Tim Robbins

Alarma en Hollywood: se buscan nuevas ideas

Recientemente hice alusión al flamante título de Robert Altman, El juego de Hollywood (The player, 1992), para aludir a la falta de conocimientos cinematográficos de los encargados en decidir y dar vía libre a los nuevos proyectos: los productores. Recientes artículos ponen de manifiesto que una nueva limpieza de personal se debe estar efectuando en los grandes estudios a propósito de un alarmante descenso del espectador en la taquilla estadounidense. Parecer ser que el público está cansado de tantas secuelas, precuelas, franquicias, remakes y de ver la misma historia una y otra vez. Y ya era hora, por fin se dan cuenta.

Necesitamos mierda original, porque ahora nuestros jefes están encima de nosotros.

Así se manifiesta un agente a Vulture. Luego en realidad no estaban haciendo su trabajo, se limitaban a pillar su cacho de tarta para ir a comérselo a casa. Es lamentable, ahora es cuando quieren las nuevas ideas, pero no por la necesidad de hacer buen cine, o justificar su trabajo, sino porque el jefe ha aparecido de imprevisto por la oficina. Cada cual que aguante su vela. Menos mal que hay otros profesionales responsables, como uno de los productores ejecutivos de Resacón en Las Vegas (The hangover, 2009, Todd Philips), que asumen su responsabilidad cuando dicen:

Creo que todos nos hemos excedido un poco como industria. No ha habido espacio para material original durante un tiempo hasta ahora. Es una pena, porque no creo que fuera esto para lo que vinimos aquí (ninguno de los que trabajamos en este negocio).

Los productores de Hollywood se han percatado de que al público no le gusta que en vez de películas le vendan productos, que además aprovechan para alcanzar una mayor rentabilidad, ya no con el merchandising, sino con contratos con cadenas alimenticias que impregnan de aceite y colesterol a sus personajes. Si los ejecutivos de Hollywwod se fijaran un poquito más en su propia historia, recordarían lo que sucedió tras la Segunda Guerra Mundial, que además de coronar a los Estados Unidos de América como la primera potencia mundial —cuánto provecho le sacaron a esta guerra— y, entre otras cosas, trae consigo a la llamada Generación Perdida. John Huston, Elia Kazan, Fred Zinnemann o Billy Wilder forman este grupo de cineastas bautizados así en alusión a la Generación Perdida literaria que surgiera del período de crisis de los años treinta y que formaran escritores como John Dos Pasos, John Steinbeck. Richard Wright Erskine Caldwell o Upton Sinclair, cuyas obras serían objeto de adaptación en la época de esta nueva generación perdida. Una generación que provoca el final del Star System y por extensión del cine clásico, a pesar de que la industria contraatacara con argumentos como el 3D y los nuevos formatos espectaculares como el Cinerama y el Cinemascope. Artilugios que son barridos por la renovación de los años sesenta a partir de las nuevas olas que llegan de Europa y se materializan en el New American Cinema, el cine underground y la explosión de los cineastas independientes encabezados por John Casavettes, con perdón de Denis Hopper, que en realidad no era más que un rebelde de Hollywood. Pero como todo lo que sube baja y todo tiempo pasado vuelve renovado, los géneros y la nostalgia del cine clásico vuelve con la banda de los setenta, conocidos también como los cineastas del nuevo Hollywood: George Lucas, Steven Spielberg, Brian De Palma, Paul Mazursky, Peter Bogdanovich, Francis Ford Coppola o Martin Scorsese. Cineastas que, si bien comienzan en el seno del cine independiente, acaban plenamente absorbidos por el sistema, aunque algunos de ellos, como Coppola hayan lamentado este hecho.

Es difícil hacer una apreciación del trayecto del cine norteamericano en los últimos años —por su cercanía en el tiempo— pero todos doremos apreciar un nuevo auge del cine comercial e industrial en los años ochenta, incluyendo el intermitente 3D, para que los estudios vuelvan después a caer en sus errores y volver a abrir sus corazones y bolsillos en la década de los noventa, más que a cineastas, a compañías enteras, como sucediera, por ejemplo, con Miramax que fuera absorbida por la industria tras el éxito de Pulp fiction (1994, Quentin Tarantino) o Pixar, que le sucediera lo mismo inmediatamente después de Toy story (1995, John Lasseter). Lo lamentable es que estos hechos sólo se producen tras el reconocimiento en forma de Oscar o de rendimiento en taquilla, nunca porque crean en sus ideas, sus historias, sus películas o sus propuestas. Creo que a nadie le pilla de sorpresa que al cine made in Hollywood sólo le interesa el dinero, la taquilla, muy pocas veces contar una historia o la expresión artística de sus profesionales.

Lo que hace mover el negocio son las cosas que nadie espera

Menos mal que les queda algún lumbreras como Patrick Corcoran, director de los medios de comunicación e investigación de la OTAN, que además de ser el artífice de la frase anterior, se da cuenta que cuando el público tiene la percepción de que está viendo la misma historia una y otra vez acaba quedándose en casa. Esperemos que ocurra lo mismo con el 3D, las adaptaciones en serie de cómics, series de televisión y videojuegos, las franquicias que alargan un producto hasta que se rompe de tanto usarlo, los remakes de películas que ya hemos visto tres, siete y once veces disfrazadas en un vano intento de aportar algo nuevo, pero resultando lo mismo con nuevo (e inferior) reparto. Lo que no querríamos que sucediera es lo mismo que en el título de Altman, que al final era despedida la única persona que aportaba algo interesante a un proyecto, y los conflictos de un proyecto se resolvían contratando a un nuevo guionista que vendía su alma al diablo con tal de terminar cortando su trozo de tarta.

Publicado originalmente en Extracine

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