Los protagonistas de Grand canyon frente al Gran cañón

Confieso: no soporto “Grand Canyon”

Mi “idilio” con Grand Canyon comienza el mismo año de su estreno, 1991, aunque probablemente fuera estrenada al año siguiente en España coincidiendo, además, con su presencia en la carrera por la dorada estatuilla en la que optara al Oscar al Mejor Guión Original, escrito por Lawrence Kasdan —que también dirige— y por su esposa, Meg Kasdan; y que se llevaría finalmente Callie Khouri por su guión para Thelma y Louise (Thelma & Louise, 1991, Ridley Scott). La película venía también avalada por haber obtenido meses antes el Oso de Oro en el Festival de Berlín, por lo que no había, a priori, ningún obstáculo para que siguiese las recomendaciones de las personas que la habían visto y me animaban a verla denominándola una película especial, como con mucho sentimiento, en las que lloras por la emoción no porque sean tragedias o melodramas, vamos, de las que te cambian la vida.

Hasta ese momento Kasdan contaba con todo mi reconocimiento pues era el responsable de títulos que tanto me habían agradado como Fuego en el cuerpo (Body heat, 1981) o El turista accidental (The accidental tourist, 1988), además de haber colaborado en los guiones de El imperio contraataca (The empire strikes back, 1980, Irvin Kershner), En busa del arca perdida (Raiders of the lost ark, 1980, Steven Spielberg) o El retorno del Jedi (Return of the Jedi, 1983, Richard Marquand) que, indiscutiblemente, habían causado una gran impresión en mi más tierna adolescencia. Cierto es que luego vendrían bodrios como el guión de El guardaespaldas (The bodyguard, 1992, Mick Jackson) y propuestas tan insólitas como la de El cazador de sueños (Dreamcatcher, 2003), que incluso me encanta por excéntrica, pero nada parecía predecir la desilusión que me llevaría con Grand Canyon.

No puedo dejar de negar que, en el contexto de la realización de la película, Lawrence Kasdan sabe prever y adelantarse a esa ola de violencia que justo invadiría la ciudad de Los Ángeles en 1991 y que tendría su punto más lamentablemente alto en la agresión sufrida por Rodney King a manos de la policía. Un hecho que trasciende las pantallas estadounidenses para invadir las televisiones del mundo entero.

Cartel de Grand canyon
Cartel de Grand canyon (1991, Lawrence Kasdan)

En Grand Canyon seis personajes intentan sobrevivir a la agresividad de la vida en una ciudad en la que un atracador prefiere llevarse el reloj de Davis (Steve Martin) a su coche, que “amablemente” le cede su dueño en un acto de arrogancia, y que es interpretado por el asaltante como hostilidad, conduciendo a Davis a la cama de un Hospital. En el asalto, Davis experimenta ese tipo de experiencia mística que le lleva a cuestionarse la labor por la que se gana la vida: la realización de películas, mayoritariamente violentas. Algo que otros personajes le animan a rectificar debido a su repulsa por la violencia que muestra en la pantalla.

Es cierto que al final del relato resulta que Davis tan sólo padece un trastorno temporal debido al trauma sufrido —similar al que padece Lukas Haas en Todos dicen I love you (Everyone says I love you, 1996, Woody Allen) y le llevan a reivindicarse como republicano cuando siempre había sido demócrata—, pero a lo largo de su convalecencia se cuestionan los trabajos de cineastas que tienen predilección por retratar la violencia de la sociedad, de la calle, y de los que no había mejor exponente en ese momento que el que realizaban cineastas como Martin Scorsese. Sinceramente, me parece inmoral cuestionar la labor de un cineasta que ha realizado películas tan notables como ¿Quién lalma a mi puerta? (Who’s that knocking at my door, 1967), Malas calles (Mean streets, 1973), Taxi driver (1976) o Toro salvaje (Ranging bull, 1980), independientemente de la violencia (justificada) que se muestra.

