Helen Mirren y Bryan Cranston en Trumbo

«Trumbo: la lista negra de Hollywood» en los Estados Unidos del odio

Cartel de Trumbo
Cartel de Trumbo

Título original: Trumbo
Año: 2015
País: EE.UU.

Dirección: Jay Roach
Guion: John McNamara, basado en una novela de Bruce Cook
Producción: Kevin Kelly Brown, Monica Levinson, Michael London, Nimitt Mankad, John McNamara, Shivani Rawat & Janice Williams
Fotografía: Jim Denault
Montaje: Alan Baumgarten
Música: Theodore Shapiro
Diseño de producción: Mark Ricker
Dirección artística: Lisa Marinaccio & JesseRosenthal
Decorados: Cindy Carr
Vestuario: Daniel Orlandi
Reparto: Bryan Cranston, Michael Stuhlbarg, David Maldonado, John Getz, Diane Lane, Laura Flannery, Helen Mirren, David James Elliott, Toby Nichols, Joseph S. Martino, Madison Wolfe, Jason Bayle, James DuMont, Alan Tudyk, Louis C.K., Dan Bakkedahl, Richard Portnow, Roger Bart, Johnny Sneed, Rio Hackford, Dane Rhodes, Peter Mackenzie, John Neisler, Sean Bridgers, J.D. Evermore, P.J. Marshall, Adewale Akinnuoye-Agbaje, Meghan Wolfe, Mitchell Zakocs, Elle Fanning, John Goodman, Stephen Root, Jason Kikpatrick, Wayne Pére, A.J. Allegra, Mattie Liptak, Becca Nicole Preston, Dean O’Gorman, Garrett Hines, Chris LeBlanc, Ron Fassler, Christian Berkel, Mark Harelik, Jim Gleason, Rick Kelly, Billy Slaighter, Griff Furst, John Mark Skkinner…

El tiempo no sólo nos demuestra que la historia está llena de ciclos que se repiten, sino que los seres humanos caemos siempre en los mismos errores, por mucho que la historia se repita. El conservadurismo exacerbado de Donald Trump no parece muy diferente del fundamentalismo histérico de Joseph McCarthy, aunque Jay Roach no parece dejarlo tan claro en Trumbo. Si habitualmente me asaltan las dudas sobre el interés que los relatos del cine dentro del cine pueden generar en el espectador de a pie de calle, aquel que no le interesan tanto los mecanismos internos de una producción cinematográfica, como que le cuenten una historia. En el caso de Trumbo, dudo sinceramente que aquellos que no conozcan realmente en qué consistió la caza de brujas de Hollywood, alcancen a comprender las dimensiones que tan turbadores sucesos tuvieron sobre las víctimas de una persecución sobre las ideas, que no sobre los actos.

También es cierto que la intención de director no parece ser tanto mostrar la cruzada de los diez de la lista negra contra el Comité de Actividades Antiamericanas, como erróneamente indica el título español de la película, sino tan sólo mostrar el deterioro de un individuo frente al sistema, el de la lucha del guionista Dalton Trumbo por desarrollar su labor profesional en el lugar que, como estadounidense, consideraba tenía derecho a desarrollar. En este en cuyo caso acierta su director, pero sólo porque cuenta con la extraordinaria aportación de Bryan Cranston, quien despliega todo su carisma a lo largo de la película, sin despreciar en absoluto las aportaciones de Helen Mirren, Diane Lane, Elle Fanning, John Goodman y un particularmente acertado Dean O’Gorman interpretando a Kirk Douglas.

Director habitual de filmes de entretenimiento, Roach no consigue aportar gran personalidad a un relato en el que no sé si tiene tanto miedo como prisa en pasar página sobre la evolución de la caza de brujas y la devastación que supuso para la comunidad cinematográfica, ¿para que no le tachen precisamente de comunista? Al menos escoge mostrar las imágenes reales de algunos de los que testificaron, sin pudor ni vergüenza alguna, señalando con el dedo a quienes pensaba de una manera diferente a la suya, por que hacer, no les habían hecho absolutamente nada. Como tampoco había hecho realmente Dalton Trumbo, que en la película se reivindica como un guionista que sabe separar la propaganda de la creación artística. Curiosamente, quien sí consigue destacar en Trumbo es su guionista, John McNamara, que sí acierta al desarrollar el relato yendo desde lo general a lo particular, aunque quizás todo venía dado de la novela de Bruce Cook que adapta.

La principal cualidad de Trumbo es que no se interesa tanto en los logros artísticos de su protagonista, por otro lado al alcance de cualquiera que quiera revisar su filmografía, ni en sus cualidades como líder y activista, con las que conseguía arrastrar a quienes el admiraban como profesional,  sino en su fracaso en los pequeños detalles, en su vida cotidiana, en su faceta de padre y marido. Si bien no tuvo la pericia de saber fortalecer sus vínculos familiares con la misma habilidad con al que extendía su red de producción literaria, al menos tuvo la suerte de contar con una esposa y unos hijos tan devotos a su persona como lo era él a su trabajo. Suerte que tuvo la misma habilidad para solucionarlo que para reparar los guiones de otros.

No deja de ser paradójico que lo llamen «el país de la libertad» cuando tantos y tan diferentes grupos sociales han experimentado la persecución por ser como son o pensar como piensan, que no por sus actos. Mujeres —que no brujas— en Salem, afroamericanos—que no monos—en el sur, comunistas —que no rojos— en Hollywood, latinoamericanos —que no narcotraficantes— en donde quiera que esté Donald Trump e incluso hoy en día los homosexuales —que no demonios— quienes son actualmente acosados en el sur. Quizás no debieran llamarse a sí mismos los Estados Unidos de América, sino los Estados Unidos del odio.

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