Wes Craven

Lo mejor y peor del impuro y contaminado cine de Wes Craven

En los estertores de un verano particularmente truculento, en el que los crímenes sin sentido parecían haberse apoderado del mundo entero, el pasado 30 de agosto fallecía, a causa de un cáncer cerebral, el cineasta estadounidense Wes Craven. A pesar de que sus monstruos eran muy populares, las redes sociales no se infestaron de reivindicación en torno a la memoria del difunto, aunque no faltaron las muestras de algunos individuos, no particularmente muy cinéfilos,que  lamentaba la pérdida de quien consideraban un «maestro del terror». Quienes sí daban rienda suelta a artículos en torno a su obra, vida y los metros y metros de lana cardada que nos dejó eran los medios de comunicación, particularmente los digitales y especialmente aquellos centrados en el cine fantástico y de terror. Y es comprensible porque estamos hablando del creador de monstruos míticos, prolíficos y tan rentables como Freddy Krueger y Goshface, una vaca sagrada cuya filmografía deja bastante que desear. ¿Es justo hablar de la pérdida de un «maestro del terror»? Está claro que le gustaba el cine, pero no parece que su obra esté a la altura de sus películas favoritas:

  • Nosferatu (1922, F. W. Murnau)
  • Frankenstein (1931, James Whale)
  • La bella y la bestia (La belle et la bête, 1946, Jean Cocteau)
  • La guerra de los mundos (The war of the world, 1953, Byron Haskin)
  • La mala semilla (The bad seed, 1956, Mervin LeRoy)
  • El manantial de la doncella (Jungfrukällan, 1960, Ingmar Bergman)
  • Psicosis (Psycho, 1960, Alfred Hitchcock)
  • Repulsión (1965, Roman Polanski)
  • Blow-up (1966, Michelangelo Antonioni)
  • Amenaza en la sombra (Don’t look now, 1973, Nicolas Roeg)
Wes Craven: cardador de lana
Wes Craven: cardador de lana

Tras repasar exhaustivamente su filmografía puedo decir que no. Nadie le recordará como cineasta, aunque sí como un gran creador de monstruos. Su cine está plagado de referencias a otras películas, contaminadas de las ideas de grandes cineastas a las que Craven no supo dotar de una personalidad propia. La mejor cualidad de su legado quizás sea su impureza, esa capacidad del cineasta para crear obras fieles a la época en la que están realizadas, pero sin sello de identidad alguno. Sus películas de los años setenta son sencillas y frescas, aunque carentes de profundidad, su cine de los años ochenta es lo suficientemente artificial y retorcido como para convertir en cómico lo que partía como terrorífico y, quizás, sí, por fin, en los años noventa encontró la plenitud, pero no a través de las convenciones del terror, sino con su parodia en clave cómica. En realidad, un perfecto ejemplo de cineasta estadounidense, en la mejor tradición de los plagiarios, que se limitó a repasar todos y cada uno de los monstruos clásicos del género, que alimentaba con las ideas de otros cineastas, trazando un itinerario plagado de accidentes geográficos.

2 monstruos inolvidables

Ghostface & Freddy Krueger
Ghostface & Freddy Krueger

Pesadilla en Elm Street (A nightmare on Elm Street, 1984)

Premio de los críticos en Avoriaz y mención especial para su protagonista, Heather Langenkamp, el primer bombazo en la filmografía de Wes Craven sería el título en el que nos presentaba por primera vez al entrañable Freddy Krueger (Robert Englund). Ese monstruo que crea empatía con el que el espectador, a pesar de que les aterrorice en sus sueños, o en los de los protagonistas de cada película, más bien. Si bien nos encontramos ante uno de los títulos más conseguidos de su director, su mayor acierto fue, sin duda, el monstruo. Por primera y única vez, surgía de sus propias pesadillas, aquellas a las que le había llevado un indigente que se le quedara mirando fijamente siendo él todavía un adolescente, ataviado con las mismas ropas que luciría el monstruo en la pantalla.

