Samuel L. Jackson es el Major Marquis Warren en Los odiosos ocho

«Los odiosos ocho»: reservoir cazarecompensas y bastardos desencadenados

Cartel de Los odioso ocho
Cartel de Los odioso ocho (The hateful eight, Quentin Tarantino, 2015, EE.UU.)

Título original: The hateful eight
Año: 2015
Nacionalidad: EE.UU.

Dirección: Quentin Tarantino
Guion: Quentin Tarantino
Producción: Richard N. Gladstein, Shannon McIntosh & Stacey Sher
Fotografía: Robert Richardson
Montaje: Fred Raskin
Música: Ennio Morricone
Diseño de producción: Yohei Taneda
Dirección artística: Richard L. Johnson
Decorados: Rosemary Brandenburg
Vestuario: Courtney Hoffman
Reparto: Samuel L. Jackson, Kurt Russell, Jennifer Jason Leigh, Walton Goggins, Demián Bichir, Tim Roth, Michael Madsen, Bruce Dern, James Parks, Dana Gourrier, Zoë Bell, Lee Horsley, Gene Jones, Keith Jefferson, Craig Stark, Belinda Owino, Channing Tatum…

A algunos les cuesta percibirlo, así como a otros apreciarlo, pero además del cine, también la literatura es fuente de inspiración para Quentin Tarantino. ¿O no parece su trilogía de la venganza estar directamente inspirada en aquella Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges? Si en Malditos bastardos (Inglourious basterds, 2009) rendía cuentas con los nazis y la Segunda Guerra Mundial, en Django encadenado (Django unchained, 2012) era con la esclavitud de la América Británica en el siglo XIX, para volver ahora sobre un período inmediatamente posterior, después de la Guerra de Secesión, para ajustar cuentas con los confederados del Sur. Aunque también es cierto que en esta ocasión esa venganza no se convierte en la auténtica finalidad del relato, sino que ocupa tan sólo una parte de las ocho porciones (cinco si las contamos en capítulos) que componen la última delicatessen del enfant terrible más gamberro del cine estadounidense.

Para aquellos que tengan prisa, hay que advertir que Los odiosos ocho se parece más a Reservoir dogs (1992) que a cualquier otra de película de Tarantino. Y no lo digo sólo porque la premisa se parezca inicialmente a su primera película al centrarse en un grupo de indeseables que se enfrentan en un espacio cerrado, sino porque tienen más peso los personajes que las acciones. Es decir, que Tarantino se toma su tiempo para plantear la situación y presentar a todos y cada uno de estos odiosos ocho, pero sólo para disparar nuestra adrenalina con una apoteosis final en la que un sentido del humor tan negro como Samuel L. Jackson es directamente proporcional a los litros de sangre que salen disparados en todas las direcciones.

Las referencias cinematográficas de la película están tan presentes como perfectamente integradas en su nuevo contexto, estando en algunos casos relacionadas entre sí. El escenario y la situación pueden remitirnos ligeramente a La cosa (The thing, John Carpenter, 1982), una cita que no sólo se ratifica con la presencia de Kurt Russell y alguna frase concreta, «uno de nosotros no es quien dice ser», sino también por la de Ennio Morricone, autor de las bandas sonoras de ambos títulos. El compositor italiano nos remite irremediablemente a los spaghetti westerns de Sergio Leone, pero marcando también una línea indirecta, la de Brian de Palma, quien le encargara la banda sonora de Los intocables de Elliot Ness (The untouchables, 1987), sólo que en este caso la cita tiene más que ver con Carrie (1976), si tenemos en cuenta cómo termina Jennifer Jason Leigh —alabada sea su vuelta a la interpretación—.

Pero no importa si no eres capaz de reconocer estas citas —es obvio que al público más joven, incluso al de edad media, le va a costar un poco—, porque Los odiosos ochos se disfruta en sí misma por la intensidad de sus brillantes diálogos y de la espléndida credibilidad de su magnífico reparto; la capacidad de Tarantino para dirigir nuestra atención a través de una puesta en escena perfectamente medida y calculada, como también lo está la planificación y sus precisos movimientos de cámara; y su destreza para, con la ayuda de mínimas sugerencias, ampliar el campo de acción tanto fuera de la pantalla como hacia atrás y adelante en el tiempo. Siendo mucho menos pretenciosa que otras de sus películas, Los odiosos ocho consigue reconciliarnos con nuestro lado más cinéfago, el que nos permite disfrutar del cine sin la necesidad de preguntarnos si el relato cuenta algo más de lo que muestra, si era esto tan sencillo lo que Tarantino nos quería contar. Porque en el fondo, y parafraseando su eslogan de promoción, no había ninguna «maldita razón» para sacudirnos y vapulearnos emocionalmente como lo hace, pero al hacerlo colma con creces las aspiraciones de cualquier cinéfilo. Quedo a la espera, no ya de esa versión extendida que no se estrenará en salas, sino de que la extienda incluso mucho más porque, confieso, la única pega que encuentro es que se me hace demasiado corta. Yo quiero más. Muchos minutos más.

 

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