Legally Blonde

El naranja nunca será el nuevo rosa

Parece increíble, pero hay bancos que deben estar tan podridos de dinero que no sólo no quieren más clientes, sino que tratan de intimidar a los clientes potenciales que pudieran estar interesados en abrir una cuenta con ellos. ¿Que no me creéis? Eso es porque no habéis tenido que hacer ninguna operación con Bankinter, un banco que, según un amigo, que es cliente de ellos, es del opus dei. ¡¡Ave María putísima!! En pecado concebida.

Hace un tiempo llegué a un acuerdo económico con un amigo. Me habían robado mi maravilloso MacBook Pro y después de seis meses utilizando de nuevo mi PC, necesitaba salir de una vez de las cavernas y reincorporarme al mundo contemporáneo con otro Mac. Dado que ni dispongo, ni quiero disponer, de dinero en forma de PVC, acordé con un amigo que lo compraría con su tarjeta y que cada mes le abonaría una cantidad de dinero hasta completar el pago y los intereses derivados. Al principio yo mismo hacía cada mes el ingreso del dinero acordado en su cuenta corriente del susodicho banco (de mierda).

EL naranja nunca será el nuevo rosa
EL naranja nunca será el nuevo rosa

En realidad, no era la primera vez que hacía operaciones con el banco del opus dei, yo mismo había tenido anteriormente cuenta en Bankinter. Se trataba de la típica cuenta que abres para compartir los gastos de un piso. Y cierto es que ya tuviéramos algún que otro problema para abrir la dichosa cuenta. Por ejemplo, al no domiciliar la nómina no podíamos abrir la cuenta en la misma oficina, sino que teníamos que hacerlo por Internet. ¿Quizás se trataba de una manera de impedir el acceso a su banco a clientes menos capacitados, o que no estuvieran familiarizados con las nuevas tecnologías? Lo digo  porque es una práctica habitual en algunas empresas que tengas que rellenar ciertos formularios a través de Internet. Se trata de un método para comprobar que, efectivamente, el candidato a un puesto de trabajo sabe utilizar las herramientas con las que actualmente se maneja una gran parte del sector profesional. 

Si finalmente abrimos la cuenta fue, única y exclusivamente, porque el propietario del piso la tenía abierta también en Bankinter, y de esa manera eludíamos el pago a la hora de hacer alguna transferencia. En cualquier caso, siempre me pareció una práctica para rechazar clientes potenciales, más que para lo contrario. Encima tuvimos una molesta incidencia pues en un caluroso mes de agosto, como suele ser habitual en Alicante, nuestro casero se puso un tanto histérico cuando creyó que no le íbamos a pagar el mes, cosa que finalmente había sido un error del banco, que no le había pasado el abono, aunque en nuestra cuenta, sí que habían retirado el dinero pertinente. En cuanto cambiamos de domicilio, cancelamos la cuenta.

El naranja nunca será el nuevo rosa
¿Si pienso que todos los bancos son iguales… quieren conocerme?

El caso es que, en esta nueva relación con Bankinter, os podéis imaginar cual fue mi sorpresa cuando una mañana llego a hacer mi ingreso habitual y me encuentro con un cartelito (de mierda) que reza que cualquiera que haga una operación a través de Bankinter sin tener una cuenta abierta debe hacer un abono de 2 euros. ¿Cómo? ¿Perdón? ¿Esto es una medida de captación de clientes o se trata más bien de una política cautelar para que no se nos ocurra abrir una cuenta en ese banco? No se trata de los dos euros, es más una cuestión de principios. Es por el descaro y la desfachatez de una medida que considero abusiva, sobre todo en los tiempos que corren y por el hecho de que cobren por realizar una gestión que tan sólo les causas beneficios, pues la haces en su banco de mierda.

La primera vez tuve que realizar el abono. Sí. Mas cuando le comuniqué tal medida a mi comprensivo amigo, no tuvo problema en facilitarme su número de DNI para que pudiera eludir la dichosa penalización, aunque seguía experimentando un fatídico estrés psicológico cada vez que iba a realizar el ingreso. Para colmo, llegó un día en que mis temores se hicieron realidad. Pero no en el momento en que iba a satisfacer mi deuda, sino cuando estaba realizando el ingreso de la nómina de mi amigo, que en esos momentos se encontraba abroad y me había pedido del favor.

Está en Nueva Zelanda, pero éste es su dinero, de su cuenta, para sus pagos. Yo sólo le estoy haciendo el favor de hacerle el ingreso.

Le dije yo a la subnormal profunda, mamarracha perdida, antigua de cuidado, paradigma de mal gusto -tanto en el vestir como en el modus operandi-, que me atendía cuando me preguntó el nombre de la persona que hacía el ingreso y comprobó que no coincidía con el del titular de la cuenta. Ni corta de perezosa, y como se percató al momento de que no tenía ninguna intención de ponérselo fácil me contesta:

Los resto del ingreso.

Mi cara fue un poema. Si hubiera tenido rayos láser en los ojos, cual Mazinger Z, fijo que le habría fulminado en el momento. Pero como no tenía tiempo de montarle el pollo en condiciones (porque llegaba tarde a trabajar), me conformé con pedirle que me proporcionara su nombre completo, que corresponde a las iniciales ASGA (que no ASCA que me das), con la intención de que mi amigo pudiera hacer una reclamación en su oficina habitual.

No sé si debe ser tanto cuestión de que el banco pertenezca a la secta conocida como Opus De o que su imagen corporativa sea el color naranja, pero no puede evitar acordarme que antaño también fuera víctima de la imbecilidad de otra compañía, Orange, cuyo nombre e imagen corporativa recurría al mismo color de Bankinter: el naranja. Y asociando colores, más que ideas, también me ha venido a la memoria la frase de una maravillosa película que cualquier persona culta debe haber visto por convicción: Una rubia muy legal (Legally Blonde, 2001, Robert Luketic).

Quien quiera que dijo que el naranja era el nuevo rosa, estaba seriamente perturbado.

Una tendencia que, obviamente, nunca se llegará a cumplir, al menos no corporativamente. Y ante la que proclamo a los cuatro vientos que NUNCA me acercaré a ninguna compañía cuya imagen corporativa sea de color naranja. Ya no vuelo con EasyJet, y no pienso acercarme ni a las naranjas de la Comunidad Valenciana.

El caso es que mi leve enfado debió hacer mella en la simple psicología de ASGA, que debió consultar con sus superiores. Lo digo porque un par de días después, iba yo armado de aplomo y paciencia para hacer un segundo ingreso cuando me llevo la satisfactoria sorpresa de que el cartelito de marras estaba cambiado. Cuando antes rezaba que para “cualquier operación” debías abonar los dichosos 2 euros, ahora decía que sólo se pagarían en “determinadas operaciones”. ASGA me recibió con una alienada sonrisa. No me preguntó mi nombre. Y, desde luego, no cargó los 2 euros de penalización.

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