Donald Trump

¿Cuáles crees que podrían ser las series y películas favoritas de Donald Trump?

Desde 1927 la revista Time escoge la persona que «para bien o para mal» ha tenido mayor influencia en el último año y para la que es la 90ª edición de esta gloriosa selección ha escogido al polémico, controvertido y excesivo Donald Trump. Ni más ni menos. Muy acertado, eso sí, lo de referirse a los Estados Divididos de América. Exactamente igual que la crítica cinematográfica y el público, que pocas veces coinciden en una misma película, lo que me ha llevado a preguntarme si el próximo presidente de los Estados Unidos estaría más cerca de unos o de otros en lo que a cine y televisión se refiere, para lo que he confeccionado esta lista con las que perfectamente podrían ser las series y películas favoritas de Donald Trump, no tanto porque lo haya dicho él, sino en función de sus opiniones, su ideología y su manera de actuar. Es posible que no haya acertado demasiado, pero tampoco creo que vaya muy desencaminado porque cuando hoy en día los medios de comunicación ya no diferencian entre noticias y propaganda, el público de a pie tampoco sabe ya diferenciar entre propaganda y publicidad. Quizás no sea casual que me hayan salido tantas obras relacionadas con los zombies.

El sello de Irvin Thalberg

Señalar El nacimiento de una nación (The birth of a nation, David W. Griffith, 1915, EE.UU.) como una película que perfectamente le puede gustar a Donald Trump me parece una elección demasiado obvia, más allá de la posibilidad de que el magnate estadounidense haya visto alguna vez en su vida una película muda. En tal caso me parece mucho más probable que se sintiera fascinado por alguna película de Erich von Stroheim, dado que es un cineasta que se inventara a sí mismo, pero no precisamente creo que se decantaría por Avaricia (Greed, Erich von Stroheim, 1924, EE.UU.), una película con moraleja final, sino por La reina Kelly, aquella en la que alguno de los personajes piensa que puede meterle mano a quien quiera por el poder que le otorga el dinero, aparte del infierno que pasó el propio director de la película a manos de un personaje como Irving Thalberg, productor de la película, quien de vivir hoy en día perfectamente podría haber apoyado la campaña presidencial de Donald Trump. Una película reluciente y repleta del oropel que tanto le gusta a su familia.

Malotes que se buscan la vida

¿Qué hubiera sido de los negocios de Donlad Trump si hubiera vivido aquel famoso período de la Ley Seca? Ni lo sabemos ni lo sabremos, pero a juzgar de la imagen que de él se proyectaba en aquel futuro distópico de Regreso al futuro II (Back to the future, part II, Robert Zemeckis, 1989, EE.UU.), ¿quién no nos dice que su comportamiento distaría mucho del de Tony Camonte en Scarface, el terror del hampa (Sacarface, Howard Hawks, 1932, EE.UU.)? Huelga decir la ironía sobre la adaptación del remake, El precio del poder (Scarface, Brian De Palma, 1983, EE.UU.), en la que el gángster pasaba de tener procedencia italiana a ser cubano. ¿A que te imaginas a Trump en una casa como la de Tony Montana?

La necesaria propaganda

Ni creo que Trump haya visto alguna vez El triunfo de la voluntad (Triumph des Willens, Leni Riefenstahl, 1935, Alemania) ni lo estoy comparando con Adolph Hitler. Para nada. Pero no me cabe duda de que el magnate estadounidense debe ser un gran apasionado por el cine de propaganda, ese en el que se retrata a quien no piensa como tu de una manera peyorativa y siempre como conjunto, nunca como individuos. ¿Tendrá Trump su propio cine de propaganda tras ser presidente? no me cabe duda.

