Sylvester Stallone

Mapa de las películas más maricas de Sylvester Stallone – Loco Mundo Gay en Universo Gay

El cine de Sylvester Stallone siempre ha estado dirigido a un público muy masculino pero, ¿alguna vez has leído entre líneas? ¿No? Pues no te preocupes, te he preparado un mapa por las películas más maricas de Sylvester Stallone.

Siempre he pensado que no hay demasiada diferencia entre una musculoca y un metrosexual. Como consecuencia de un exceso de pluma para parecer más machos que nadie, es posible que la primera tenga una apariencia más masculina todavía que el segundo, sólo tienes que imaginarte a una pavoneándose delante del espejo del gimnasio, con las piernas arqueadas en actitud macha y a los otros depilándose las cejas. Quizás por eso algunas de las películas de un actor tan macho como Sylvester Stallone me han parecido más propias del público gay que del heterosexual. Que inicialmente no quiere decir que sea cine gay, pero que en algunos casos, gracias al exceso de testosterona, a que la mayoría se desarrollan en esos ambientes repletos de hombres donde habitualmente se integran las reprimidas que quieren pasar desapercibidas y alguna broma ambigua, está más cerca del guiño a la comunidad LGTB. Recién estrenada Creed (Ryan Coogler, 2015, EE.UU.), por cuya enésima interpretación de Rocky Balboa le han regalado un Globo de Oro y todo indica que la Academia de Hollywood podría incluso caer en el ridículo de darle un Oscar, propongo un repaso por algunas de las películas del semental italiano que perfectamente podríamos incluir en un ciclo de acción homoerótica.

El semental italiano (The party at Kitty and Stud’s, Marton M. Lewis, 1970, EE.UU.)

Todos tenemos un pasado y el de Sylvester Stallone nos lleva hasta el cine porno. Más bien soft-porno porque, aunque tenía sus planos del puntazo —como decían en Doble cuerpo (Body double, Brian De Palma, 1984, EE.UU.)—, se trata más bien de una alocada película erótica que de cine pronográfico. A no ser que un servidor tuviera el placer de sufrir —que no de disfrutar— alguna versión mutilada de la cinta, estoy en disposición de afirmar que aunque se puede ver a Stallone en todo su esplendor físico, nunca le vemos en todo su esplendor sexual. Ni una mísera erección en toda la película. A mi esto me da que pensar, lo mismo si en alguna secuencia le hubieran puesto un compañero masculino, se habría producido el milagro.

F.I.S.T. Símbolo de fuerza (F.I.S.T., Norman Jewison, 1978, EE.UU.)

Visto el poco futuro que tiene en el cine porno Stallone comienza a escalar posiciones en otro tipo de cine. Primero como mero figurante especial conquistando alguna frase o gruñido de vez en cuando y pasando a hacer personajes de reparto en el cine independiente más trash, hasta alcanzar la gloria con los guantes de Rocky Balboa en Rocky (John G. Avidsen, 1976, EE.UU.). A partir de aquí ya está en posición de escoger y una de las siguientes películas que protagoniza tiene un título que haría dilatar a cualquier habitual de The cage o Cooper. Para colmo, en España mantienen el mismo título, añadiendo lo de «símbolo de fuerza», lo que añade más leña al fuego porque si lo primero que a un servidor le viene a la mente es un puño abriéndose camino a través de un recto, ¿el añadido no sugiere que lo hace sin vaselina? Alguien podrá pensar que mi mente es retorcida, pero más lo es la del guionista de la película, Joe Eszterhas, perversa mente detrás de títulos de alto y ambiguo contenido sexual como Instinto básico (Basic instinct, Paul Verhoeven 1992, EE.UU. & Francia), Jade (William Friedking, 1995, EE.UU.) o Showgirls (Paul Verhoeven, 1995, EE.UU. & Francia).

Rocky II (Sylvester Stallone, 1979, EE.UU.)

Si estás pensando que estoy exagerando con el rollito marica de la filmografía de Stallone, no te pierdas el próximo vídeo que explora la verdadera «amistad» entre Apollo Creed y Rocky Balboa en la primera secuela del potro italiano. Ojito con el plano de cintura para abajo de los dos boxeadores corriendo por la playa, responsabilidad enterita del propio Sly que, en esta ocasión, también dirigía la película y era igualmente responsable del guion, luego autor también de algún ambiguo chascarrillo.

Staying alive (Sylvester Stallone, 1978, EE.UU.)

¿Me estás contando que después de ir de duro por la vida, detrás y delante de la cámara y de la pantalla, Sylvester Stallone se lía la manta a la cabeza dirigiendo una película musical con John Travolta de protagonista? Dios los cría y ellos se junta, dirán las mal pensadas. Y tienen razón porque pasa de musculocas en gimnasios a musculocas en mallas bailando a ritmo de Bee Gees en una delirante secuela de Fiebre del sábado noche (Saturday night fever, John Badham, 1977, EE.UU.). ¿Qué más se puede pedir? De entrada el trasero de Travolta no lo pierde de vista.

Rhinestone (Bob Clark, 1984, EE.UU.)

