«El cuento de la princesa Kaguya»: presa de su condición y esclava de la tradición

Cartel de El cuento de la princesa Kaguya
Cartel de El cuento de la princesa Kaguya

Título original: Kaguyahime no monogatari
Año: 2013
País: Japón

Dirección: Isao Takahata
Guion: Isao Takahata & Riko Sakaguchi, basado en una idea de Isao Takahata
Producción: Yoshiaki Nishimura & Seiichirô Ujiie
Música: Joe Hisaishi

En esta fábula mística de las relaciones entre padres e hijos, no van desencaminados quienes acierten a encontrar el vínculo con el espíritu salvaje de Heidi (Arupusu no shôjo Haiji, 1974, Japón) y la fatalidad trágica de La tumba de las luciérnagas (Hotaru no haka, 1988, Japón), porque ambas obras, junto con El cuento de la princesa Kaguya, comparten a su director, Isao Takahata. La diferencia es que aquí la vitalidad desbordante de la protagonista va encaminada a encontrar un auténtico equilibrio con la naturaleza, truncado con el destino que le espera, que parece ser más un castigo para quienes pensaban que estaban haciendo lo mejor para ella, cuando en realidad sólo pensaban en sí mismos, que para ella misma.

Parábola de la vida, El cuento de la princesa Kaguya nos arrastras a través de un relato cargado de misterio y misticismo, que quizás sería más accesible si conociéramos las leyendas japonesas, pero que no por eso resulta menos cautivador. La princesa de bambú es presa de una condición que le obliga a alejarse de lo que más ama, la naturaleza, que de alguna manera está relacionada con la técnica en la que está realizada la película, buscando la reconciliación con la auténtica naturaleza de la animación, el dibujo sobre papel. En la misma línea metafórica, la princesa termina convertida en esclava de la tradición, esa que hace de la mujer un objeto más que coleccionar para hombres ricos y poderosos, que no sabios y generosos, la misma esclavitud a la que está condenada la animación en favor de las técnicas digitales que, por oposición, llevan a la película a adquirir la misma condición mística y misteriosa que su propia protagonista.

Es una pena que la Academia de Hollywood no supiera apreciar la sensibilidad y poesía que desborda El cuento de la princesa de Kaguya, el mismo año que también estaba nominada en la categoría de largometraje de animación otro relato vinculado con la naturaleza y la dificultad para la comunicación de pares a hijos como La canción del mar (Song of the sea, Tomm Moore, 2014, Irlanda, Dinamarca, Bélgica, Luxemburgo & Francia), en favor de una obra ciertamente encantadora como Big Hero 6 (Don Hall & Chris Williams, 2014, EE.UU.), pero mucho menos profunda y con menor posibilidad de perdurar en el corazón. Cierto es que quizás sea un poco demasiado larga y un pelín precipitada en su resolución, pero para cuando llega ese momento cualquiera a sucumbido al determinismo de la protagonista, a su encanto, a su capacidad de renunciar al amor y a la vida, a su moraleja y a su significado. Igual que los caprichos del lenguaje enredan a los pretendientes de la princesa Kaguya, quedamos nosotros enredados en los pliegues de las telas que envuelven la sensibilidad de la princesa de bambú.

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