Todo lo que toque el Duque

Que los Estados Unidos es un país que tan pronto te da como te quita lo sabía bien John Wayne, que al igual que la gran mayoría de sus compañeros de rodaje de El conquistador de Mongolia (The conqueror, Dick Powell, 1956, EE.UU.), fallecía de cáncer después de rodado en localizaciones del desierto de Utah, demasiado cerca del lugar en el que el gobierno de su país había estado ensayando os efectos de armas nucleares, en Nevada, sin que les advertieran en absoluto del peligro que corrían rodando allí. El duque, como se conocía popularmente al actor, podría perfectamente haber apoyado su campaña, exactamente igual que ya había hecho con la campaña de Ronald Reagan, pero de entre las películas en las que participó, me da la impresión de que la más encaja con la sensibilidad de Trump debe ser aquella de El Álamo (The Alamo, John Wayne, 1960, EE.UU.), por razones obvias.

El lejano oeste de John Ford

El cine de John Ford es tan contradictorio como las propias declaraciones de Donald Trump. Si unas películas del cineasta irlandés podrían perfectamente identificarlo con un pensamiento de izquierdas, otras le sitúan claramente a la derecha, de la misma manera que el magnate defiende con vehemencia en campaña lo que piensa hacer si llega a presidente, para moderarse una vez consigue su objetivo. Por eso, de entre todas las películas de Ford, me da la sensación que las que más encajan con su espíritu son obras tan cargadas de odio como Fort Apache (John Ford, 1948, EE.UU.) o Centauros del desierto (The searchers, John Ford, 1956), ambas tan odiosas como fascinantes.

Comedias románticas huecas

Las redes sociales sirven hoy en día como el perfecto escaparate de eso que hemos pensado siempre, pero nunca nos habíamos atrevido a decir en voz alta, como denunciar las parejas en las que ellas son jóvenes y guapas, mientras ellos son viejos y ricos. No es exactamente lo que pasaba en Cómo casarse con un millonario (How to marry a millionaire, Jean Negulesco, 1953, EE.UU.), donde ellos también eran guapos, pero ya sabemos lo que tiende Hollywood a maquillar la realidad. Me imagino a Trump fardando de pasta de la misma manera en la que lo hace el protagonista de la película en la última secuencia, perfectamente. En cualquier caso, la clave no está tanto en lo que cuenta la película, ni siquiera en quién lo cuenta, Jean Negulesco, sino en la mente que desarrolla el relato, Nunally Johnson, autor y director de una película tan facinerosa como El ángel vestido de rojo (The angel wore red, Nunnally Johnson, 1960, EE.UU.), que reduce la guerra civil española al nivel de la derecha española contemporánea.

El cantar de Charlton Heston

Imposible no incluir al que fuera el máximo representante del uso de las armas en los Estados Unidos en esta lista, que si bien supo compaginar un cine de dimensiones bíblicas con uno de dimensiones épicas, tampoco se enteraba de cuándo estaba haciendo personajes homosexuales ni sabía diferenciar entre revolucionarios y reaccionarios. Por eso de entre toda su filmografía la que más enlaza con el pensamiento de Trump debe ser El Cid (Anthony Mann, 1961, Talia & EE.UU.), cuya mera presencia hacía huir despavorido al enemigo.

La justicia por la mano

A nadie le va a extrañar a estas alturas que quien quiere hacer América grande de nuevo, excluyendo deliberadamente a Canadá y Latinoamérica, le pueda gustar el cine de Charles Bronson, el justiciero cinematográfico por excelencia. De entre sus películas, seguro estoy de que disfruta con El justiciero de la ciudad (Death wish, Michael Winner, 1974, EE.UU.), pero seguro que lo hace en la misma medida con las salvajadas de los malotes, como con la persecución a la que los somete su protagonista mientras limpia las calles de escoria.

Magnates encantadores

Aunque el sea de Nueva York y su fuerte sea el juego, la hostelería y los concursos de belleza, convencido estoy de que Donald Trump debe verse a sí mismo como el protagonista de Dallas (David Jacobs, 1979-1991, EE.UU.). Porque Trump, como J.R. siempre consigue lo que quiere, viviendo ambos en un mundo en el que el lujo y el exceso están a la orden del día, lo que no evita la vulnerabilidad de que alguien te dispare, sobre todo cuando vas generando tanto odio.

