BEN-HUR

Todos los escándalos en torno a las distintas adaptaciones de «Ben-Hur»

Publicada por primera vez en 1880, el propio Lewis Wallace, abogado, político, militar y diplomático antes de alcanzar la verdadera gloria al convertirse en escritor, admite que se embarca en el proceso de elaboración de una novela como Ben-Hur como vía para despejar sus propias dudas sobre la existencia de Cristo. El profundo estudio de la documentación de la época le lleva al convencimiento de la existencia de Jesús de Nazaret, lo que no quiere decir que su mítico héroe, Judah Ben-Hur,fuera también real. Su famosa novela contribuye a que muchos miembros del clero se acerquen a la literatura de ficción, más allá de la Biblia, a través de una obra que se convierte en un best-seller del siglo XIX, siempre rodeado de polémica a tenor de la baja calidad literaria que muchos críticos le atribuyen. Una polémica que se extiende a todas y cada una de sus adaptaciones cinematográficas, por diferentes motivos.

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Jurisprudencia en cuestión de derechos de autor

Dos años después de la muerte de Wallace, se estrena una micro adaptación de su obra de sólo 15 minutos de duración, Ben-Hur (Sidney Olcott & Frank Oakes Rose, 1907, EE.UU.), que se centra exclusivamente en el episodio de las carreras de cuádrigas. En una práctica muy habitual de una época, ni se molestan en pagar ni pedir siquiera los derechos de adaptación a Harper & Brothers, en poder de los derechos de autor, quienes sí presentan una demanda contra la productora de la película. La Corte Suprema de los Estados Unidos les da la razón, estableciendo el precedente de que toda producción cinematográfica debe asegurar los derechos de autor antes de iniciar una adaptación de cualquier obra previamente publicada. Un año después Harper & Brothers aprovecha para publicar un libro centrado, también exclusivamente, en la famosa carrera de cuádrigas ilustrada en la película, salvo que ellos los hacen con imágenes de Sigismond Ivanowski, sin abonar los correspondientes derechos de marketing y promoción que película y demanda les habían puesto en bandeja.

El amargo triunfo de Metro-Goldwyn-mayer

Todavía dentro del cine mudo, se estrena una tan lujosa como religiosamente fiel adaptación cinematográfica de la novela, Ben-Hur (Ben-Hur, a tale of the Christ, Fred Niblo, 1925, EE.UU.), cuyos derechos sí habrían sido adquiridos un lustro antes por Metro-Goldwyn-Mayer con el objetivo de vestirse de gloria y prestigio. Un propósito que la productora consigue de largo, pero lo que no así recuperar el capital invertido en una producción por la que pasarían varios directores y protagonistas hasta que Irving Thalberg toma las riendas poniendo a Niblo al mando del rodaje y a Ramon Novarro en las sandalias del príncipe judío. La película cuenta con algunas secuencias bicolor, rodadas en Technicolor, encontrándose entre los ayudantes de dirección un jovencísimo William Wyler, posteriormente director de la espléndida versión de 1959.

Una trama homosexual en un relato tradicional

La polémica en torno a la versión protagonizada por Charlton Heston, Ben-Hur (William Wyler, 1959, EE.UU.), radica en la particular relación homosexual que se establece entre los personajes de Judah y Messala. De esta manera se explica el desprecio de Messala al enterarse de que el que con toda probabilidad fuera su primer amor le rechaza para desposarse con una mujer, así como la nada religiosa venganza por la que clama Judah en las versiones mudas. Aunque finalmente no aparece acreditado en la película como guionista, la idea de este giro homoerótico proviene del político, ensayista, diplomático y escritor Gore Vidal, tal y como él mismo certificaría en el documental El celuloide oculto (The celluloid closetRob Epsteain & Jeffrey Friedman, 1995, Reino Unido, Francia, Alemania & EE.UU.), quien, en connivencia con Wyler, daría las instrucciones precisas a Stephen Boyd para interpretar a Messala en clave homosexual, ocultando esta información vital a su mojigato antagonista, tan religioso en la vida real que acabaría incluso siendo presidente de la Asociación Nacional del Rifle de los Estados Unidos.

Así se entiende la intensidad de la penetrante mirada de Messala cuando brinda con su amigo en su reencuentro, que a un servidor dejara petrificado cual estatua de sal como la esposa de Lot la primera vez que viera la película siendo adolescente. También la lasciva mirada de Quinto Arrio al descubrir a un fornido Judah en taparrabos remando en las galeras y el considerable éxtasis que alcanza en la secuencia en la que los hace remar hasta la extenuación, lo que nos permite interpretar que quizás no lo adopta precisamente como hijo cuando le salva de morir ahogado. De la misma manera que Escarlata O’Hara llama a Red Batler cuando se debate entre la vida y la muerte, llama Messala a Ben-Hur en su lecho de muerte.

¿Un ruso haciendo un remake de una película religiosa gay?

Lo que no parece tener mucho sentido es que un cineasta ruso, como Timur Bekmambetov, se interese por el remake de una de las grandes obras del homoerotismo, a la que no parece que haya conseguido dotar de un sentido demasiado religioso, como tampoco de proporcionar a su productora del mismo prestigio con el que se lustrara Metro-Goldwyn-Mayer. Una pena que al haber expirado ya los derechos de autor, no se pueda hacer hecho tampoco nada al respecto.

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