La primera gallina de los huevos de oro de Craven se expandiría a lo largo de varias secuelas cinematográficas y una serie de televisión, convirtiéndose en un icono de la cultura popular de los años ochenta. Si bien confiesa la influencia de una película como Blow-up, particularmente a la hora de diseñar los sueños e integrarlos con la realidad de los personajes, lo cierto es que un servidor no la ve por ninguna parte, siendo mucho más evidente la de otra de sus películas favoritas: Repulsión, que se asoma en muchos elementos de las pesadillas. Podemos sumar la influencia de Psicosis, pero más que en el argumento o en el modo de resolver visualmente las secuencias de crímenes o pesadillas, en esa culpa y remordimiento que corrompe a la madre de la protagonista, Marge Thompson (Ronee Blakey), en consonancia con la que consumía a la ladrona Marion Crane (Janet Leigh).

El videocreador Samuel Bayer debutaba en la dirección cinematográfica con un innecesario remake de la película, Pesadilla en Elm Street (A nightmare on Elm Street, 2010), que resultaba completamente aburrido y carente del más mínimo sentido porque era demasiado pronto para una actualización del universo del personaje. Parece mentira que después de haber creado videoclips para bandas y artistas como Nirvana, Iron Maiden, The Offspring, Cranberries, Tesla, The Smashing Pumpkins, David Bowie, Pat Benatar, Green Day, Blink 182 o Justin Timberlake, no fuera capaz de sacar mayor partido a un relato que lo tenía todo para seducir al espectador, a quien casi mata de aburrimiento. ¿Será que no había visto Blow-up?

Scream: vigila quién llama (Scream, 1996)
Scream 2 (1997)
Scream 3
(2000)
Scream 4 (2011)

Al final resulta que la comedia ha terminado siendo el terreno en el que mejor se mueve el «maestro de terror». No parece fortuita la alusión a Jason en aquella primera secuencia protagonizada por Drew Barrymore, puesto que Craven había sido productor de la primera película de Sean S. Cunnigham, Together (1971), mientras que el director de Viernes 13 (Friday the 13th, 1980) produjera la ópera prima del otro, La última casa a la izquierda.

Podríamos especular sobre la verdadera paternidad de Ghostface, puesto que en realidad su auténtico artífice no debe haber sido otro que Kevin Williamson, responsable único del guión de la película, así como de los de casi todas las secuelas (menos una).

Este hecho resta considerable mérito a la responsabilidad de su director en la serie y en la creación del monstruo, constatado por el hecho de que el resto de sus siguientes películas fuera de la serie, no conseguirían grandes resultados artísticos en absoluto.

A lo largo de tres secuelas, el cineasta (y su guionista), tuvieron la oportunidad de desmontar las convenciones del subgénero de slashers, para disfrute de un público que disfrutaba las películas más por su humor que por su terror.

Finalmente repetirían el mismo esquema de Krueger, puesto que también Ghostface se ha expandido en una serie de televisión que, a juzgar por su tráiler, sí está más cerca del terror que del humor, aunque Craven no ejerza aquí como director, sino tan sólo como productor.

13 pesadillas que no te quitan el sueño

La última casa a la izquierda (The last house on the left, 1972)

