M. Night Shyamalan

M. Night Shyamalan: una de cal y otra de arena

Siguiendo los artículos de Alberto sobre M. Night Shyamalanun éxito rápido y religión y política—, intuyo que voy a realizar una aproximación menos popular a su obra, pero son los riesgos que conlleva trabajar en el cine pues, como dice Woody Allen, “una película deja de ser tuya en el momento en que se estrena, para pasar a ser propiedad del espectador”.

Shyamalan es un cineasta que no tiene término medio, mientras en unas encuentra un fascinante equilibro entre la historia que quiere contar y la manera en que la expresa en imágenes, en otras fracasa estrepitosamente. Al no haber visto todas sus películas no puedo hacer una valoración completa, por lo que voy a remitirme, única y exclusivamente, a aquellas películas suyas que sí he visto. Cuatro en total. Suficientes para hacer una valoración global.

Igual que la mayoría de los mortales, mi primera aproximación a su particular universo emocional fue a través de El sexto sentido (The Sixth Sense, 1999), un filme que quizás disfruté más en un segundo visitando que en el primero, pues en ningún momento fui engañado ni sorprendido con su giro final. Desde un principio entendí sin ninguna duda que el Dr. Malcolm Crowe (Bruce Willis) moría en el asalto y que, evidentemente, nadie se comunicaba con él, excepto Cole (Haley Joel Osment). La fuerza del primer visionado quedaba así diluida, pero la fuerte carga emocional del filme me lleva a verlo una segunda vez, encontrando que funciona, incluso, mucho mejor, sin esperar ese giro, sabiendo que Crowe es un fantasma y sin la sorpresa final.

La cuidada atmósfera en la que envuelve a sus personajes se convierte en uno de sus poderosos sellos, aunque ya planea en The sixth sense, la peligrosa sombra —desde mi punto de vista— de la delgada línea roja que separa la cordura de la locura, traducida en la irresponsabilidad del cineasta que no quiere mostrar locura como enfermedad. Me refiero al planteamiento que lleva a Shyamalan a aproximarse a los síntomas de enfermedades mentales —como los que tiene realmente Cole— y admitirlos como si fueran reales, como si estuviera diciendo la verdad. Aunque, finalmente, la emoción con la que resuelve el relato, me pone en su favor, diluyendo el planteamiento irresponsable en favor de la ilusión de que fuera posible un planteamiento tan tierno como la remota posibilidad de comunicarnos con nuestros fallecidos seres queridos.

Lamento no haber podido ver El protegido (Unbreakable, 2000) en su momento, los comentarios que escuché de la película siempre me parecieron muy interesantes e intuyo que me podría haberme gustado, pero el azar quiso que no la viera. Quizás esta buena publicidad popular y el segundo y favorable vistazo a The sixth sense, junto con la estupenda campaña publicitaria que se hiciera de su siguiente título me llevara al cine raudo y veloz para disfrutar de Señales (Signs, 2002). Nada que decir sobre el tono visual de la obra, que me parece magnífico, tampoco me molestan los extraterrestres o la manera en que son mostrados, y nada que decir referente a la estética de la película. Mi problema, en este caso, se acerca, aquí en toda su contundencia, a la irresponsabilidad e  inmoralidad que le lleva a tratar el tema de la fe de una manera tan superficial.

El hecho de que todas y cada una de las particularidades de los personajes quedaran explicados dentro de un sentido, un destino previsto para esos actos y acciones que resuelven el final de la película derrotando al enemigo, me recuerda los testimonios de ciertas personas que tras un accidente o experiencia traumática afirman creer ahora en Dios —nunca antes, siempre después— agradeciéndole que estuviera con ellos en esos momentos difíciles. Indirectamente, vienen a decir que Dios no está con las personas que fallecen en ese mismo accidente, con las mujeres maltratadas o las víctimas de la violencia de género, con los que padecen enfermedades incurables, con los hijos de familias rotas, con las víctimas del terrorismo, o, simplemente, con aquellos que no pueden superar un trauma. ¿Quiere Shyamalan decir que si te quedas en silla de ruedas por un accidente es por algún motivo que desconoces y debe ser así? Creyentes de pacotilla, desde mi punto de vista, pues precisamente el auto de fe tiene como premisa no tener ninguna prueba de lo que se cree, creer porque sí, sin saber la razón.