Esta reflexión contra el cine violento realizado por Davis es defendida a capa y espada por la mayor mojigata de la película: Claire (Mary MacDonnell), esposa insulsa y aburrida recluida en su gran mansión que siente pavor (y asco) por el indigente que se tropieza dormido detrás del callejón de su casa, y que pretende ascender a los cielos adoptando un bebé que se ha encontrado en la calle. Algo a lo que sensatamente se opone su marido, Mack (Kevin Kline), intuyendo que su esposa es incapaz de lidiar con el hijo adolescente que ya tienen, Roberto (Jeremy Sisto), al que ya no le vale “tienes que hacerlo porque te lo digo yo”, sino que necesita que le expliquen las decisiones y que se le trate acorde con lo que se le exige.

Por otro lado, Mack decide romper una relación adultera que mantiene con Dee (Mary-Louise Parker), su secretaria, pero sólo después de que un desconocido le salve de morir atropellado al detenerle a punto de cruzar cuando la luz del semáforo todavía permanece en rojo. Su acción samaritana consiste en ayudar a alguien para pagar la deuda moral adquirida, por lo que tiende su (falsa) mano a Simon (Danny Glover) un conductor de grúas que hace su trabajo y le saca de ese barrio de negros en el que se había metido. Ciertamente el toque de “color” en esta historia y la parte más creíble y sensata de todo el relato, junto con Jane (Alfre Woodard), que se convertirá en su pretendienta por mediación de Mack.

Probablemente somos las dos únicas personas negras que conoce.

No puedo dejar de señalar una de mis secuencias favoritas de entre las que detesto, aquella en la que Dee está parada dentro de su coche ante un semáforo en rojo, cuando un asaltante rompe la ventanilla de su coche para robarle el bolso, rompiendo a llorar inmediatamente después. Aunque el espectador tiene claro que no llora por el asalto, sino porque Mack acaba de romper con ella en la secuencia previa, un guapo y fornido policía trata de consolarle y le saca del coche, abrazándole y caminando junto a ella, hasta que llega un momento en que ambos se miran y parece que se quisiera dejar intuir que en ese preciso momento surge el amor (momento en el que casi vomito).

Todos estos personajes van sorteando las vicisitudes que les depara el destino, pero sin escucharse ni prestar atención a las necesidades reales del otro, tan sólo a las suyas. Parcheando, más que arreglando, los problemas que tienen y que, por extensión, saturan la sociedad en la que viven. El clímax de la película se produce cuando deciden ir, todos juntos, a visitar el Gran Cañón, quedando momentáneamente impresionados y subyugados por tan impresionante paraje natural.

Grand canyon
Grand canyon

El propio Kasdan (que no yo) ha confesado en alguno de los documentales que rellenan las ediciones especiales de DVD que se equivocó con este final pues es consciente de que los espectadores sacan conclusiones contrarias a sus intenciones, pues la mayoría interpretan que todos los problemas a los que los personajes han estado sometidos a lo largo de la película han terminado, y que a partir de este mágico momento todo va a cambiar, y se van a escuchar, y no se van a gritar, y van a tratar de solucionar sus problemas juntos. Lo cierto es que Kasdan sólo quería dejar respirar a sus personajes por unos momentos pero, al volver a la ciudad, sus vidas iban a seguir envueltas en la misma violencia y sin razón en la que parece haberse convertido la vida para ellos. Una idea que sí logra transmitir un título más reciente como Mamut (Mammoth, 2009, Lukas Moodysoon).

Igual si hubiera entendido el final que realmente proponía Kasdan hubiera apreciado el resto de la película, pues soy de aquellos a los que un buen final hace olvidar cualquier falta que pueda tener la película, pero la afectación y la hipocresía en la que viven la mayoría de los personajes —que parece justificarse en algunos casos— tampoco contribuye a una mejor recepción, ni, desde luego, el pesadísimo helicóptero de la policía que no deja de pasar en ningún momento, convirtieron Grand Canyon en un título que confieso: ¡¡¡no soporto!!!

Publicado originalmente en

EXTRACINE: HPTX Cine y TV
EXTRACINE: HPTX Cine y TV
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