Impresionado por la profundidad psicológica de una película que fuera ganadora del Oscar a la mejor película extranjera, Craven iniciaba su mapa cinematográfico desde una casa que podría haber estado habitada por una familia sueca, dado que no tiene pudor en apropiarse del guión que Ulla Isaksson escribiera para el (aquí sí) maestro Bergman: El manantial de la doncella. Lástima que se olvidara de incluir aquello que precisamente tanto le había impresionado de la película sueca, la manera en al que era tratada la venganza, mostrada «como si fuera el asesinato de la misma inocencia de las víctimas, y de cómo personas normales pueden transformarse en víctimas o igualmente en asesinos». Nada de esto se percibía en una película cuyo estilo era más heredero de la irreverencia del cine de John Waters y cuyos mayores aciertos eran más bien fortuitos, como la alusión a Sigmund Freud por parte de la descocada Sadie (Jeramie Rain), a quien consideraba el mayor criminal de la historia al haber contribuido a que viéramos sexo en cualquier forma fálica, o la actitud de abatimiento del convicto fugado, Krung Stillo (David Hess), apenado porque esa chica que acaba de violar no le muestra aprecio alguno después de haber intimado tanto… No hubo milagro al recoger el cadáver de la doncella mancillada, ni milagro que haga visible esta cinta con el paso del tiempo.

El colmo, como suele suceder con los estadounidenses, es que no contentos con plagiar una película sueca, van y hacen un remake de la copia, en lugar de hacerlo del original. No la he visto, luego no puedo decir nada, aunque me parece un gran aliciente que uno de sus protagonistas sea Aaron Paul, Jessy Pinkman en Breaking Bad (2008-2013), más que nada porque aquí seguro podré verle morir, ya que no pude disfrutar de la muerte de su patético personaje en la serie de Vince Gilligan. Al menos da la impresión de que no siguen al pie de la letra a su precedente, que ya es bastante.

Las colinas tienen ojos (The hills have eyes, 1977)
Las colinas tienen ojos, 2ª parte (The hills have eyes, part II, 1984)

Premio del Jurado Internacional de Críticos en Sitges, el único mérito de esta película es el de contar con la presencia de Michael Berryman quien, comprensiblemente, repetiría con Craven en algunas de sus películas posteriores. Incomprensiblemente, entre las películas favoritas del cineasta no aparecen los títulos que verdaderamente le han servido de inspiración, como La parada de los monstruos (Freaks, 1932, Tod Browning) o La matanza de Texas (The Texas chain saw massacre, 1974, Tobe Hooper). No me cabe ninguna duda.

Realizaría una innecesaria secuela en la que podríamos suponer que tuvo gran influencia de Terror ciego (Blind terror, 1971, Richard Fleischer), sin descartar que por aquel entonces fuera fan de Daredevil, cómic creado en los años sesenta por Stan Lee y Bill Everett. Más que nada lo digo por la sorprendente capacidad sensorial de la intrépida Jane (Colleen Riley), que siendo ciega tiene la habilidad de oler como un perro, escuchar a kilómetros de distancia e intuir la presencia de un pozo sin caerse dentro.

Tres décadas después la película sería objeto de un fabuloso remake Las colinas tienen ojos (The hills have eyes, 2005, Alexandre Aja), mucho más interesante y verosímil que su predecesora. De esta manera se cerraban también los vínculos con el cine francés, puesto que los nombres de los canes, Beast y Beauty, intuyo pretendían rendir tributo a la que sí era una de las películas favoritas de su director: La bella y la bestia.

El remake también estaría seguido de secuela, El retorno de los malditos (The hills have eyes, 2007, Martin Weisz), de la que ya no puedo opinar porque no tengo el placer (o disgusto) de haber visto. Aunque estando dirigida por el responsable de El canibal de Rotemburgo (Rohtenburg, 2006), podemos esperar, cuanto menos, algo digno. De entrada, toma de partida a su predecesora contemporánea, discurriendo por caminos que poco (o nada) tenían ya que ver con la secuela de Wes Craven.

