James McAvoy y Daniel Radcliffe en Victor Frankenstein

«Victor Frankenstein»: el payaso, la trapecista, la marica, el fanático y los omúnculos

Cartel de Victor Frankenstein
Cartel de Victor Frankenstein

Título original: Victor Frankenstein
Año: 2015
País: EE.UU & Reino Unido

Dirección: Paul McGuigan
Guion: Max Landis, según los personajes creados por Mary Shelley
Producción: John Davis
Fotografía: Fabian Wagner
Montaje: Andrew Hulme & Charlie Phillips
Música: Craig Armstrong
Diseño de producción: Eve Stewart
Dirección artística: Grant Armstrong, Ravi Bansal, Oliver Carroll & Tom Weaving
Decorados: Michael Standish
Vestuario: Jany Temime
Reparto: Daniel Radcliffe, Jessica Brown Findlay, Bronson Webb, James McAvoy, Daniel Mays, Spencer Wilding, Robin Pearce, Andrew Scott, Callum Turner, Di Botcher, Eve Ponsonby, Will Keen, Louise Brealey, Nicola Sloane, Freddie Fox, Charles Dance, Alistair Petrie, Neil Bell, Mark Gatiss, Guillaume Delaunay…

Si alguna vez te has preguntado el motivo por el que en los últimos años han proliferado las películas y series en torno a personajes de ficción como Sherlock Holmes, Victor Frankenstein o Jekyll y Hyde, se debe sencillamente a que son obras que han quedado libres de derechos. O lo que es lo mismo, perceptibles de caer en la especulación artística y la prostitución creativa. No esperaba gran cosa de Paul McGuigan, cineasta que surge al rebufo de Transpotting (Danny Boyle, 1995, Reino Unido), con una nueva adaptación de Irvine Welsh en The acid house (1998, Reino Unido), reafirmándose como cineasta superficialmente deslumbrante con El caso Slevin (Lucky number Slevin, 2006, EE.UU.), llegando incluso a prostituirse también en 4 episodios de Sherlock (Steven Moffat & Mark Gatiss, 2010, EE.UU. & Reino Unido), insistiendo en su superficialidad dirigiendo el piloto de Criadas y malvadas (Devious maids, 2013-2016, EE.UU.). Pero de quien sí esperaba algo más era de Max Landis, guionista que descubrimos con la refrescante Chronicle (Josh Trank, 2012, EE.UU.), para ir desinflándose progresivamente con American Ultra (Nima Nourizadeh, 2015, EE.UU.) o Mr. Right (Paco Cabezas, 2015, EE.UU.) y ya definitivamente con Victor Frankenstein.

El principal problema de Victor Frankenstein es que sus autores pueden haber disfrutado con algunas de las adaptaciones de la novela de Mary Shelley —que no claramente con todas—, pero no parecen haberse leído el libro en el que se basan. Para colmo, pretendiendo ser fieles a algo, cuando no tenían que serlo, demuestran que no le tienen el mínimo respeto. Resulta contradictorio desarrollar el relato desde el punto de vista de Igor, porque es un personaje que no aparece en la novela, luego para quitarle la joroba y otras de las señas de identidad con las que se le ha representado en el cine, podrían perfectamente haberse inventado el personaje que les diera la gana. Luego está la cuestión de los hermanos, que si Victor, que si Henry Fankenstein, que si un trauma por la pérdida del otro, que si un padre castrador, ¿de verdad que pretendiendo ser tan modernos necesitaban ser tan antiguos? Quizá pensaban que con meter algún personaje gay —dándole, eso sí, ese habitual tono reaccionario que deja clara su homofobia— bastaba para que nos tragáramos que habían trabajado un poco su adaptación, los personajes y el desarrollo de una historia que, como ellos mismos nos dicen, ya sabemos cómo termina.

Victor Frankenstein es una película inundada de estética, pero ahogada en la ausencia de una mínima profundidad psicológica. Es posible que pensaran que enfatizando algún aspecto de cada personaje los estaban enriqueciendo, de esa manera descubrimos al médico sádico, la marica rica caprichosa, el tullido romántico, la trapecista prostituta y hasta el policía que se destapa como fanático religioso con sus propios traumas, cuando lo único que consiguen es convertirlos en caricaturas que actúan por descarga, más que por impulso. Esta innovación se vuelve hipérbole cómica en el momento en que ensamblan a su criatura, a la que dotan de dos corazones y dos pulmones. Lo que no entendiendo es cómo no le incorporan media docena de testículos, tres penes y cuatro orificios rectales. Merece la pena detenernos en las bondades del lisiado, Igor, que no sólo se desvela como un médico preciso y científico avispado, sino que también demuestra una portentosa recuperación física, lo que sin duda explica que sea un escalador portentoso y especialista en escapismo, así como un conquistador demoledor, tan sumiso como buen amigo de su jefe psicópata. Tantas licencias se toman para hacer del propio Victor Frankenstein un monstruo peor que su propia criatura, que al final no consiguen otra cosa que destruir el espíritu de la obra original de Mary Shelley. Los autores de la Victor Frankenstein no demuestran otra cosa que la carencia de la misma ética y moral que el patético abanico de histéricos protagonistas que puebla su descalabrada y patética obra, que encima resulta francamente aburrida. Esta gente no está interesada en contar una historia, sino en destrozarla.

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