Anya Taylor-Joy es Thomasin en La bruja

«La bruja»: el mal siempre reside en el interior… de los creyentes

Cartel de La bruja
Cartel de La bruja

Título original: The witch
Año: 2015
País: Reino Unido, Canadá, Brasil & EE.UU.

Dirección: Robert Eggers
Guion: Robert Eggers
Producción: Daniel Bekerman, Lars Knudsen, Jodi Redmond, Rodrigo Teixeira & Jay Van Hoy Fotografía: Jarin Blaschke
Montaje: Louise Ford
Música: Mark Korven
Diseño de producción: Craig Lathrop
Dirección artística: Andrea Kristof
Decorados: Mary Kirkland
Vestuario: Linda Muir
Reparto: Anya Taylor-Joy, Ralph Ineson, Kate Dickie, Harvey Scrimshaw, Ellie Grainger, Batsheba Garnett, Sarah Stephens, Julian Richings, Wahab Chaudhry…

La religión, como el cine de terror, es un arma de doble filo. De la misma manera que muchas veces no sabes si hubieras preferido que una película de terror fuera más bien cómica, para poder disfrutarla en toda su plenitud, aquellos que se parapetan en la fe, en lo que ellos consideran está por encima del bien y del mal, termina por arrastrarles al infierno de la ignorancia.

Inspirado en leyendas de personas acusadas de brujería en un tiempo en el que cualquiera que fuera epiléptico, estuviera deprimido o fuera simplemente homosexual podría perfectamente terminar en la hoguera, Robert Eggers les da una vuelta de tuerca al origen de las brujas y demonios para sorprendernos con este inquietante y perturbador drama terrorífico. En este sentido no es de extrañar que haya tenido mejor suerte en circuitos alejados de los festivales de género, los del cine de terror y fantástico, consiguiendo el premio a la mejor dirección en un festival de cine independiente como Sundance.

El sentido de culpabilidad es un campo fértil a través del que, mediante la desesperación y la ansiedad, crece la paranoia para echar sus raíces y florecer rápidamente en forma de mezquindad. Es lo que le sucede a esta familia, arrojada a su suerte por una comunidad de católicos —¿quienes si no iban a olvidarse de la compasión y el perdón que tanto predicaba el hijo de su Dios?—, que terminan instalándose al lado de un bosque, para sucumbir a las penurias de un frío invierno que terminaría por matarles si no hubieran intervenido otras fuerzas.

En cierta manera, lo que le sucede a esta familia es lo mismo que poco a poco le está pasando a la iglesia. Tanto demonizar los comportamientos ajenos, aquellos que no toleran ni perdonan, como si ellos no fueran pecadores, que al final, con tanto escándalo sexual, no puedes evitar malinterpretar aquella frase de «dejad que los niños se acerquen a mi».  Sin duda, el límite entre el fervor religioso y el fanatismo es tan delgada como aquella delgada línea roja que convertía en héroe a un perturbado impulsivo. Un límite tan impreciso como lo que está bien y lo que está mal, conceptos, sin duda, siempre relativos, dado que los que un día son tratados como dioses, perfectamente pueden al día siguiente ser tildados de demonios. O viceversa, erigiéndose un creyente como el mismísimo demonio, capaz de convertir en bruja a la más pura e inocente criatura.

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