La cosa del pantano (Swamp thing, 1982)

Lo que había sido un homenaje a través de los nombres de los perros en su película inmediatamente anterior, se apodera completamente del espíritu de la siguiente, de la misma manera que se confirma el interés del cineasta por los cómics, dado que este nuevo bodrio está basado en una aventura gráfica de Len Wein y Berni Wrightson. Aquí podríamos especular si la indiscutible base para la película, que constituyen La mujer y el monstruo (Creatura from the Black Lagoon, 1954, Jack Arnold) y la novela del visionario H.G. Wells, La isla del Doctor Moreau, varias veces llevada al cine, estaría implícita en el cómic o llegaría con la película. En cualquier caso, el resultado es un título que podemos considerar de bazofia sin parangón, cuyo único interés es el contar con un disparatado reparto que integra la presencia de Louis Jourdan con un habitual de Craven como David Hess, a quienes se unen Adrianne Barbeau y un todavía desconocido Ray Wise, que algunos años después sería Leland Palmer en la mítica serie de David Lynch, que a su vez se convertiría en gran influencia posterior del propio Craven, como descubriremos posteriormente. 

Lo que no puedo entender es que la película también tuviera secuela, en la que ya no participaría en modo alguno este supuesto «maestro del terror», El regreso de la cosa del pantano (The return of swamp thing, 1989, Jim Wynorski), en lo que parece ser un producto de serie, ni B ni Z, sino ultraB o ultra Z. Los premios Razzie dieron buena cuenta de la altura del proyecto al otorgar a su protagonista, Heather Locklear, el premio a la peor actriz del año.

Amiga mortal (Deadly friend, 1986)

Tras el bombazo que supuso el nacimiento de Freddy Krueger, todo volvió a ser como era con este torpe intento de emular otra de sus películas favoritas: Frankenstein. En este caso la responsabilidad no era sólo suya dado que se trataba de la adaptación de una novela de Diana Henstell. Un batacazo emocional para los que su día esperábamos reencontrarnos con las efímeras cualidades que había manifestado con su «pesadilla». La película podía resultar entretenida, pero el espectador tenía que poner mucho de su parte. Al menos salía Anne Ramsay, que siempre resulta muy estimulante y demostraba que el cineasta prefería aprovecharse de su reparto antes de hacer que su película resultara inquietante por sus propios méritos.

Shocker, 100.000 voltios de terror (Shocker, 1989)

El único mérito de esta película es de haber podido servir de inspiración para Hell toupée, una de las piezas que integraban el episodio Treehouse of horror IX (1998, Steven Dean Moore) de Los Simpson (The Simpsons, 1989, Dan Castellaneta, Matt Groening & Sam Simon). Aunque claro, también podríamos interpretar que fuera el propio Craven quien tomara prestado su argumento de otro episodio previo, igualmente titulado Hell toupee (1986, Irvin Kershner), pero esta vez incluido en la serie Cuentos asombrosos (Amazing stories, 1985-1987, Steven Spielberg, Joshua Brand & Josh Falsey). Qué poco original va a resultar al final este señor que tomaba todo prestado y nunca lo devolvía, qué impuro y contaminado estaba su cine. En el caso de Los Simpsons, devolvían el préstamo en el momento en que aludían a su fuente directamente en el título de la pieza, de lo que interpretamos se trataba de homenajear, que no plagiar. Nada que resaltar las presencias en el reparto de Peter Berg, posteriormente reconvertido en cineasta reaccionario responsable de títulos infames como Hancock (2008) o Battleship (2012), y de Mitch Pileggi, mucho antes de darse a conocer como Walter Skinner en Expediente X (The X-Files, 1993-2002, Chris Carter), quien volvería a repetir en otras películas de Craven.

El sótano del miedo (The people under the stairs, 1991)

Más que premio especial del Jurado en Avoriaz y el Premio Pegasus del Público en Bruselas, el mayor aliciente de un servidor para ver esta película era la presencia de Everett McGill y Wendy Robie —Ed y Nadine en Twin Peaks (1990-1991, Mark Frost & David Lynch)— en su reparto. Una excentricidad más en la filmografía de Wes Craven, que no sabría sacar partido a la que fuera una de las parejas más entrañables de la mítica serie, la película pasaría por la cartelera sin pena ni gloria. También se colaba en el reparto Ving Rhames, el mismo año en que también parecía en Homicidio (Homicide, 1991, David Mamet), y tres antes de convertirse en Marcellus Wallace para Quentin Tarantino en Pulp fiction (1994). El sótano estaba, pero el miedo no aparecía por ninguna parte.

