Leonardo DiCaprio es Hugh Glass en El renacido (The revenant, Alejandro González Iñárritu, 2015, EE.UU.)

«El renacido»: el ser humano es el mayor depredador de sí mismo

Cartel de El renacido (The revenant, Alejandro González Iñárritu, 2015, EE.UU.)
Cartel de El renacido (The revenant, Alejandro González Iñárritu, 2015, EE.UU.)

Título original: The revenant
Año: 2015
País: EE.UU.

Dirección: Alejandro González Iñárritu
Guion: Mark L. smith & Alejandro González Iñárritu, basado en parte de una novela de Michael Punke
Producción: Steve Golin, Alejandro González Iñárritu, David Kanter, Arnon Milchan, Mary Parent, Keith Redmon & James W. Skotchdopole
Fotografía: Emmanuel Lubezki
Montaje: Stephen Mirrione
Música: Alva Noto & Ryuichi Sakamoto
Diseño de producción: Jack Fisk
Dirección artística: Laurel Bergman, Michael Diner & Isanelle Guay
Decorados: Caitlin Jane Parsons & Hamish Purdy
Vestuario: Jacqueline West
Reparto: Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Domhnall Gleeson, Will Poulter, Forrest Goodluck, Paul Anderson, Kristoffer Joner, Joshua Burge, Duane Howard, Melaw Nakehk’o, Fabrice Adde, Arthur RedCloud, Christopher Rosamond, Robert Moloney, Lukas Haas, Brendan Fletcher, Tyson Wood, McCaleb Burnett, Vincent Leclerc, Stephane Legault, Emmanuel Bilodeau, Cole Vandale, Thomas Guiry, Scott Olynek, Amelia Crow Show, Peter Strand Rumpel, Timothy Lyle, Kory Grim, Anthony Starlight, Jamie Medicine crane, Veronica Marlowe, Clarence Hoof, Dion Little Child, Blake Wildcat, Paul Young Pine, Cody Big Tobacco, Dallas Young Pine, Chesley Wilson, Michael Fraser, Scott Duncan, Mariah Old Shoes, Grace Dove, Adrian Glynn McMorran, Isaiah Tootoosis, Alex Bisping, Chris Oppolito, Jeffrey Olynek, C. Adam Leigh, Kevin Corey, David Rampanen, Javier Botet, Haysam Kadri, Jordan Crawford…

No importa si rueda en México, España o los Estados Unidos, el cine de Alejandro González Iñárritu no pierde en absoluto su esencia, por mucho que ya no tenga a Guillermo Arriaga como su principal colaborador a la hora de escribir el guion. Adaptación parcial de una novela de Michael Punke, a su vez inspirada en hechos reales, el cineasta mexicano articula una obra tan sucia y orgánica como brillante en su extraordinario esplendor visual. Lo importante no es tanto el relato sino transmitir al espectador todas y cada una de las emociones por las que pasan los protagonistas, a lo que contribuye la prodigiosa combinación entre el movimiento interno del plano generado por los protagonistas y los movimientos de una cámara perfecta y maravillosamente desencadenada, además de la inestimable contribución de la fotografía de Emmanuel Lubezki, reforzada emocionalmente por la banda sonora de Alva Noto Ryuichi Sakamoto.

Nos encontramos ante una auténtica obra de espíritu impresionista, sólo que en lugar de moverse en un espacio cerrado, sus tres o cuatro personajes principales se mueven en un espacio abierto, en el que parecen irónicamente atrapados. La dureza del rodaje, realizado de manera cronológica y en las mismas condiciones que se muestran en la pantalla, se bastan para explicar que el espectador perciba el mismo frío, sudor y dolor por el que se arrastran los protagonistas. Es posible que hasta incluso le haya valido la pena a Leonardo DiCaprio saltarse su dieta vegetariana si finalmente le recompensan con un Oscar por haber comido hígado de bisonte (no importa cuántos otros premios se lleve, parece ser que a él sólo le vale uno). Lástima que no vaya a acordarse del oso que, sin ninguna duda, es responsable de proporcionarle el mejor momento de toda su filmografía.

El hecho de que el personaje real del que parte el relato, Hugh Glass, no tuviera realmente un hijo ni haya registro de que se hubiera casado, refuerza la idea de que el objetivo principal de Iñárritu es transmitir la dureza de la vida salvaje en los años veinte del siglo XIX. El hombre no sólo se enfrenta a la naturaleza en El renacido, sino que explora también su capacidad para convertirse en un depredador de sí mismo, sin importar si eres o no de la misma raza. En este sentido, indios y blancos, galos y anglosajones terminan en un mismo saco, sin nada que reivindicar o restituir en lo que a memoria histórica se refiere. Por mucho que la película esté impregnada de espiritualidad, lo único que parece renacer verdaderamente es la idea de que, por muchos años que hayan pasado, por muchas generaciones que hayan sobrevivido, los estadounidenses no consiguen librarse de ese karma que hace de la violencia y la venganza su mayor seña de identidad, independientemente de que sean descendientes de nativos o de colonos.

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