Will Smith es el Dr. Bennett Omalu en La verdad duele (Concussion, Peter Landesman, 2015, Reino Unido, Australia & EE.UU.)

«La verdad duele»: de la pesadilla americana al patriotismo paleto

Cartel español de La verdad duele (Concussion)
Cartel español de La verdad duele (Concussion)

Título originalConcussion
Año: 2015
País: Reino Unido, Australia & EE.UU.

Dirección: Peter Landesman
Guion: Peter Landesman, basado en un artículo de Jeanne Marie Laskas
Producción: Elizabeth Cantillon, Giannina Facio, Ridley Scott, Larry Shuman & David Wolthoff
Fotografía: Salvatore Totino
Montaje: William Goldenberg
Música: James Newton Howard
Diseño de producción: David Clark
Dirección artística: Tom Frohling
Decorados: James V. Kent
Vestuario: Dayna Pink
Reparto: Will Smith, Alec Baldwin, Albert Brooks, Gugu Mbatha-Raw, David Morse, Arliss Howard, Mike O’Malley, Eddie Marsan, Hill Harper, Adewale Akinnuoye-Agbaje, Stephen Moyer, Richard T. James, Paul Reiser, Luke Wilson, Sarah Lindsey, Matthew Willig, Bitsie Tulloch, Kevin Jiggetts, Gary Grubbs, Randy Kovitz, L. Scott Caldwell, Dan Ziskie, Larry John Meyers, Joni Bovill, Jason Davis, Dan Anders, Jeb Keller, Joshua Elijah Reese,Holt McCallany, Jackie Schafer, Mike Clark, Scott Conner, Jared Pfennigwerth, Phillip Chorba, David Flick, Kelley Davis, Alison Moir, Dino Rende, Samara Lee, Nathan Hollabaugh, Cindy Jackson, Scott Miller, Michael Schaich, Hennessey Joseph, Atonia Long, Lisa Earley, Ann B. Betters, Dihlon McManne, Britanni Johnson, Dawn Vocke…

Lo que de verdad duele es que Peter Landesman tenga un material espléndido para hacer una buena película y acabe desperdiciándolo. Algunos cineastas piensan que porque el material con el que trabajan está basado en un hecho real, que conmocionó al público en el momento en que salió a la luz, y unos personajes ciertamente interesantes, lo tienen todo hecho. Pero basta echar un vistazo a su primera película, Parkland (2013, EE.UU.), para comprobar que hasta partiendo de una historia que sigue fascinando hoy en día, como es el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, este antiguo reportero es capaz de convertir un turbulento momento en el melodrama más anodino, que es lo que consigue hacer igualmente con el mínimo esfuerzo en La verdad duele. No es que no nos interese la vida de un médico forense nigeriano que ha conseguido hacerse su hueco en la sociedad estadounidense, es el relato de su periplo personal se convierte en una sucesión de tópicos más propios de un telefilme de sobremesa que de una película con aspiraciones a blockbuster social.

Lo que de verdad duele es incluso no gustándote demasiado el deporte y no sepas gran cosa del football americano, te animes a ver una película sobre un descubrimiento médico que logró hacer temblar los cimientos de una poderosa industria del entretenimiento en los Estados Unidos, para terminar tan aburrido como si estuvieras viendo un partido de béisbol —que para un servidor es el deporte más aburrido de ver, incluso en vivo y en directo—. La cuestión no es  tanto que el deporte tenga mayor lugar en la película, pero al menos debiera haber sido capaz de transmitir la pasión que genera en el público que lo sigue, como la propia esposa del protagonista, una sumisa entregada, por cierto, en el más puro perfil tradicional y retrógado.

Lo que de verdad duele es que a estas alturas de la película, sigan tratando de vendernos el sueño americano como si fuéramos idiotas. Cierto es que da la impresión de que les ha salido el tiro por la culata, porque a pesar de la resolución del relato, todo el lamentable periplo de desacreditación profesional, ostracismo público y hasta falsas acusaciones por parte del FBI, al que someten al protagonista no contribuyen más que a desdecir lo que siempre se ha dicho del sueño americano. Ya no es válido aquello de que cualquiera puede encontrar su sitio en la tierra de la libertad, tan sólo aquel que esté dispuesto a jugar siguiendo sus reglas y asumiendo sus trampas. El Dr. Bennet Omalu no consigue todo lo que tiene gracias a la bondad de un país, sino por su propio trabajo y esfuerzo, porque en el camino se encuentra con personas tan honestas como él, que son quienes le ayudan a seguir adelante y mantener sus ideas a pesar de la poderosa oposición con la que se encuentra. Lo que casi conmueve es comprobar que los poderosos estadounidenses reaccionan de la misma manera que los corruptos españoles, negando la obviedad, para tener que comerse finalmente su propia mierda.

Lo que de verdad duele es pasarte algo más de dos horas viendo una película que empieza bien, pero que en lugar de parecer un biopic, se acerca más al cine de propaganda en la que aquello que estaba pensado para proporcionar profundidad emocional acaba siendo auténtica pornografía sentimental. Y el problema no es tanto del guion como del director, aunque ambos sean la misma persona, porque como guionista Landesman demostró su efectividad con Matar al mensajero (Kill the messenger, Michael Cuesta, 2013, EE.UU.) siendo capaz de desarrollar un relato emocionante con buenos personajes, por mucho que se moviera en un terreno que conocía en profundidad. Sin duda, de la misma manera que su ópera prima como director, le puede más el miedo a no transmitir lo que pretende, acelerándose y cayendo en la más torpe e insoportable obviedad, vendiendo en forma de rancio progresismo una mirada tan reaccionaria como carente de personalidad.

 

 

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