La nueva pesadilla de Wes Craven (New nightmare, 1994)

Justo una década después del nacimiento de su monstruo Wes Craven retomaría reparto y personajes para darles una fallida vuelta de tuerca, que sí resultó una pesadilla, pero para el espectador y por aburrimiento. Lo peor era, con diferencia, la propia presencia del director, integrado en el relato haciendo de sí mismo y demostrando que estaba todavía peor dotado para la interpretación que para el guión y la dirección. Un poco tarde le llegaba la influencia de Terminator (1984, James Cameron), aparte que todavía le quedaban cosas que recuperar de Repulsión.

Un vampiro suelto en Brooklyn (Vampire in Brooklyn, 1995)

Quizás sería demasiado atribuir a Wes Craven el fracaso de esta película, porque está claro que no era otra cosa que un vehículo para Eddie Murphy, a parir de una idea propia que había desarrollado junto a Vernon Lynch y su hermano Charlie Murphy, y que produciría el propio actor para su mayor infamia junto a Mark Lipsky. A Craven sólo le quedaba aportar su inexistente sello, aprovechando para dar rienda suelta a su homenaje a Nosferatu. Por lo demás, vergüenza ajena de otra película prescindible más en su filmografía.

Música del corazón (Music of the heart, 1999)

Inmediatamente después de afianzar con su primera secuela el éxito de su nueva saga cinematográfica (la de Ghostface), Wes Craven afronta un paso más radical todavía que la comedia al dirigir su primera (y única) película completamente dramática. Se trata de un guión de Pamela Gray, que adapta para la pantalla la historia real de un ama de casa reconvertida en profesora de violín cuando su marido le abandona. Un vehículo que facilitó que su protagonista, Meryl Streep, sumara una nueva nominación al Oscar, pero que no supuso gran cosa en la trayectoria de su director. Para un servidor el problema se reparte a medias entre director y guionista. Por una lado está la ligera afectación de una película repleta de niños, que en nada se parecen a los de otra de su películas favoritas, La mala semilla; y por otro lado la estructura del relato, que está más cerca de una miniserie de 2 episodios que ante un largometraje, puesto que la acción se divide en dos partes que no se relacionan entre sí más que por compartir protagonistas.

La maldición (Cursed, 2005)

Psicópatas, fantasmas, monstruos, pesadillas, robots, espíritus, vampiros, profesoras de violín… a la filmografía de Craven le faltaba un hombre lobo, hueco que completó con esta película cuyo guión estaba escrito por Kevin Williamson, el que fuera verdadero responsable de Ghostface. El milagro de Scream no se volvía a reproducir, a pesar de contar con un interesante reparto en el que Christina Ricci coincidía con un prematuro Jesse Eisenberg. Si bien no está tan mal como títulos previos del cineasta, la cosa no pasa de ser una película entretenida.

Vuelo nocturno (Red eye, 2005)

Además de los hombres lobo, también faltaba en la filmografía de Craven el terrorismo que tan de moda habían puesto los atentados del 11-S. Así de frívola me parece esta pobre película que volvía a contar con un interesante reparto en el que coincidían Rachel McAdams, Cillian Murphy y Brian Cox, quienes no conseguían evitar el ridículo de un argumento que hacía aguas por todas partes.

