Alicia en el país de las maravillas

Título original: Alice in wonderland

Año: 2010

Nacionalidad: USA
Dirección: Tim Burton
Guión: Linda Woolverton, basado en las novelas de Lewis Carroll
Producción: Joe Roth, Jennifer Todd, Suzanne Todd & Richard D. Zanuck
Fotografía: Dariusz Wolski
Música: Danny Elfman
Montaje: Chris Lebenzon
Diseño de producción: Robert Stromberg
Dirección artística: Tim Browning, Todd Cherniawsky, Stefan Dechant, Andrew L. Jones, Mike Strassi, Christina Ann Wilson
Decorados: Karen O’Hara & Peter Young
Vestuario: Colleen Atwood
Reparto: Mia Wasikowska, Johnny Depp, Helena Bonham Carter, Anne Hathaway, Crispin Glover, Matt Lucas, Stephen Fry, Michael Sheen, Alan Rickman, Barbara Windsor, Paul Whitehouse, Timothy Spall, Marton Csokas, Tim Pigott-Smith, John Surman, Peter Mattinson, Lindsay Duncan, Geraldine James, Leo Bill, Frances de la Tour, Jemma Powell, John Hopkins, Eleanor Tomlinson, Rebecca Crookshank, Michael Staunton, Christopher Lee, Mairi Ella Challen…
a través del espejo siguiendo el camino de baldosas amarillas 
En la esquina izquierda del cuadrilátero se encuentran los admiradores del cineasta gótico californiano que tratan, por todos los medios, de encontrar algún eslabón perdido en la cadena de producción, una cabeza de turco, a través de la que exculpar las responsabilidades de su admirado freak ante el evidente desengaño que supone esta Alicia en el país de las maravillas. En la esquina derecha se encuentran aquellos que llevaban anunciando la decadencia del cineasta-anteriormente-conocido-como-artista, desde que entrara en la cadena de producción de la industria norteamericana con Sleepy Hollow (1999) y, sobre todo, de la absurda El planeta de los simios (Planet of the ages, 2001). Me encuentro, clara y obviamente, en el segundo grupo. 
Me llama la atención el rotundo primer crédito de la película con ese espectacular Walt Disney Pictures presents a toda pantalla, como si en vez de las aventuras de Alicia a través del espejo fuéramos a presenciar las de Clark Kent y su alter ego, Superman, en Metrópolis. Unos créditos que podrían ser un corte de mangas que Tim Burton lanza a los famosos estudios de producción de películas infantiles que le despidieran por raro, freak y oscuro, allá por los años ochenta. Si así fuera podríamos determinar, sin lugar a equívocos, que en lugar de desarrollar su creatividad y su fantasía en libertad, se hubiera dedicado en los últimos años a urdir un estúpido plan de venganza personal contra los estudios Disney. Sólo así se podría explicar la sumisión y adormecimiento en los últimos títulos de tan peculiar director que de las oscuros, macabros y tortuosos personajes como Bitelchús, Batman, Eduardo Manostijeras y Edward D. Wood Jr., ha pasado, progresivamente, a las inocentes, coloridos y casi victorianos retratos de Ed Bloom, Charly o la novia cadáver. Pero esta teoría sólo se puede dar por válida si en su próxima película Burton retoma su carrera artística donde la dejara con Mars atacks (1996), de no ser así, está claro que Alicia en el país de las maravillas representa en la filmografía de Burton lo que Hook (1991, Steven Spielberg) representara para la del de Ohio: su prematuro envejecimiento fruto del abuso de viajes al país de Nunca Jamás.
Con respecto a aquellos que buscan desesperadamente un responsable ante el revestimiento clásico, aburrido y previsible que caracterizan a esta Alicia -que casi consigue poner aquella Alicia en el país de las maravillas (Alice in Wonderland, 1951, Clyde Geronimo, Wilfred Jackson & Hamilton Luske) de Disney en el podio del esplendor- les diría que, al fin y al cabo, Tim Burton no es un autor capaz de llevar a su terreno las historias que otros le encargan. Burton no es más que un artesano laborioso y oportunista que, más que dotado de una original creatividad, se limita a pintarlo todo de negro -casi de la misma manera que la reina roja pinta las rosas de rojo- y añadir espirales a diestro y siniestro. Sobre todo a siniestro y siniestra. De hecho, aparte de sus espléndidos cortometrajes, Mr. Burton no ha escrito más que dos guiones en toda su carrera cinematográfica, uno el que pone en evidencia sus propios traumas y frustraciones personales: Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990); y aquel que llevaría definitivamente a la pantalla, el mucho más personal, Henry Selick en Pesadilla antes de Navidad (The nightmare before Christmas, 1993). Lo que deja fuera de toda responsabilidad a la guionista, Linda Woolverton, habitual en otros títulos Disney como la espléndida La bella y la bestia (Beauty and the beast, 1991, Gary Trousdale & Kirk Wise) o la odiosa El rey león (The Lion king, 1994, Roger Allers & Rob Minkoff). Si acaso resulta curioso que Alicia, que se niega a ocupar el sitio que le corresponde socialmente, represente todo lo contrario que Simba, que asume obediente y sumiso lo que le dicen que tiene que hacer… casi igual que Tim burlón, parece.