Republicanos sensibles

¿Si Clint Eastwood ha apoyado públicamente a Donald Trump, como no iba este a haber disfrutado con las películas del otro? Aunque no crean que debe ser sencillo para un personaje como el magnate, porque aunque el cineasta sea republicano, no necesariamente lo son las películas que hace. Aunque ente todas ellas seguro que Trump se encuentra muy cómodo con títulos como El sargento de hierro (Heartbrake ridge, Clint Eastwood, 1986, EE.UU.) o Poder absoluto (Absolute power, Clint Eastwood, 1997, EE.UU.), por razones obvias.

Prostitutas que encuentran su príncipe azul

No es que yo esté diciendo que Trump y su esposa sean como el alter ego de Richard Gere y Julia Roberts en Pretty woman (Gary Marshall, 1990, EE.UU.), pero qué quieres que te diga, no creo que la eligiera a ella por su inteligencia, ni ella a él por su atractivo y sensibilidad.

Malotes pintados de héroes

Cualquiera de las películas de Tony Scott puede estar entre las películas favoritas de Donald Trump. Cualquiera menos la primera, El ansia (The hunger, 1983, EE.UU.), evidentemente, por fina, rara y elegante. Pero el hermano de Ridley Scott toma un giro de 180º cuando decide decantarse por los valores del espíritu americano con Top gun (Tony Scott, 1986, EE.UU.). Sin embargo, entre la gran mayoría de sus facinerosas películas, que no hace falta que repase, estoy convencido de que la que más encaja con la sensibilidad de Trump es Amor a quemarropa (True romance, Tony Scott, 1993, EE.UU.), esa en la que coge un guion de Quentin Tarantino, nada sospechoso de ser de derechas, y lo transforma en un relato radicalmente reaccionario, demostrando que la ideología de las películas no está tanto en el texto, sino en el tono y la interpretación con los que se traduce en imágenes.

La pasta manda

Más que por su calidad artística, el cine de Adryan Lyne siempre se ha destacado por su tono reaccionario, independientemente de que incluso puedan gustarnos algunas de sus películas, como Flashdance (1983, EE.UU.) —por sus estilismos, coreografías y banda sonora—, Nueve semanas y media (9 & 1/2 weeks, 1986, EE.UU.) —porque te descubre la fascinante novela de Elizabeth McNeill que años después plagiaría sin escrúpulos E.L. James— o, si me apuras, Atracción fatal (Fatal atraction, 1987, EE.UU.)—por Glen Close y punto—, pero lo de Una proposición indecente (Indecent proposal, Adrian Lyne, 1993, EE.UU.) ralla la inmoralidad. Pero sólo porque está más que claro que muchas y muchos pasarían una noche en la cama con Robert Redford sin necesidad de remuneración de por medio. Otra cosa sería que la hiciera Donald Trump, quien por otra parte, creo que a nadie le escandalizaría, visto todo lo que hemos visto ya de él.

Los blockbusters de Jerry Brukheimer

Poco a poco y sin hacer mucho ruido Jerry Brukheimer ha conseguido afianzarse como uno de los pocos productores que han sabido transmitir su identidad a través del cine. Aunque con excepciones, la mayor parte de sus películas han resultado ser vehículos para el pensamiento más reaccionario que ha sabido presentar al público camuflado en blockbusters repletos de acción de los que el ejemplo más facineroso quizás sea Con Air (Simon West, 1997, EE.UU.), por no hablar de Armageddon (Michael Bay, 1998, EE.UU.).

