Martina García

«Rabia»: la metamorfosis del inmigrante

Cartel de Rabia
Cartel de Rabia (2009, Sebastián Cordero)

Título original: Rabia
Año: 2009
Nacionalidad: España

Dirección: Sebastián Cordero
Guión: Sebastián Cordero, basado en la novela de Sergio Bizzio
Producción: Álvaro Augustín, Rodrigo Guerrero, Eneko Lizarraga, Bertha Navarro & Guillermo del Toro
Fotografía: Enrique Chediak
Música: Lucio Godoy
Montaje: David Gallar
Diseño de producción: Eugenio Caballero
Vestuario: Eva Arretxe
Reparto: Icíar Bollaín, Yon González, Martina García, Fernando Tielve, Àlex Brendemühl, Gustavo Sánchez Parra, Concha Velasco, Xabier Elorriaga, Javier Tolosa, Karlos Aurrekoetxea…

Galardonada con el premio especial del jurado en el Fetival Internacional de Tokio, Rabia es una interesante propuesta de Sebastián Cordero que partiendo de un planteamiento social nos acaba llevando, más que hacia el thriller psicológico, hacia una pesadilla terrorífica. Basada en una novela del cinematográfico Sergio Bizzio, Rabia cuenta la historia de Rosa (Martina García) y José María (Gustavo Sánchez Parra), dos inmigrantes latinoamericanos en España, que tienen diferentes maneras de afrontar su presente y su condición. Mientras que Rosa se adapta a la vida lejos de casa y trata de involucrarse con su “nueva familia”, a pesar de ciertos incidentes desagradables, José María se encierra en sí mismo y sumando rabia y violencia con fatalidad, acaba atrapado en una espiral que le arrastra hacia abismo personal.

Lo más interesante de Rabia es que no hace falta ser o haber sido inmigrante para identificarte con los personajes. Lo que le pasa a José María puede pasarnos a cualquiera en nuestro trabajo, el abuso de autoridad, el desprecio y la superioridad de alguien que se cree por encima de otro sucede más a menudo de lo que muchos se piensan, si bien es cierto que quizás se agudice en ciertos sectores como la construcción, la agricultura o la hostelería. Lo que le pasa a José María no le pasa porque sea de Colombia, Ecuador o Bolivia, también le pasa al andaluz en Cataluña, o al gallego en la Comunidad Valenciana, al español cuando se va a Alemania o al inglés cuando viene a España. Esa frase: “que no estás en tu país” se puede extrapolar a cualquier ámbito: no estás en tu pueblo, no estás en tu barrio, no estás en tu puesto, no estás en tu casa…

Gustavo Sánchez Parra
Gustavo Sánchez Parra en Rabia (200

Lamentablemente, la xenofobia funciona a muy distintos niveles, incluso entre compatriotas de distintas clases sociales, pues está claro que el mismo trato que Rosa recibe de sus jefes, es el que estos le darían a una sirvienta que fuera de Cuenca, de Segovia o del pueblo de al lado. Pero José María no entiende esto. Víctima de una explosión de ira en un momento inoportuno en el lugar menos indicado provoca, de manera accidental, pero directamente, la muerte del que fuera su jefe. Igual que interiormente decide aislarse en sí mismo, físicamente decide hacer lo mismo, en la casa en la que trabaja Rosa. Desde ese momento, igual que el personaje de Kafka se convirtiera en un escarabajo, José María se convierte en la rata con la que convive en su encierro.

Es imposible definir en palabras el magnífico trabajo de interpretación física que ofrece Gustavo Sánchez Parra —que iniciara su carera cinematográfica en Amores perros—, cuyo sufrimiento interior se percibe por cada uno de los porros de su cuerpo, ofreciendo una interpretación hacia fuera de un personaje que siente hacia dentro —no extraña lo más mínimo que el actor necesitara ayuda psicológica tras el rodaje—; por otro lado, Martina García —a quien tendremos ocasión de volver a disfrutar en Biutiful—, nos regala otra magistral interpretación, pero en la dirección contraria, interiorizando todo lo que siente hacia fuera.

A pesar de que la mayor parte del relato está centrada en estos dos personajes, merece la pena mencionar la breve, pero contundente, aportación de Concha Velasco en su retrato de una esposa alcohólica, un perfil de los que es muy fácil pasarse, pero que ella interpreta con firmeza y seguridad. No sucede lo mismo con el superficial trabajo de Álex Brendenühl, que a mi me parece forzado, ni el mediocre no esfuerzo de Icíar Bollaín, que no parece ni hija, ni hermana, ni madre ni nada, tan sólo una actriz disfrazada.

Martina García y Àlex Brendemühl
Martina García y Àlex Brendemühl en Rabia (2009, Sebastián Cordero)

Sobre las interpretaciones sobrevuela la cámara, sin molestar al actor, sin interrumpir su actuación. Sebastián Cordero escoge con mucha precisión el encuadre, el ángulo, el movimiento haciendo absolutamente creíble el encierro y que José María no sea descubierto, una cámara absolutamente libre y desencadenada, pero perfectamente guiada. Recuerdo el contundente momento en el que se enfrenta a los mecánicos y ese otro momento en el que, al más puro estilo Friedrich Wilhelm Murnau, la imagen de José María es estática mientras camina inmerso en su violencia interior, mientras al fondo percibimos el miedo de quien se cruza con él. Pero uno de los movimientos que más me llama la atención es aquel que relaciona en el espacio y el tiempo a José María, en la habitación de Rosa, y a esta pasando la aspiradora al pie de la escalera, iniciando la acción cuando él marca un número de teléfono en el aparato, que escuchamos que suena a lo lejos, buscando la cámara el origen del sonido, llevándonos, no hasta Rosa, sino hasta el otro teléfono, descolgando Rosa el auricular, cesando el sonido y el movimiento. Bello, estético y con fundamento.

Si la cámara es ligera, la luz de Enrique Chediak es la que pesa, la que oprime, la que empuja a José María por la espiral de rabia que le lleva a la destrucción. Lo fascinante es que la película es hermética, auténtica, personal y efectiva, no pudiendo encontrar muchas referencias a otras películas, siguiendo la estela de Murnau, podemos encontrar referencias expresionistas, pero perfectamente asimiladas en el lenguaje de Sebastián Cordero. Ni siquiera la confesada influencia de Le locataire (The Tenant).

Puede que se detenga más de la cuenta en algún momento, puede que la historia pierda un poco de fuerza en el último tercio, puede que el final necesitara algo más de condimento, pero el tremendo esfuerzo de actores y el empaque visual de todo el filme hacen palidecer cualquier grieta en la obra.

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