Cinema paradiso

La democratización de la exhibición tradicional: ¿cuál es el futuro de las salas de cine?

Recuerdo aquellos días en los que iba al cine y me encontraba con largas colas para sacar mi entrada. La sensación nunca era la posibilidad de que no pudieras hacerte con una butaca en una buena posición, sino la satisfacción de que ibas a disfrutar con mucha gente de una experiencia estimulante, al menos es lo que siempre esperabas. Particularmente recuerdo tres multitudinarios estrenos, los de Wild at Heart, The Silence of the Lambs y Pulp Fiction. No tanto porque las tres las vi en el mismo cine (hoy ya desaparecido), sino porque no esperaba tanta afluencia de público para ver la obra de tres cineastas como David Lynch, Jonathan Demme y Quentin Tarantino, antes considerados independientes, de culto o de esos autores que sólo tenían sitio en circuitos minoritarios. Curiosamente, el único sitio donde sigo haciendo cola hoy en día para sacar mi entrada es en los cines Doré, sede de la Filmoteca Española.

Cines Doré
Cines Doré

La cola para ver Pulp Fiction, en una sesión vespertina el mismo día de su estreno en España, daba la vuelta a la manzana, lo que me inundó de alegría —sobre todo porque un amigo ya me había comprado la entrada y no tendría que hacer cola para entrar, aunque sí para sentarme (casi en primera fila). Lo mismo había sucedido con El silencio de los corderos y con Corazón salvaje —cuyo estreno en salas era simultáneo al pase televisivo en España de Twin Peaks, de ahí quizás la expectación. Pero esa sensación de compartir la experiencia de ver una película, hace tiempo que ya no se ha vuelto repetir. Al menos no con la misma fuerza e intensidad. Ni en los cines de pequeñas ciudades, en los que antaño ir al cine fuera un pasatiempo de o más habitual en los fines de semana, ni tampoco en las grandes ciudades, donde la afluencia del público ha disminuido considerablemente. Incluso aunque se trate de blockbusters, que siguen acaparando toda la atención, pero no tanta como antaño, cuando el estreno de determinadas películas era incluso un acontecimiento social.

De lo que fue ayer a lo que es hoy

Desconozco si sucede lo mismo en otros países —pueden dejar sus impresiones en los comentarios—, pero al menos en España, ésta es la realidad de la exhibición cinematográfica, que ha descendido considerablemente desde los años noventa hasta nuestros días. Por eso no debe extrañarnos que seis de los cines de la Gran Vía hayan terminado convertidos en centros comerciales, hayan vuelto a convertirse los teatros originales que eran —donde triunfan ahora los espectáculos musicales— o hayan cerrado definitivamente sus puertas. Ni siquiera el día del espectador, antaño tan socorrido tanto para las salas como para los propios espectadores, parece ser suficiente para animar al espectador a acercarse al cine a ver los últimos estrenos de cartelera.

La televisión en los años 50
La televisión en los años 50

El primer gran enemigo del cine fue su hermana pequeña, la televisión. Después llegaron los sistemas de vídeo domésticos y los videoclubs y ahora resulta que el mayor de los males viene de Internet. El caso es que la culpa nunca es del modelo que llevan utilizando desde hace poco más de un siglo, concretamente desde 1905, cuando se inauguraba en Pittsburg (Pensilvania), la primera sala destinada exclusivamente a la exhibición de cine. ¿Y no será que estamos ante el final del modelo de exhibición tradicional?

 

Desde mi punto de vista, el primer síntoma de esta decadencia comienza con la proliferación de centros comerciales, en los que no falta una planta o espacio reservado para unos multicines. Recuerdo que cuando empezó a vivirse este cambio, parecía hasta positivo porque, sobre todo en provincias, se multiplicaba el número de salas de cine, con lo que se abrían posibilidades a la exhibición de un mayor número de películas o de otro tipo de cine. Mi decepción fue supina cuando la única posibilidad que se proponía realmente era la de ver la misma película en diferentes salas. Según mi percepción, lo único que habían hecho era rebajar una forma de expresión artística a la categoría de producto de consumo. En realidad no era otra cosa que la exportación del modelo de ocio estadounidense, en la que se atiborraba al espectador con una amplia gama de productos para comer y beber mientras ven la película (nunca he entendido la asociación entre cine y comida o por qué no se puede ir al cine y después a cenar, o al revés).

Para colmo, esta medida llevó al progresivo cierre de cines tradicionales. Grandes salas con pantallas descomunales que se vieron abocadas al cierre al ofrecer una única película, que también se podía ver en las salas de cines de los centros comerciales. Ahora nos encontramos con la paradoja de que la recesión económica también ha provocado la disminución de estas multisalas de centro comercial, que se han visto a cerrar o reducir sus salas para afrontar la situación actual. Y de cine en Versión Original Subtitulada ya ni hablamos (cuanto daño ha hecho el franquismo en España), aunque curiosamente ha sido en este tipo de cines donde últimamente parecen haber tomado medidas para el cambio que está experimentando el público actualmente o, al menos, donde se lo han tomado más en serio.

¿Qué hace la industria?

En general, la industria no parece haber tomado muchas medidas para hacer frente al descenso de público. Si la gente no viene a ver una película, será que es mala o no gusta. La quitamos y ponemos otra. Así hasta dar con el taquillazo que te llene la sala y puedas mantenerla el mayor tiempo posible en cartel. Es lo que deben haber pensado muchos exhibidores. Y así será en muchos casos, sobre todo en las multisalas, pero no en los cines pequeños. La única medida común a casi todos los cines ha sido la fidelización del espectador a través de tarjetas de socio que ofrecen descuentos y ventajas a sus clientes. Algo que no termina de convencer a todo el mundo porque, en realidad, te obliga a tener varias tarjetas, si consumes todo tipo de cine.

