El concierto

Título original: Le concert
Año: 2009
Nacionalidad: Francia, Bélgica, Rumanía & Italia
Dirección: Radu Mihaileanu
Guión: Radu Mihaileanu, Matthew Robbins & Alain-Michel Blanc, basado en una idea original de Héctor Cabello Reyes & Thierry Degrandi
Producción: Alain Attal
Fotografía: Laurent Dailland
Música: Armand Amar
Diseño de Producción: Christian Niculescu & Stanislas Reydellet
Dirección Artística: Vlad Roseanu
Decorados: Gina Stancu
Vestuario: Viorica Petrovici & Maira Ramedhan Lévy
Reparto: Aleksei Guskov, Mélanie Laurent, Dmitri Nazarov, Valery Barinov, François Berléand, Miou-Miou, Lionel Abelanski, Vasile Albinet, Laurent Bateau, Ramzy Bedia, Ovidiu Cuncea, Maria Dinulescu, Roger Dumas, Guillaume Gallienne, Anna Kamenkova, Aleksandr Komissarov, Ion Sapdaru, Valentin Teodosiu, Vlad Ivanov…
Tchaikovsky entre Madrid y Chicago

Preparando su lanzamiento por el nuevo mundo y ya estrenada en Europa, Le concert cuenta entre sus protagonistas con la presencia de Mélanie Laurent —la más estimulante presencia de Inglorious Basterds (2009, Quentin Tarantino)— que corona el reparto de un filme tan sencillo como intenso, tan simple como emocionante.

Andreï Semoinovitch Filipov (Aleksei Guskov) no es el director de la Bolshoi, lo fuera hace treinta años atrás cuando pretendiera sacar adelante su orquesta con músicos judíos, motivo por el cual Ivan Gavrilov (Valeriy Barinov), su mismo manager, interrumpiera su concierto de Tchaikovski para romper su batuta delante del público causándole un trauma, no superado todavía, y que le confina a realizar el servicio de limpieza del propio teatro de la Bolshoi actual. Una casualidad hace que Andreï intercepte un fax con una oferta para actuar en el Teatro Châtelet de París, algo que se propone realizar, con la antigua orquesta de la Bolshoi, el mismo manager, Gavrilov, y una violinista francesa, una joven promesa que lleva siguiendo desde que comenzara su andadura como músico: Anne-Marie Jacquet (Mélanie Laurent).

Es posible que la crítica no ensalce la labor que Radu Mihaileanu lleva a cabo en Le Concert, de hecho resultó una de las perdedoras morales de los últimos premios de la academia francesa, pero de lo que hay ninguna duda en absoluto, es de que los espectadores, igual que hicieran en el Festival de Montreal donde fue premiada con el Premio del Público, gozarán y agradecerán un filme tan reconfortante. Un filme que apela a cosas tan sencillas como la simpatía de sus personajes, la sinceridad de sus acciones y la emoción de la música.

La película ya engancha desde sus títulos de crédito en los que, a través de un estupendo equívoco, se nos presenta el personaje de Andreï y quedamos, desde el primer plano, rendidos a su causa. Los equívocos se repiten en un mundo algo absurdo en el que se contrata figuración para que las manifestaciones comunistas no parezcan desangeladas o para que la boda de un mafioso supere en invitados a la de su contrincante, haciendo de esta falsa apariencia de prosperidad y ostentación el sello de la nueva rusa. Una Rusia pequeña, oscura, impuntual e irresponsable que se rige por el sentimiento, en claro contraste con una Francia amplia, luminosa, puntual y absolutamente racional.

Le concert es además como una montaña rusa emocional, que comienza en clave de comedia para convertirse momentáneamente en una divertida road movie, en la que la búsqueda de los antiguos músicos de la orquesta se realiza en ambulancia —algo que tiene su parte metafórica para la sociedad que retrata—; por momentos surrealista, el momento de los dobladores de cine porno, el hilarante momento del discurso en la boda, el consiguiente tiroteo —momentos que recuerdan un poco algunos momentos del cine de Emir Kusturica—; y finalmente dramática y un tanto trágica a partir del momento en que pisan suelo francés. La alusión al cineasta de Sarajevo se presta también por una espléndida banda sonora, tanto la compuesta por Armand Amar, como la maravillosa selección de temas clásicos, entre los que se incluyen también músicas étnicas representativas de las diferentes culturas que aparecen en la película.

Obviamente la película cuenta con un espléndido elenco de actores y actrices de entre los que destacan sus dos protagonistas, Aleksei Gustov y, sobre todo, Mélanie Laurent, que al igual que sucediera en Inglorious Basterds, sólo necesita un leve movimiento, un gesto discreto, apenas un ángel que pase delante de su mirada, para transmitir y convertir en magia todo lo que toca, incluido el violín —Mélanie no es una actriz, es una alquimista. No se puede dejar de lado el impresionante grupo de actores secundarios que componen la orquesta que junto con un trabajo estupendo de Valery Barinov en un personaje tan antipático como apreciado, y de la breve pero contundente y estimulante aportación de Anna Kamenkova como Irina Filipovna, la esposa de Andreï, rematan una faena particularmente brillante en lo que a la interpretación se refiere.

Es aconsejable coger aire para sobrellevar toda la secuencia final, que utiliza un flashforward para aclararnos el futuro que tendrán los protagonistas —más que nada para no romper el maravilloso clímax emocional—, y que sólo con música, miradas y emoción convierte en sublimes las cosas más sencillas, aquellas que están hechas con mimo, amor y cariño. Mucho, mucho cariño.

Publicado originalmente en EXTRACINE

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