Patético podría haber sido Stallone bailando en mallas, pero nadie pudo evitar que cogiera el micrófono para cantar a duo con DollyParton, musa camp estadounidense donde las halla. El director de otra película con alguna que otra secuencia homoerótica, como Porky’s (Bob Clark, 1982, EE.UU. & Canadá) y su secuela, lo pone en el punto de mira de vaqueros y machotes con pañuelos al cuello. Me pregunto si entre cowboys se mantienen los mismos códigos que en los bares de San francisco y Nueva York, salvo que en lugar de exponerlos en el bolsillo de atrás, los lucen en sus cuellos. No sé si el del pañuelo rojo está enfadado porque tiene miedo que su mariliendre favorita tenga nueva amiga o porque no le hayan dedicado la canción.

Cobra (George P. Cosmatos, 1986, EE.UU.)

Más allá de sus gafas de sol o de su afición a rasgar camisetas, lo que más me impresiona de una película tan delirante como esta que incluso podría haber estado dirigida por John Waters, es el hecho de que el nombre del personaje que interpreta Sly no sea un nombre masculino, sino un nombre de mujer: Marion. Con este tipo de bromitas no me extraña que tuviera que sacar toda su pluma de macha para moverse entre policías y malotes.

Yo, el halcón (Over the top, Menahem Golam, 1987, EE.UU.)

Camionero con hijo en academia militar que para recuperar su cariño mide sus fuerzas con cientos de machos que no saben qué hacer con su exceso de testosterona ¿o son simplemente pasivas? Pues no diría que no porque el título en su versión original hace referencia a la posición en la cama «encima», que es la que imagino prefiere su protagonista, quedando los demás «debajo». ¡Menudo fiestón se deben montar estas en las áreas de descanso de las autopistas! Me recuerda tanto a los vídeos de luchadores que se embadurnan de aceite para meterse el dedo por el ano.

Tango & Cash (Andréi Konchalovsky, 1989, EE.UU.)

Cuesta mucho imaginarse a Sly en la piel de un abogado, pero merece la pena pasar por el trago para llegar a la secuencia de la ducha, con momento se me cae la pastilla de jabón en la ducha. Será una broma, pero, como dice la gente de derechas, «si el río suena, agua lleva» ¿o era por lo de «tanto va el cántaro a la fuente…?

Alto o mi madre dispara (Stop! or my mom will shoot, Roger Spottiswoode, 1992)

No me digan que el argumento de esta película no está a mitad de camino entre aquel episodio de Woody Allen incluido en Historias de Nueva York (New York stories, Woody Allen, Francis Ford Coppola & Martin Scorsese, EE.UU.) y la relación que la tía Ida (Edith Massey) mantenía con su sobrino en Cosa de hembras (Female trouble, John Waters, 1974, EE.UU.).

Asesinos (Assassins, Richard Donner, 1995, EE.UU.)

El punto marica de una película no lo pone a veces su argumento, sino sus artífices. En el caso de este insufrible thriller, con el que se puede destruir sin problema el prestigio de Julianne Moore, de piedra pómez me quedo al descubrir que sus guionistas no eran otros que Andy y Larry Wachowski, hoy más conocido el segundo como Lana Wachowski, después de su cambio de sexo. Si es obra de personas LGTB es una obra LGTB.

Los mercenarios (The expendables, Sylvester Stallone, 2010, EE.UU.)

Pero la apoteosis marica de Sylvester Stallone llegaría a su máximo esplendor con el estreno de la película en la que se reencontraba con todas sus amigas de antaño. Escrita, dirigida y protagonizada por él mismo, Los mercenarios cuenta la historia del líder de una banda que no entiende que sus chicos prefieran casarse y tener familia antes que permanecer junto a él, que en cuanto aparece la chica de la película no duda en marcar el espacio entre ambos renunciando a cualquier contacto físico con alguien del sexo opuesto y que se gasta bromas de traseros, mamadas y peluqueros.

Los mercenarios 2 (The expendables 2, Simon West, 2012, EE.UU.)

Animado por el éxito de su película más marica, Stallone encarga la dirección de la secuela a un cineasta que acababa de hacer otra película de acción con rollito gay, como The mechanic (Simon West, 2011, EE.UU.), que antaño había sido precursor de la integración de personajes LGTB en cintas de acción, como Con Air (Simon West, 1997, EE.UU.). Más marica que nunca, la película incorpora otro de esos héroes de acción que disfruta enseñando su entrepierna, Jean-Claude Van Damme, en el papel del ex enfadado del protagonista que vuelve a pedir explicaciones. Un coñazo fuera del rollo gay, pero una delicia descubriendo el argumento rosa oculto entre líneas. La apoteosis llega en el plano final, cuando (perdón por el spoiler) Sly termina de la mano de Jason Sthatan, que ha dejado definitivamente a su novia, para irse con él. ¡Menudo par de tortolitos!

Los mercenarios 3 (The expendables 3, Patrick Hughes, 2014)

Si has llegado hasta aquí, disfrutarás sabiendo que, lejos de rectificar, Stallone y sus chicos reincidían por tercera vez en la ambigüedad sexual en la siguiente entrega de sus aventuras, a las que se unía el ex convicto en la vida real Wesley Snipes, con todo lo que había aprendido en la cárcel. Me parto con la metáfora de «mi cuchillo es más grande que el tuyo».

Y ahora ya estás preparado para ir a ver Creed, de la mano de tu colega heterosexual, y entender los verdaderos motivos por los que Rocky Balboa acepta entrenar al hijo de Apollo Creed: porque es el hijo que nunca pudo tener con él.


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