Elmer Bäck y Luis Alberti son Sergei M. Eisenstein y Palomino Cañedo en Eisenstein en Guanajuato

«Eisenstein en Guanajuato»: la revolución sexual detrás del montaje intelecuatl

Cartel de Eisenstein en Guanajuato
Cartel de Eisenstein en Guanajuato (Peter Greenaway, 2015)

Título original: Eisenstein in Guanajuato
Año: 2015
Nacionalidad: México, Francia, Bélgica, Holanda y Finlandia

Dirección: Peter Greenaway
Guion: Peter Greenaway
Producción: Bruno Felix, San Fu Maltha, Cristina Velasco & Femka Wolting
Fotografía: Reinier van Brummelen
Montaje: Elmer Leupen
Dirección artística: Ana Solares
Decorados: Hector Iruegas
Vestuario: Brenda Gomez
Reparto: Elmer Bäck, Luis Alberti, Maya Zapata, Lisa Owen, Stelio Savante, Rasms Slätis, Jakob Öhrman, Alan del Castillo, Mauro González, Raino Ranta…

Hubo un tiempo en el que no había miembro de la comunidad LGTB que no se rasgara las vestiduras ante cualquier obra de Peter Greenaway. Eran los años ochenta, pero no sé hasta qué punto ese público se rendía ante las señas de identidad del cineasta galés o ante las de los compositores, diseñadores de producción, figurinistas, actores y actrices que daban vida a sus excesivas y sobrecargadas propuestas (anti)estéticas. De otra manera me parece ciertamente incomprensible que ahora ese mismo público le de la espalda (pero no en el mismo sentido en que Eisenstein lo hace para su amado), relegándole a los minoritarios circuitos del cine de autor más concienzudo, tan sólo porque se zambulle en terrenos más experimentales y alternativos, puramente vanguardistas, que su público no sabe entender o no quiere apreciar, por mucho que no se diferencie demasiado de sus anteriores obras. ¿Será que ese público era fiel seguidor de modas y tendencias pero en absoluto moderno en esencia? Lo menciono porque en su última película, Eisenstein en Guanajuato, no sólo nos regala un emotivo (anti)biopic de uno de los cineastas claves de la historia del cine, Sergei M. Eisenstein, sino que no tiene complejo alguno en centrar una auténtica deconstrucción del mito cinematográfico a través de su vertiente más humana: su sexualidad, lo que le lleva a la desintegración social en la Rusia leninista.

Todas las ideologías tienen sus propios mártires. Casi podemos decir que incluso cuando ya era intelectualmente maduro, Eisenstein llega a México siendo un niño, pero se va convertido en toda una mujer tras descubrir los placeres de la carne en general y de la puerta de atrás en particular. Al menos según Greenaway, lo que hace saltar las alarmas de las controladoras autoridades rusas no es la larga lista de escritores, pintores, cineastas e intelectuales con lo que el director de El acorazado Potemkin (Bronenosets Potemkin, 1925) entra en contacto en su periplo por los Estados Unidos, sino su relación sexual con el que era su guía en tierras mexicanas, Palomino Cañedo. Al repasar la historia hacemos siempre mucho hincapié en las fechas, los lugares y los hechos, pero para Greenaway, lo que viene a determinar la madurez narrativa de Eisnestein es esa explosión emocional que le produce su despertar sexual. Es como si la carne permitiera la eclosión definitiva de la mente, siendo madurez física lo que le lleva al máximo esplendor intelectual. Lo que quizás explica por qué algunos disfrutamos tanto con una película como ¡Que viva México! (1932).

Como es habitual en el cine de Greenaway, esa sexualidad se muestra despojada del más mínimo erotismo, de la más leve sensualidad, como también hay nula inteción de orden y fidelidad. No se trata de describir con exactitud lo que fue realmente el periplo de Eisenstein en América ni de elaborar la sucesión real de los acontecimientos, lo cuál me parece un afortunado acierto porque tratar de elaborar una reconstrucción fidedigna de cualquier personaje o de la más documentada situación histórica no será nunca otra cosa que pura especulación. Y a la hora de especular, nada mejor dejarse llevar por la intuición y por lo que transmite la obra de un determinado artista a la hora de repasar su evolución. Lo que está claro es que Greenaway, conoce en profundidad la obra de Eisenstein, por lo que no tiene que justificar en absoluto sus impresiones sobre el cineasta ruso. Ni pretendemos que lo haga.

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