«El bosque de los suicidios»: ir a buscarlo y perderse sin lost in trasleishon

Cartel de El bosque de los suicidios
Cartel de El bosque de los suicidios

Título originalThe forest
Año: 2016
País: EE.UU.

Dirección: Jason Zada
Guion: Nick Antosca, Sarah Cornwell & Ben Ketai
Producción: David S. Goyer, David Linde & Tory Metzger
Fotografía: Mattias Troelstrup
Montaje: Jim Flynn
Música: Bear McCready
Diseño de producción: Kevin Phipps
Dirección artística: Jasna Dragovic & Kikuo Ohta
Vestuario: Bojana Nikitovic
Reparto: Natalie Dormer, Eoin Macken, Stephanie Vogt, Osamu Tanpopo, Yasuo Tobishima, Ibuki Kaneda, Akiko Iwase, Kikuo Ichikawa, Noriko Sakura, Jozef Aoki, Yûho Yamashita, Taylor Kinney, Gen Seto, Terry Diab, Nadja Mazalica, Lidija Antonic, Takako Akashi, Yuriri Naka, Yukiyoshi Ozawa, Nemanja Naumoski, Tales Yamamoto, Meg Kubota, Mieko Wertheim, Rina Takasaki, Carni Djeric, Yoshio Hasegawa…

El mismo año que Juan Torres y Gabriel Hernández publicaban su novela gráfica, con el título de El bosque de los suicidasJason Zada estrenaba su tercer cortometraje, Take this lollipop (2011, EE.UU.), que cosechaba premios en festivales estadounidense. En el lustro que ha pasado hasta el estreno de El bosque de los suicidios, también Gus Van Sant, se acercaba al mítico bosque japonés en The sea of trees, aunque desde un punto de vista menos sensacionalista. Si a esto añadimos la influencia de la ola de películas de terror japonesas que nos invadiera hace poco más de quince años, que se disparaba a partir de títulos como The ring – El círculo (RinguHideo Nakata, 1998, Japón), Audition (Ôdishon, Takashi Miike, 1999, Japón) o La maldición (Ju-onTakashi Shimizu, 2000, Japón), nos daremos cuenta de que Zada y su equipo podrán tener muchas virtudes, pero de lo que carecen por completo es de la más mínima originalidad.

Es posible que el equipo que ha realizado El bosque de los suicidios tenga cierto sentido de la estética —que para eso les gustan títulos como Ghost in the shell (Mamoru Oshii, 1995, Japón) y Oldboy (OldeuboiPark Chan-wook, 2003, Corea del Sur), pero tienen un sentido de la realidad que evidencia que se quedaron colgados en los años setenta. Porque con tan sólo haber puesto un espacio temporal entre nuestra realidad y la de su película, habrían salvado los innumerables defectos de verosimilitud de los que adolece su película. Cosas que una hermana habría hecho por su gemela si se hubiera internado en el bosque de Aokigahara en los años setenta, nada tienen que ver con su modo de proceder hoy en día. Ningún problema con el vínculo místico de las hermanas ni con las criaturas sobrenaturales y el misterio del bosque, en absoluto, lo que se cuestiona es más una cuestión de verosimilitud, que para nada de realidad. El peligro de pretender llevarte a tu terreno al espectador sólo tiene un inconveniente, que se adelante a tus intenciones y vaya tan por delante que no sólo sea capaz de prever todos y cada uno de los movimientos del personaje y tus sustos de pacotilla, sino que sepa desde la primera secuencia cómo va a terminar la película. Mucha suerte a Torres y Hernández con su denuncia, que ya está bien de tanto colonialismo cinematográfico.

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