Mia Wasikowska es Emma Bobary en Madame Bovary

«Madame Bovary»: el peso de la fe y la cárcel del matrimonio

Cartel de Madame Bovary
Cartel de Madame Bovary

Año: 2014
País: Alemania, Bélgica & EE.UU.

Dirección: Sophie Barthers
Guion: Felipe Marino & Sophie Barthes, basado en la novela homónima de Gustave Flaubert
Producción: Sophie Barthes, Felipe Marino, Jaime Mateus-Tique & Joe Neurauter
Fotografía: Andrij Parekh
Montaje: Mikkel E.G. Nielsen
Música: Evgueni Galperine & Sacha Galperine
Diseño de producción: Benoît Barough
Vestuario: Christian Gasc & Valérie Ranchoux
Reparto: Ezra Miller, Mia Wasikowska, Paul Giamatti, Logan Marshall-Green, Rhys Ifans, Laura Carmichael, Henry Lloyd-Hughes, Morfydd Clark, Richard Cordery, Olivier Gourmet, Luke Tittensor…

Al menos para un servidor, nunca es un problema acercarme a una obra cinematográfica que trata de adaptar una de mis obras literarias favoritas. Consciente de que cada cineasta hace su aproximación en función de lo que más le ha impresionado de la novela, me enfrento a esta Madame Bovary tratando de entender lo que Sophie Barthes tiene que aportar a las distintas versiones que de la novela de Gustave Flaubert se han realizado. Así es como me encuentro con una película radicalmente orgánica, con una vocación de veracidad física y emocional para la que resulta imprescindible la aportación de la extraordinaria Mia Wasikowska, que lleva a la directora a incluir algunos sonidos en francés, aunque luego ruede su película en un nada apasionado idioma inglés.

Da la impresión de que Barthers no está interesada en la moralidad de la época ni en condenar un comportamiento que casi le cuesta caro al propio Flaubert, sino en el proceso que lleva a Emma a tan dramático final. En este sentido no nos encontramos con un personaje que llega al matrimonio con una idea romántica y llena de fantasías sobre lo que podía esperar de un acuerdo matrimonial, sino más bien con una mujer que descubre que se ha casado con un hombre que no le entiende y no tiene las mismas aspiraciones que ella. La tragedia de esta Emma no es que quiera aquello que no posee o a lo que le sugirieron que podía aspirar, porque vive agarrada al mismo puritanismo de la época, sino que su marido no disfruta de la vida de la misma manera que lo hace ella, encontrándose atrapada en una realidad que constituye para ella un encierro en vida: el matrimonio.

El mayor logro de la directora es que consigue mostrar a la perfección el tedio, el aburrimiento, el proceso de deterioro emocional que aboca a la protagonista a la irremediable depresión, enfermedad que, por supuesto, ni siquiera estaba diagnosticada en la época. La fe en la que ha sido educada la lleva a incluso luchar por no caer en el adulterio, pero de la misma manera que Monsieur Lheureux, ese comerciante que bien podría ser una versión pretérita de un banquero de nuestros días, que no le advierte sobre los graves peligros del crédito y la seduce con su marketing agresivo para arrastrarla, junto a su marido, a la ruina, al desahucio, el marqués consigue lo mismo en el terreno carnal, habiéndose ella resistido antes a la proposición de Dupois. Fabulosa en este sentido es tanto la primera secuencia de Lheureux, cuando le lleva los muestrarios a su casa, como la de la caza en la que el marqués hace con el ciervo lo que después hace con Emma.

Muy acorde con los tiempos que vivimos, no serán los fracasos amorosos los que lleven a Emma Bovary a la desesperación, sino la crisis económica en la que ella misma ha acabado, porque en esta época sí procede aquello de que soy la esposa y no sé cómo va esto. Muy significativa es también la secuencia de la operación del lisiado, que muestra con toda crudeza hasta dónde se puede llegar con la aspiración de conseguir un mérito profesional, pero que termina por volverse en su contra. Como en contra de la directora se vuelve igualmente tanto esfuerzo, que se diluye con una final abrupto, precipitado y tan arrebatado como la propia decisión de Emma, que al desencadenarse por motivos diferentes a los de la novela, pareciera que no han sido explicados debidamente, quedando el espectador tan insatisfecho como la propia Bovary con sus diferentes frentes abiertos, como probablemente quedarán los franceses con los cuatro chascarrillos en su idioma que se escuchan en la película.

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