Año bisiesto

Título original: Año bisiesto
Año: 2011
País: México

Dirección: Michael Rowe
Guión: Lucia Carreras & Michael Rowe
Producción: Esther Campos & Luis Salinas
Fotografía: Juan Manuel Sepulveda
Montaje: Óscar Figueroa
Dirección artística: Alisarine Ducolomb 
Vestuario: Adolfo Cruz Mateo
Reparto: Monica del Carmen, Gustavo Sánchez Parra, Armando Hernández, Diego Chas, Ernesto González, Bertha Mendiola, José Juan Meraz, Nur Rubio, Jaime Sierra, Ireri Solís, Marco Zapata… 

sexo, psicología, dominación…

Nacido australiano, pero afincado en México durante los últimos dieciséis años de su vida, Michael Rowe consiguiera en el pasado Festival de Cannes la Cámara de Oro por Año bisiesto. Un filme sorprendente e impactante. Molesto e incómodo a la vez que intrigante y adictivo. Y tan obvio como sutil, pues a pesar de que lo muestra absolutamente todo, deja muchas cosas fuera de campo, abriendo múltiples probabilidades e interpretaciones de lo que ha ocurrido en el pasado, de lo que sucede en el presente y de lo que pasará después del mes de febrero de este año bisiesto.

Laura (Mónica del Carmen) es una mujer que vive sola por elección propia, pero que busca compañía de una manera compulsiva. Para satisfacer su deseo sexual, aparentemente, o para no sentirse sola, supuestamente. Todo está sujeto a interpretaciones, pero lo cierto es que Laura es una mujer decidida, que sabe lo que quiere y lo consigue… casi siempre.
Michael Rowe aborda su relato sin artificio alguno, crudo y con toda la dureza que aporta la historia que cuenta. Con sonido siempre diegético, con luz absolutamente naturalista, con una dirección artística completamente auténtica y con la misma desnudez estética con la que nos muestra a sus protagonistas, interpretados de una manera magnífica, excepcional, y en cuerpo y alma, sobre todo por parte de Mónica del Carmen, en su segunda película tras participar en Babel(2006, Alejandro González Iñárritu), pero también por Gustavo Sánchez Parra, a quien vimos hace casi un año en Rabia (2009, Sebastián Cordero) e hiciera su primera aparición cinematográfica también de la mano de Alejandro González Iñárritu, pero en Amores perros (2000).
A pesar de que la película muestra abundantes desnudos y parejas realizando el acto sexual, no estamos hablando, desde luego, ni de una película erótica, ni mucho menos morbosa. Los cuerpos de Laura, Arturo (Gustavo Sánchez Parra) y las demás piezas a las que da caza esta auténtica depredadora, acaban por peder toda identidad, siendo finalmente pedazos de carne. También el coito termina por convertirse en una actividad física similar a comer, hablar por teléfono, ver la tele o manejar el teclado de una computadora.
No importa que Michael Rowe no sea mexicano, su película no habla sobre los mexicanos. Tampoco importa que el sujeto sumiso de Año bisiesto sea la mujer, porque la película no habla sobre las mujeres. Ni siquiera está claro cual de los dos personajes es el verdugo y cual la víctima pues lo único que está claro es cual de los dos es el que manipula, siendo el otro un mero ejecutor de órdenes, un juguete en las manos de un ser difícil de catalogar.
En algunos momentos puede venir a la mente del espectador filmes como El último tango en París (Last Tango in Paris, 1972, Bernardo Bertolucci), El imperio de los sentidos (Ai no corrida, 1976, Nagisa Oshima), La balada de Narayama (Narayama-bushi kô, 1983, Shohei Imamura), Lunas de hiel (Bitter Moon, 1992, Roman Polanski) o, incluso, 9 semanas y media (Nine 1/2 Weeks, 1988, Adrian Lyne). Ja, una broma. El juego psicológico de Año bisiesto, resulta mucho más peligroso, alejándose de cualquiera de estas propuestas, que casi podrían considerarse juegos de aficionado que exploran la sexualidad, cuando aquí no hay juego ni exploración alguna, más que la que marca su protagonista, cuyo libro de cabecera es, irónicamente, El arte de amar, de Erich Fromm. Un dato que me siento incapaz de descifrar ¿es una broma del director o una aportación más sobre el personaje? Probablemente las dos cosas.
El visionado de la película puede ser doloroso, pero no desde luego a causa de alguna de las explícitas secuencias sexuales, sino por todo lo que se deja asomar, por lo que se intuye, por lo que se puede interpretar de la relación de dos personajes que van más allá del sadomasoquismo y la dominación.

Publicado originalmente en EXTRACINE

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