Reverso

Título original: Rewers
Año: 2009
Nacionalidad: Polonia
Dirección: Borys Lankosz
Guión: Andrzej Bart
Producción: Jerzy Kapuscinski
Fotografía: Marcin Koszalka
Música: Wlodzimierz Pawlik
Montaje: Wojciech Anuszczyk
Diseño de Producción: Robert Czesak & Magdalena Dipont
Decorados: Wielawa Chojkowska
Vestuario: Magadalena Biedrzycka
Reparto: Agata Buzek, Krystyna Janda, Anna Polony, Marcin Dorocinski, Adam Woronowicz, Bronislaw Wroclawski, Lukasz Konopka, Blazej Wójcik…
crímenes disculpados

Rewers, la película que fuera seleccionada por Polonia para competir entre las candidatas al Oscar a la Mejor película rodada en habla no inglesa en 2010, es una obra que, si bien comienza con estilo y contundencia, se va desinflando a medida que avanza a causa de unos planteamientos endebles que aplauden lo mismo que condenan.

Sabina Jankowska (Agata Buzek) es una mujer sensible con un alma refinada que se alimenta de poesía, pero con un cuerpo desnutrido sexualmente que clama por una varón que redima sus necesidades físicas y sentimentales. Su madre (Krystyna Janda) y su abuela (Anna Polony), conscientes de ello, le buscan pretendientes, pero no están a la altura. Una noche Sabina es asaltada en la calle cuando un atractivo y misterioso joven (Marcin Dorocinski) se presta a socorrerla y llevarla a casa, iniciando un cortejo que esconde oscuras intenciones.

Rewers es un filme lleno de contrastes, no sólo en su narrativa, sino en su estilo. La impecable y exquisita fotografía en blanco y negro de Marcin Koszalka contrasta con cada salto al presente con un aburrido y plano color, el soberbio trabajo de vestuario y caracterización de cada uno de los personajes en los años cincuenta con el burdo maquillaje de Sabina envejecida, la cuidada planificación que Borys Lankosz desarrolla a lo largo de todo el filme con la ausencia absoluta de interés visual de ese epílogo repartido a lo largo de todo el metraje en breves flashforwards, y, como no, una excéntrica, incomprensible e inapropiada banda sonora compuesta por Wlodzimierz Pawlik, que si bien debe funcionar a las mil maravillas desligada de las imágenes para las que fue creada, desentonan en cualquiera de los momentos en los que se escuchan dentro del relato, todo ello, a pesar de que sus creadores deben estar convencidos de lo bien que lo han hecho, a tenor de los premios que su propia academia les ha regalado.

En lo que respecta al relato no puedo más que recalcar el mismo hecho, todo lo que la historia comienza con un interés que va decreciendo paulatinamente hasta llegar a la secuencia crucial que permite el revés al que alude el título, se vuelve inconsistente y carente de lógica una vez se evidencia la crítica política y la denuncia por los abusos de un régimen totalitario. Y no es una cuestión de conocimientos históricos, pues la maravillosa película de Nikita Mikhalkov Quemado por el sol (Utomlyonnye solntsem, 1994), vendría a denunciar una idéntica represión, pero no sólo con mucha más contundencia, sino con mucha más claridad, a pesar de ofrecer muchos menos detalles y de contener metáforas y deliciosos elementos fantásticos.

“Un paso hacia atrás, permite seguir adelante”

Para entender mi punto de vista sólo tengo que recurrir a una secuencia, la del revés al que alude el tíulo, que al igual que el estilo de la película, también está lleno de contrastes negativos. La ingenuidad de Sabina en la espera por su falso pretendiente contrasta con rotunda y rápida toma de decisión de asesinarle de inmediato una vez descubre el chantaje al que pretende someterla —digo chantaje porque es el término que emplean en la película, a mi me parece más una orden—; el coito que realizan encima de la mesa, presentado como una consecución del “apasionado” cortejo al que es sometida Sabina más parece una violación permitida por un sujeto pasivo que ni se queja ni cuestiona lo que le está sucediendo —en este caso cabría una doble lectura, pues ella ya se refiriera a que no participara en el levantamiento, luego podría ser una metáfora de aquellos que permitieron el régimen comunista impuesto por la, en aquellos momentos denominada, URSS—; el asesinato inmediato con el que Sabina resuelve su situación —siguiendo la idea expuesta por su adorado jefe y anotada precediendo este párrafo— es plenamente justificado por su madre y abuela que, por el contrario, no permiten el aborto con la excusa de que es una vida —lo mismo pensaría el otro de la suya, digo yo—; la mentira y la tiranía en la que vive el pueblo polaco bajo la sombra de Stalin con las mentiras con que Sabina cubre al padre de su hijo, alimentando el recuerdo de un padre inventado.

El recurso del flashforward continuo, además de innecesario, emborrona la película a cada salto que se produce. Además, no tiene ninguna relevancia con respecto al pasado, más que para que sepamos que ella no muere, o que se salva de lo que le pueda pasar, evitando así el suspense o especulación sobre la resolución de la historia, pues ya sabemos de antemano que, por lo menos a ella, nada le va a pasar. Esa patética aportación de que el hijo es gay, no entiendo que aporta a la historia anterior, tan sólo me parece un intento por parecer progresistas, modernos, o contemporáneos. La elección del tema musical del momento del cementerio, no es que no me parezca apropiado, simplemente, no lo entiendo.

Lo que sí puedo alabar es el trabajo actoral. Es indiscutible que Agata Buzek realiza un trabajo soberbio, su cambio de registro de víctima sumisa a verdugo activo y la sutilidad de todos y cada uno de sus gestos, miradas y temblores proporciona al espectador todo lo que necesita para seguir su historia con atención, pero casi me impresionan más tres interpretaciones secundarias: la de Marcin Dorocinski haciendo de su falso pretendiente, que con una premeditada y estudiada naturalidad de la que hace uso su personaje, se convierte en un auténtico y terrorífico villano; pero, sobre todo, Krystyna Janda en el papel de la madre y Anna Polony en el de la abuela, dos personajes absolutamente opuestos a Sabina pues son fuertes y resolutos, a la vez que tiernos y cariñosos.

En cualquier manera, no dudo que estaré atento a otra obra de Borys Lankosz, pues sí aprecio su intento estilístico en encuadres, en composición, en movimientos de cámara, en el uso del fuera de campo o en el propio movimiento de los actores dentro del cuadro que me recuerda al Roman Polanski más intenso y psicológico, previo a su entrada en Hollywood, de títulos como Cuchillo en el agua (Nóz w wodzie, 1962), Repulsión (1965) o Cul-de-sac (1966).

Publicado originalmente en EXTRACINE


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