que pasaba en la cinta de Hitchcock, que en ningún momento se llegaba a pronunciar el nombre del personaje interpretado por Joan Fontaine, en el filme de Polanski el personaje interpretado por McGregor no tiene nombre, llegando a convertirse literalmente en el fantasma al que alude el título.

Es obligatorio resaltar ciertas secuencias y momentos de la película como el mismo comienzo de la película con la imagen de ese barco cuya proa se abre para escupir todo su interior menos un vehículo que permanece inmóvil; la secuencia de la entrevista en la que le contratan con las amenazantes voces de los americanos que acceden a su contratación que anticipa la manipulación;la sensación de aislamiento y soledad en la que se ubica la mansión que sirve como domicilio al político Adam Lang; la maravillosa ambientación del Fisherman’s Cove Inn en el que se hospeda el protagonista y esa maravillosa caracterización de la recepcionista -la propia hija de Roman Polanski, Morgane Polanski-; cada una de las veces que se recurre al manuscrito original del anterior escritor y todo el protocolo que obliga a la imposición de no sacarlo de la habitación tras abrir un cajón con una tarjeta magnética para sacar una caja que acoge en su interior el codiciado manuscrito y un inquietante pen drive -¿como se hace para conseguir retratar un objeto inanimado y casi cotidiano como una memoria USB y dotarle de tamaño halo de misterio?-; las inquietantes presencias de la  cocinera y el jardinero y todo lo que callan y ocultan tras sus rasgadas miradas; el momento en que el protagonista encuentra las zapatillas del anterior escritor debajo de la cama y su ropa en el armario y sus enseres y sus secretos; el momento en el que marca el número de teléfono encontrado entre la documentación de su predecesor, la espera, la voz al otro lado de la línea; cada vez que suena el teléfono y no lo coge; el plano en el que están todos viendo la televisión y se ven a sí mismos sorprendidos por un helicóptero, secuencia que esconde muchas claves del relato; el paseo en bicicleta; la bañera; el intenso trayecto que lleva al protagonista en el vehículo de su predecesor a través del último trayecto que realizara; la oculta y escondida ubicación del domicilio de Paul Emmett (Tom Wilkinson) que anticipa todo lo que esconde; la persecución por el ferry; el motel en el que se hospeda, la conversación telefónica con Robert Rycart (Robert Pugh) y la llegada de su secuaz; el juego del principio del libro -que no voy a desvelar-, que me hace recordar aquel fantástico anagrama que utilizara en La semilla del diablo para resolver una información similar; la penúltima secuencia y ese largo y maravilloso movimiento de cámara siguiendo ese mensaje escrito de mano en mano hasta llegar a su destinatario; y la maravillosa composición del último plano, con la acción fuera de campo y la mitad de la imagen de Adam Lang y la vida que sigue sin ningún tipo de alteración por los acontecimientos y la biografía del político se ha escrito sola y el fantasma que…

No me queda más que aludir al verdadero tema de la película, que no es otro que la sumisión (que no obediencia ni negociación) a la que los Estados Unidos de América someten al resto del mundo desde que terminara la Segunda Guerra Mundial. Una guerra de la que sacaran el partido suficiente como para convertirles en la mayor potencia mundial y que, por H o por B, sigue manipulando a la clase política actual en todo el mundo.

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