Luis Tosar y Mario Casas en Toro

«Toro»: demasiado sudor y sangre, para tan poco arte

Cartel de Toro
Cartel de Toro

Año: 2016
País: España

Dirección: Kike Maíllo
Guion: Rafael Cobos & Fernando Navarro
Producción: Belén Atienza, Sergi Casamitjana, Mercedes Gamero, Axel Kuschevatzky, Mikel Lejarza, Enrique López Labigne, Antonio P. Pérez & Eric Tavitián
Fotografía: Arnau Valls Colomer
Montaje: Elena Ruiz
Música: Joe Crepúsculo
Dirección artística: Pepe Domínguez del Olmo
Vestuario: Jorge Bolado & Óscar de la Visitación
Reparto: Mario Casas, Luis Tosar, José Sacristán, Claudia Canal, José Manuel Poga, Ingrid García Jonsson, Alberto López, Nya de la Rubia, Hovik Keuchkerian, Gloria López, Christian Mulas, David Montero, Abel Mora, Jordi Amat, Maxo Barjas, Ignacio Herráez, Manuel Monteagudo, Ángela Vega, Rubén Riós, Pedro Lanzas, Luis Centeno, Fernando Tato, David Bendito, Rubén de Marina, Víctor Jesús Castilla, Manuel Ferrón, Antonio Luque, Josemi Rodríguez, Isabel Zayas, Estefanía Rueda, Juan Carlos Montilla, Francisco Serrano…

En su tercera faena detrás de las cámaras, y a pesar de contar con toros bravos de la ganadería de Alberto Rofríguez y varios novillos con los que podría haber lidiado y conseguir muy buenos resultados, Kike Maíllo sólo consigue un espectáculo turbio y salpicado de sangre, con varios pinchazos prometedores, pero a mitad de camino entre el estilo de Bigas Luna y el de Carlos Vermut, consiguiendo únicamente que la película agonice hasta una estocada final que, aunque asestada con energía, no consigue ni la profundidad ni la superficialidad suficiente para arrancar el aplauso del público, que no le concede ni oreja ni rabo. Es decir, que no convence ni por su fondo ni por su forma.

El cineasta catalán dispone de todos los medios a su disposición para construir un relato cargado de una intensidad que se va perdiendo a medida que sus personajes suben y bajan por la AP-7, con tantas paradas inútiles en Benidorm, Almería, Almuñecar, Torremolinos y Algeciras. Tantas ganas tiene de impresionar, que se olvida de que lo más sencillo es dejarte llevar por las emociones, que es precisamente lo que motiva a sus personajes. En su lugar prefiere recurrir a un exceso de estética kitch forzada, superada y absolutamente desactualizada. El empeño por fusionar el concepto de banda rusa, tan habitual desde la Costa Blanca hasta la Costa del Sol, con el de malote castizo, perece ahogado en las manos de un cineasta que no parece interesarle realmente lo que nos está contando, tan sólo cumplir la predicción de una tirada de cartas de un pitonisa más desafortunada que Rappel en sus mejores momentos.

En el camino, tanto Maíllo como sus guionistas, Rafael CobosFernando Navarro, pierden la oportunidad de aportar algo más al relato que no sean cristales rotos, iconografía religiosa, la laca del cardado de José Sacristán, coches destrozados, un poco de sangre y sobre dosis de decadencia trasnochada. Se repiten mucho las relaciones personales que unen a los protagonistas, pero nunca se demuestran. Toro, López y Antonio son tres hermanos como podrían haber sido tres amigos, tres primos o tres amantes. De la misma manera, la relación con Ramiro es absolutamente circunstancial, sin llegar a percibirse ese gran vínculo que el jefe establece con sus subordinados en ningún momento y con ninguno de ellos. Más bien todo lo contrario. De los personajes femeninos ya ni hablamos, que no sé ni para qué se han molestado en introducir alguno, ¿para que no se les viese la pluma? Igual que no interesa saber las circunstancias de la madre de la hija de López, tampoco interesan las de la madre de los tres hermanos y la de Estrella está sólo para conseguir el efecto final.

A pesar de agarrarse a la estética castiza, Toro no muestra en ningún momento ningún vínculo con la realidad española, ni social ni política. Bueno, política quizás sí, por aquello de la pose que impera en todos y cada uno de los planos de la película. Muy bonitos, pero tan vacíos como las cuencas de los ojos de Santa Lucía. ¿Cuando aprenderán los cineastas españoles que no hace falta ponerle peluca a Luis Tosar? ¡Nos encanta tal y como es!

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