Tom Hiddleston es el doctor Laing en High-Rise

«High-Rise»: caleidoscopio de una civilización abducida por un capitalismo antireligioso

Cartel de High-rise
Cartel de High-rise

Año: 2015
País: Reino Unido, Irlanda & Bélgica

Dirección: Ben Wheatley
Guion: Amy Jump, basado en la novela de J.G. Ballard
Producción: Jeremy Thomas
Fotografía: Laurie Rose
Montaje: Amy Jump & Ben Wheatley
Música: Clint Mansell
Diseño de producción: Mark Tildesley
Dirección artística: Nigel Pollock & Frank Walsh
Decorados: Paki Smith
Vestuario: Odile Dicks-Mireaux
Reparto: Tom Hiddleston, Jeremy Irons, Sienna Miller, Luke Evans, Elisabeth Moss, James Purefoy, Keeley Hawes, Peter Ferdinando, Sienna Guillory, Reece Shearsmith, Enzo Cilenti, Augustus Prew, Dan Renton Skinner, Stacy Martin, Tony Way, Leila Mimmarck, Bill Paterson, Louis Suc, Neil Maskell, Alexandra Weaver, Julia Deakin, Victoria Wicks, Joseph Harmon, Emilia Jones, Dylan Edwards, Toby Williams, Siobhán O’Kelly, Maggie Cronin, Patrick FitzSimons, Kenneth Hadley, Patrick Buchanan, Colin Ash, Colin Carnegie, Michael Condron, Graham Duff, Matt Faris, Karen Hassan, Monique Kelly, Faolan Morga, James Murphy, Chris Patrick-Simpson, Sara Dee, Fanelle Woolgar, Kai, Eileen Davies…

Las distopías comienzan a darme mucho miedo. Particularmente aquellas que fueron diseñadas por auténticos visionarios que, situándonos en la distancia que proporciona la proyección hacia un futuro probable, hablando siempre de su presente, no sólo han conseguido advertirnos sobre nuestra propia alienación, sino que han sido capaces de ver exactamente el sendero por el que la sociedad evolucionaba realmente. George Orwell, Philip K. Dick, Aldous Huxley, Frank Herbert, Ray Bradbury, Anthony Burgess o J.G. Ballard son algunos de los autores que han demostrado una gran capacidad a la hora de analizar los síntomas de una sociedad enferma, abocada irremediablemente a una espiral de autodestrucción. Ni una invasión extraterrestre, ni la rebelión de las máquinas, ni siquiera la evolución natural del medio ambiente. Lo que nos llevará a nuestro fin como forma de vida será, indudablemente, la irracionalidad del propio ser humano. Quién sabe si de haber nacido en tiempos pretéritos todos estos autores habrían terminado en la hoguera, por brujos, por demonios, por decirnos exactamente la verdad que no queremos escuchar.

La película de Ben Wheatley nos remite a los años setenta, tanto por su fotografía como por su vestuario y su diseño de producción, sin embargo, la novela de J.G. Ballard está publicada en 1975 y nos habla del futuro. Ese mismo año se colaba en las listas de éxitos musicales esa canción de ABBA, que podemos escuchar varias veces en la película en diferentes versiones, S.O.S., tan oportuna y apropiada no ya por servir de perfecto vértice temporal de libro y película, sino por dotar de una nueva dimensión las imágenes que ilustra a través de la letra de la canción, permitiéndonos interpretar que se trata de la llamada de auxilio de una sociedad que, por más que lo intenta, no es capaz de escuchar al individuo, cuya voz no tiene complejo alguno en ahogar y silenciar.

«Hace falta cierta arrogancia para ir contra corriente», dice en un momento dado un personaje sobre otro, como si a él mismo no le sobrara prepotencia. Es posible que fuera imaginado como una distopía, pero hoy en día High-Rise ya no lo es. La comunidad que comparte el edificio al que se muda el doctor Laing —porque no conviven, tan sólo comparten infraestructuras—, no es una sociedad secreta, es una alegoría de nuestra propia civilización enferma, obsesionada con quienes piensan de otra manera, es un caleidoscopio de quienes hemos adoptado el capitalismo como forma de vida. De la misma manera que el sexo y la paranoia se presentan como los síntomas del vértigo que produce desear lo que tiene el otro, High-Rise es el perfecto reflejo de una sociedad que se comporta exactamente igual que esas especies de animales que se ven obligados a sacrificar a alguna de sus crías, cuando consideran que no tiene probabilidades de sobrevivir. La diferencia es que nosotros, que nos creemos tan racionales, no nos sacrificamos entre nosotros, no manchamos nuestras manos de sangre ni empujamos a nadie de una azotea. Tan sólo permitimos que sean sus circunstancias, a las que sí les hemos empujado, a hacer el trabajo sucio. En el momento en que vemos que somos capaces de mudarnos al piso de arriba, de ascender en esta escala social que hemos diseñado a nuestra imagen y semejanza, como el arquitecto a su edificio, como Dios a nosotros mismos, nos apresuramos a deshacernos de nuestros escrúpulos y no tenemos ningún problema en arrojar la ética y la moral por el balcón del piso más alto que podamos, para no escuchar el impacto de nuestros principios contra el capó coche del vecino. Si lo pensamos, el capitalismo es radicalmente anticristiano, porque si la religión nos consigue inseminar la semilla del sentimiento de culpa, el capitalismo nos educa para restar importancia a nuestra total y absoluta deshumanización.

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