Un transexual no es un homosexual

La comunidad LGBT está ciertamente expectante a lo que Donald Trump pueda hacer con sus logros una vez sea nombrado definitivamente presidente de los Estados Unidos de América, pero quizás de entre los miembros de este colectivo los que no tendrían que preocuparse de nada son los transexuales. De hecho, estoy convencido de que de todas las películas de Pedro Almodóvar, la que más tiene posibilidades de gustarle es Todo sobre mi madre (Pedro Almodóvar, 1999, España & Francia). Si lo pensamos, no es una película donde haya sexo gay, da lo mismo que esté repleta de transexuales, porque aunque uno de ellos deja embarazada a una monja, está claro que lo hace porque es un hombre y tiene lo que hay que tener. De hecho, Trump salía en defensa de los transexuales con la ley HB2 del uso de los cuartos de baño en Carolina del Norte, que para eso a tenido un gran apoyo en campaña de Caitlyn Jenner. Por cierto, me pregunto cuál será la opinión de Toni Cantó al respecto.

Los herederos del futurismo

Cuánto habría disfrutado Donald Trump entre los futuristas de haber nacido sólo medio siglo antes. Tanto como veríamos que lo hacía Benito Mussolini en Vincere (Marco Bellocchio, 2009, Italia & Francia). Per no pudo ser. En su lugar, seguro que disfruta con películas de Guy Ritchie, Danny Boyle o David Fincher, que han rescatado sin problema (y probablemente sin saberlo) las premisas de la que fuera la primera de las vanguardias europeas. De entre todas las películas de esos cineastas, creo que no pocos estarán de acuerdo conmigo en que su favorita podría perfectamente ser El club de la lucha (Fight club, David Fincher, 1999, Alemania & EE.UU.), dada su afición a caldear los ambientes, a la vista está la xenofobia y homofobia que ha invadido su país en la primera semana tras ganar las elecciones.

Los que creen que siempre tienen la razón

Otro cineasta capaz de meterse en problemas con sólo abrir la boca es Mel Gibson, quien decide saltar detrás de las cámaras para contar las historias que realmente le interesan, sólo que en lugar de hacerlo tal y como sucedieron las pasa por su tamiz personal para transformarlas a su antojo como se puede comprobar con Braveheart (Mel Gibson, 1995, EE.UU.), La pasión de Cristo (The passion of the Christ, Mel Gibson, 2004, EE.UU.) o la que seguro debe ser su favorita, Apocalypto (Mel Gibson, 2006, EE.UU.), en la que el retrato que hace de los nativos americanos es tan superficial y banal como la que difunde el presidente de los Estados Unidos. Curioso que entre unas y otras protagonizara aquella película infame, El patriota (The patriot, Roland Emmerich, 2000, EE.UU.).

Los que no se enteran

Me hacen gracia quienes piensan que el cine de acción es simple entretenimiento, cuando es, obviamente, el cine más político de todos. Por eso no sé hasta que punto Will Smith no se entera de la onda de las películas que hace, o las hace precisamente porque sabe donde se mete. De hecho, Soy leyenda (I am legend, Francis Lawrence, 2007, EE.UU.), no es otra cosa que un remake de El último hombre vivo (The Omega man, Boris Sagal, 1971, EE.UU.), protagonizada por Charlton Heston, mucho después de haber debutado en el cine con Independence day (Roland Emmerich, 1996, EE.UU.).

La policía manda

¿Cómo no le va a gustar a Donald Trump una serie que no duda en trivializar la muerte y convertir a los representantes de la ley en seres superiores que tienen la capacidad de desgranar los secretos del alma humana con sólo estar en la misma habitación que un sospechoso sin siquiera saber con certeza si mienten o dicen la verdad? Cierto que no todas las versiones de C.S.I. (C.S.I.: Crime Scene Investigation, Anthony E. Zuiker, 2001-2015, Canadá & EE.UU.) son exactamente iguales, pero todas tienen ese tufillo tan reaccionario que no me extraña sea irresistible a loa republicanos más recalcitrantes. Todo encaja cuando te das cuenta de que es una serie producida por Jerry Brukheimer.