Para aquellos que opinan que la responsabilidad del descalabro artístico está oculto en las imposiciones estéticas de un malvado y opresivo productor, decirles que esa teoría no tiene sentido, no se sostiene. Generalmente las imposiciones del productor se producen cuando hablamos de un director novato que todavía no tiene el respaldo del público ni la demostrada rentabilidad en taquilla. Este sería justamente el caso contrario de Burton que, quizás mientras se produce a sí mismo, desde Eduardo Manostijeras hasta Mars attacks es cuando no goza del clamor del público aunque sí de la crítica -siendo sin ninguna duda su mejor etapa- y en cuanto la industria descubre el filón económico y le acoge en su seno, desde y a partir de Sleepy Hollow, comienza su inevitable declive artístico aunque, eso sí, su indiscutible aceptación entre el público. Es una historia que, lamentablemente, se repite mucho en la historia del cine, cuando se le ponen las cosas difíciles a un cineasta se activa su creatividad y en el momento en que se lo das todo se pierde en la abundancia.
Si por teorías fuese, me quedaría con la sentimental, la que dispone artística y estéticamente las obras de un cineasta en función de sus parejas sentimentales, que no indicaría más que Helena Bonham Carter incrementa la demanda de Tim Burton por satisfacer su, al parecer, insaciable necesidad gótico estética bañada en púrpura, rojo y todos los colores de la Semana Santa. Algo que no le pasaba cuando se le relacionaba sentimentalmente con la espléndida Lisa Marie, o con su primera mujer, Lena Gieseke.
Aunque sí he leído la primera de las novelas sobre Alicia de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas (Alice’s adentres in wonderland, 1865), no así su secuela, Alicia a través del espejo y lo que encontró allí (Through the looking-glass, and wat Alice round there, 1871), pero no creo que esta se aleje tanto de su predecesora como la película de Burton de cualquier otra película sobre Alicia. La propia Alicia se encarga de recordarnos que el tiempo es un concepto extraño dentro del imaginario surrealista y onírico que propone la historia, al igual que la ausencia todo control ejercido por la razón fuera de cualquier preocupación estética o moral… Reglas que se salta Tim Burton en favor de un discurso clásico, predecible, ¿comprensible?, explicable, (in)coherente, en definitiva, que traiciona todos los preceptos de la vanguardia estética que liberara Luis Buñuel. Por otro lado y volviendo a mi carencia ante la lectura de la secuela literaria de Carroll, resulta imposible que el británico, por fechas, plagiara la famosa novela que escribiera Lyman Frank Baum, El maravilloso mago de Oz (The wonderful wizard of Oz, 1900), pero es que las similitudes son tantas que encuentro realmente innecesario perder el tiempo explicándolas aquí. 
Poco hay que señalar del reparto, aparte de la insoportable variedad de gestos amanerados con los que nos tortura Anne Hathaway, ningún acierto interpretativo, ningún actor o actriz, real o animado, que resalte sobre los demás. Lo de animado no lo digo por decir, sino porque esta Alicia no forma parte de los títulos de imagen real de Disney, sino de aquellos que mezclan animé con imagen real, como hicieran antaño Mary Poppins (1964, Robert Stevenson) o La bruja novata (Bedknobs and brommsticks, 1971, Robert Stevenson), en lo que resulta ser una cierta tendencia del cine actual que disfraza títulos de animación como películas fantásticas o de ciencia-ficción, quizás para evitar los prejuicios que, todavía, algunos espectadores anticuados tienen por el maravilloso y arriesgado mundo de la animación. Me refiero, claro está a títulos como Avatar (2009, James Cameron) o Furia de titanes (Clash of the Titans, 2010, Louis Leterrier). Por otro lado es de agradecer que no se popularicen como cine de animación, así no se desmerece tan ilustre género.

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3 comentarios en “Alicia en el país de las maravillas

  1. bien sabes tu querido el dolor que me causa decir que no veré esta película. Burton para mi ha muerto. Me decepcioné tanto hace ya tanto tiempo…y eso que yo era fiel seguidora ¿recuerdas? aiss…
    Esto me recuerda al “ocaso de los dioses”

    en fin…

    xx

    Me gusta

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