Cines Renoir
Cines Renoir

Más interesante me parece el intento de, por ejemplo, los conocidos cines Renoir, que además de la tarjeta Club Renoir, han aprovechado muy bien las redes sociales para crear comunidad cinéfila, siendo otra de sus incoativas es el reestreno de cine actual que ofrecen a precio reducido, menor todavía si además tienes la tarjeta de socio. Más recientemente, también ha sido noticia un cine de Barcelona, que ha conseguido recoger el dinero suficiente para la remodelación de sus sala y su adaptación al cine digital, sólo con la venta de abonos anuales a 30€ y 50€.

Si no puedes con tu enemigo, únete a él

La última medida de la industria española para luchar contra el descenso de espectadores ha sido el de abrir nuevas líneas de negocio acaparando la red —¡¿su gran enemiga?! Mientras los cines Renoir se alineaban con Filmin, Yelmo Cineplex lanzaba Youzee, aunque también hay líneas de exhibición online independientes, como 400 Films. Otra cuestión es la viabilidad del modelo en España, que todavía está por ver. Buscar un nuevo mercado es una manera interesante de adaptación a los nuevos tiempos, pero no veo en dónde ayuda eso a mantener las salas tradicionales, que en principio es de lo que se trata o al menos lo que me cuestiono en estos momentos. Me da la impresión de que el sector de la exhibición no está tanto por la labor de salvar sus salas de cine, como de hacer dinero a toda costa, y mucho menos por la divulgación del Séptimo Arte, que también es de lo que se trata.

La democratización del cine

Los que sí parecen a favor de la conservación de las salas de cine son los espectadores. Como consecuencia del cierre de Alta Films, salía a la luz un interesante movimiento que comenzaba en Mallorca y se extendía a otras ciudades como Zaragoza, Majadahonda o Sevilla. Ante el cierre de los cines Renoir Palma, que la cadena de Enrique Giménez Macho tenía en Mallorca, e impulsados por un cineasta local —Pedro Barbadillo, director de la Mallorca Film Commission—, un grupo de espectadores creaba la plataforma ‘Salvem els Renoir‘, que poco tiempo después acababa convertido en movimiento social asambleario. Dos meses después abrían por primera vez las rebautizadas salas CineCiutat, en cuya programación se puede disfrutar de los mejores estrenos de cine independiente, así como reestrenos de todo tipo. Su principal fuente de financiación es la aportación económica de sus socios que contribuyen a través de abonos, que les dan acceso a diferentes ventajas en función del abono que adquieras, legitimándoles la cuota anual de 100€ como copropietarios del cine.

Cine Ciutat
Cine Ciutat

Lo interesante es que no se limitan a la mera exhibición, sino que completan su agenda con talleres, coloquios, charlas con cineastas y todo tipo de actividades que amplían extraordinariamente la experiencia cinematográfica. Algo similar a propuestas como las de la Sala Berlanga o Artistic Metropol, estos últimos centrados, única y exclusivamente, en el cine fantástico y de terror. Iniciativas que sí denotan el amor por el Séptimo Arte y su preocupación por su exhibición y divulgación. Es todavía pronto para evaluar si su gesta ha tenido éxito, pero lo que han constatado es que rentabilizar las salas que los exhibidores abandonan es posible y que a los espectadores sí les interesa el cine, tanto como forma de entretenimiento como expresión artística, así como la actividad cinematográfica como forma de socializar y de ampliar el acervo cultural. Aunque claro, te expones a escuchar opiniones de todo tipo, pero por eso precisamente sería interesante contar con expertos, como Marshall MacLuhan, que se prestaba para una clase improvisada en Annie Hall.

El cine que nos merecemos

Lo que desde mi punto de vista está claro es que el modelo de exhibición actual ya sólo funciona para un tipo de cine: el mainstream, y con ciertas limitaciones, pero ya no para otro tipo de cine con menos recursos para la promoción. Si los pequeños exhibidores quieren realmente salir adelante, no basta con tarjetas, abonos o descuentos, sino que deberían ampliar la experiencia cinematográfica con algo que no fuera simplemente ver la película. Desde ofrecer un ambiente propicio para el debate, hasta complementar su cartelera con actividades que aporten experiencia y cultura al espectador. Al fin y al cabo ¿no estamos sometidos a una sobredosis audiovisual a través de la televisión, las redes sociales, o simplemente a través del teléfono móvil? Luego no es descabellado que aprendiéramos las bases del lenguaje audiovisual desde pequeños, como proponen en algunas de estas propuestas. Yo todavía iría más lejos y la plantearía como una asignatura escolar.

Quizás antaño el glamour que venía de Hollywood bastaba para seducir al espectador, pero la Segunda Guerra Mundial acabó con el star system y de poco sirve que una película esté protagonizada por uno u otro actor para garantizar su éxito —véase el caso de Johnny Depp cuando no hace de Jack Sparrow o se aleja de la sombra de Tim Burton. La democratización que ha traído la tecnología ha hecho del espectador un usuario exigente que ya sabe lo que va a ver antes de comprar su entrada, por lo que tampoco le basta con ver la película. Quiere más. Quiere saber y opinar. Quiere compartir su experiencia con los demás espectadores. Si es fácil hacerlo cuando vemos una película por Internet, las salas tradicionales quizás deberían comenzar a plantearse poner en marcha encuentros similares, pero en las salas de cine porque algunos están comenzando a demostrar que sí se puede.

Origen: ¿Tienen futuro las salas de cine tradicionales?

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