Por el contrario, El bosque (The Village, 2004), filme que ostenta un gran número de detractores, particularmente en los más fervientes seguidores de Shyamalan, fue para mi un grato reencuentro con el cineasta. Encontré fascinante el ficticio universo creado por los propios protagonistas dentro de la ficción, algo que me sugiere inequívocamente una puesta al día del mito de la caverna, en la que unos personajes viven en un universo inventado a su medida, con unas reglas establecidas, y cuyo intento por alcanzar el exterior es severamente castigado por unos monstruos, igualmente inventados. Quizás no gustara a sus mayores seguidores por carecer de la mística, del séptimo sentido, de algo inexplicable, como sucede en el resto de sus películas, pero que sí tiene interesantes lecturas e interpretaciones tanto políticas como religiosas. Quizás me gustara, personalmente, porque el truco de la película era el mismo para el espectador que para los propios personajes de la película, igual que ellos no saben que viven en una sociedad inventada, no lo sabemos nosotros, y lo descubrimos a la vez que lo hacen ellos. Desde mi punto de vista su filme más sincero y honesto, de los que, al menos, he visto.

Probablemente la impecable factura visual de sus películas me llevó nuevamente muy ilusionado al cine tras esta reconciliación con Shyamalan para ver La joven del agua (Lady in the Water, 2006), que contaba con un reparto muy interesante y prometía fantasía, además de misticismo. Tras una fascinante secuencia de créditos la película no sólo no consigue conectar conmigo, sino que fracasa en todos los sentidos: ni atmósfera, ni personajes, ni fantasía, ni misticismo, ni nada de nada.

Desde mi punto de vista se queda en un farfullero intento por crear un título equivalente a lo que representara Eduardo Manostijeras (Edward Scisorhands, 1190) en la filmografía de Tim Burton, pero que no consigue, ni siquiera, caerme simpática. Es más, al igual que en el título de Burton subyacen sus más íntimos traumas, la película de Shyamalan, ni siquiera esconde su descarada desilusión por no gustar a todo el mundo, representado en la patética destrucción del crítico de cine —lo que obviamente le gustaría hacer a él mismo con tipos como un servidor, sin ir más lejos—, y una megalomanía que le lleva a interpretar, al propio Shyamalan, al personaje clave, al elegido, al que va a cambiar las cosas. El fracaso total y absoluto de la película impide que tuviera una mínima esperanza por encontrar algo positivo en El incidente (The happening, 2008) —aparte del hecho de que está protagonizado por uno de los peores actores del mundo, Mark Wahlberg—, por lo que no me molesté mucho en verla.

Siguiendo mi más pura intuición —y alentado por los fragmentos de una entrevista a Shyamalan publicada en la prensa española—, podría decir que su problema es que no hace las películas para sí mismo, sino para los demás. Cojamos por ejemplo a Steven Spielberg —al cual Shyamalan ha confesado públicamente su admiración y una de sus influencias para hacer cine—, al menos sus primeras películas están hechas para sí mismo, no porque crea que le vayan a gustar al público, sino porque son las historias que le gustan a él. Otra cosa es que su gusto coincida con el de la mayoría y arrase en taquilla —o por lo menos lo hiciera en los años ochenta. Si Shyamalan se preocupara menos de sus detractores, o del público americano que le maltrata más que el europeo o el asiático, podría ser capaz de hacer obras más sinceras y verdaderas, aunque no parece que Airbender, el último guerrero (The Last Airbender, 2010) vaya a ser una de sus películas más personales, ni que la haya hecho para sí mismo. Tiene toda la pinta de estar concebida como un producto más de la industria americana con un toque místico, a la Shyamalan. Nada más. Aunque iremos a verla para hacernos dueños de nuestra opinión.

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