Almas condenadas (My soul to take, 2010)

El último bodrio de Wes Craven se sumaba a la moda del momento, al presentarse en un ridiculo 3D. Un método inútil para insuflar algo de energía a un relato que recurría a convenciones de éxitos pretéritos como Pesadilla en Elm Street y Shocker. Su argumento gira en torno a un grupo de adolescentes acosados por la presencia de un asesino en serie, abatido por la policía la misma noche en que los protagonistas nacían. ¿Todos en la misma noche? Sí. Todos en la misma noche. Cosas más extrañas pasan en el mundo, pero debe ser que nos las cuentan de manera más verosímil. Condenadas de aburrimiento quedan todas las almas que hayan visto esta última infamia de la filmografía de Wes Craven. ¿Y cómo no se le ocurrió hacer ninguna película de extraterrestres en homenaje La guerra de los mundos otra más de sus películas favoritas

1 placer culpable, 1 grata sorpresa y 1 breve delicia

Bendición mortal (Deadly blessing, 1981)

Quizás sea porque la viera por primera vez siendo (muy) adolescente, pero la tercera película de Craven se convertiría en uno de esos ejemplos de lo que llamamos placer culpable para un servidor. Quizás sea la primera película en la que manifiesta su inclinación a un surrealismo que le permite integrar un thriller convencional con esas imágenes oníricas que le permiten una mayor libertad creativa. Quizás se beneficia de ese turbador ambiente amish en el que la oronda presencia de Ernest Borgnine, con esa mirada penetrante, transmite una inquietud sólo superada por la bondad que transmite la presencia, de nuevo, de Michael Berryman. Aunque en realidad la mejoría se deba, única y exclusivamente, a que no es una historia original de Craven, sino de Glenn M. Benest y Matthew Barr, junto a los que firma el guión de la película. Innegable la reescritura de la secuencia de la ducha de Psicosis, aunque lo más curioso hoy en día sea la presencia de una jovencísima Sharon Stone, primera de las casualidades de casting que pretende atribuirle la cualidad de mentor al haber trabajado cuando todavía no eran conocidos con Bruce Willis o Johnny Depp, siendo responsabilidad únicamente de su directo de casting, con toda seguridad.

La serpiente y el arco iris (The serpent and the rainbow, 1988)

No deja de resultar contradictorio, para un cineasta acostumbrado a dejarse llevar por la fantasía, que su película más conseguida sea a la vez la más realista. Lejos de la fantasías sensacionalista de La legión de los hombres sin alma (White zombie, 1932, Victor Halperin) y de las metáforas sociales de La noche de los muertos vivientes (Night of the living dead, 1968, George A. Romero), Wes Craven se zambulle a buscar la autenticidad del mito de los zombies. Aunque es posible que el mérito no sea del todo suyo porque en este caso ni siquiera llega a firmar el guión de la película, firmado por Richard Maxwell y Adam Rodman, quienes se inspiraron en un libro de Wade Davis. La película huye de todo artificio para resultar realmente espeluznante sin apenas mostrar sangre, precisamente aquello que le impresionara de una película como Amenaza en la sombra. Una de los mejores aciertos de la película era prescindir de sus colaboradores habituales para poner al frente de su reparto a la estupenda Cathy Tyson, en la película que seguía en su trayectoria a Mona Lisa (1986, Neil Jordan), adelantándose de nuevo a Lynch al contar con el todavía desconocido Bill Pullman, posteriormente protagonista de Carretera perdida (Lost highway, 1997).

Pere-Lachaise incluido en Paris, je t’aime (2006, VV.AA.)

Al final va a resultar que una de sus piezas más deliciosas sea a la vez la más breve de todas. No sé hasta que punto podemos considerar autor a Wes Craven, por mucho que muchas veces fuera él mismo el autor de sus propios guiones, pero el caso es que se colaba entre los cineastas escogidos para hacer su aportación a este proyecto colectivo que aglutinaba a muchos de esos cineasta considerados autores. Quién nos iba a decir que entre todas las tumbas del cementerio de París, Wes Craven iba a querer rodar en la de Oscar Wilde. Inaudito, pero en cualquier caso, su pieza resultó deliciosa.

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