Superhéroes con pasta

No. No todas las películas de superhéroes encajan seguramente en la sensibilidad de Donald Trump. Contra todo pronóstico, me da la impresión que entre Batman y Superman, los más célebres superhéroes de D.C. Comics, con toda probabilidad prefiere al extraterrestre amigo de los humanos que al niño traumático que se convierte en defensor de las causas perdidas. Pero no, no van por ahí los tiros, porque claramente Trump está más cerca de la sensibilidad de Marvel. Pero olvídate de Los 4 fantásticos o de los X-Men, lo suyo son Los Vengadores. Y no un vengador cualquiera, sino uno en particular: Iron Man, que para eso defiende su mismo liberalismo radical y sin piedad y está interpretado por un malote republicano como Robert Downey Jr. Aunque claro, sólo el que se muestra en Iron man (Jon Favreau, 2008, EE.UU.) y su primera secuela, que no el de Iron man 3 (Shane Black, 2010, EE.UU.), que hasta parece reflexionar sobre todo lo que ha dicho y hecho. Eso sí. Olvídate de que le guste alguno más, ni siquiera el Capitán América de Chris Pine.

Un nerd que mata zombies

Sin duda, este es el mundo en el que le gustaría vivir a Donald Turmp, un tiempo en el que puedes disparar a quien quieras y no te pasa nada, no sólo no merma tu popularidad, sino que incluso te conviertes en héroe en un película que se reivindica el derecho a poseer armas, se justifica la ridiculización de las personas gordas, se da rienda suelta a la xenofobia contra los nativos americanos, se ríe de los nerds o justifica aquello de que el fin justifica los medios, que sin duda va a ser una de las máximas de la política de Trump: Bienvenidos a Zombieland (Zombieland, Ruben Fleischer, 2009, EE.UU.).

Un vaquero que mata zombies

Siempre se ha interpretado una película como Los ladrones de los ladrones de cuerpos (Invasion of the body snatchers, Don Siegel, 1956, EE.UU.) como una metáfora del comunismo, a pesar de que su director ya ha confirmado que en realidad lo era del capitalismo. Es lo que tienen las metáforas, que cada uno puede darles la interpretación que les convenga, como pasa con los zombies. Y una interpretación inversa es lo que se puede esperar de un cineasta como Frank Darabont, que tras dirigir las versiones más sobrevaloradas de las novelas de Stephen King, se embarca en un proyecto como The walking dead (Frank Darabont, 2010, EE.UU.), en cuyo primer episodio hay una clara referencia a John Wayne que junto con su tono machista y reaccionario, me hacen pensar que debe ser una de las series de cabecera de Donald Trump.

Patriotismo de pacotilla

Una cosa lleva a la otra, Mel Gibson hace cine con Roland Emmerich, quien a su vez también cuenta con Will Smith, que ha participado en películas producidas por Jerry Brukheimer y dirigidas por Tony Scott, para colarse después en una película de Peter Berg como Hanckock (Peter Berg, 2008, EE.UU.). Aunque me da la impresión de que quizás Battleship (Peter Berg, 2012, EE.UU.) sea más del agrado de Trump.

Los artistas como fanfarrones

No es sólo por el exceso estético, es que no me cabe ni la menor duda de que Donald Trump estaría de acuerdo con la manera en la que un director de cine, que no me atrevería yo a llamar cineasta porque implicaría convertirlo en un artista, ese colectivo contra el que arremete Paolo Sorrentino en muchas de sus películas, contra las estrellas del pop en Un lugar donde quedarse (This must be the place, Paolo Sorrentino, 2011, Italia, francia & Irlanda), contra los escritores en La gran belleza (La grande bellezza, Paolo sorrentino, 2013, Italia & Francia) y contra los propios cienastas en La juventud (Youth, Paolo Sorrentino, 2015, Italia, Francia, Suiza & Reino Unido). Que no es por casualidad que haya estado a punto de dirigir un biopic sobre Silvio Berlusconi, quien a través de Medusa ha producido la mayoría de sus obras cinematográficas. ¿O será por que se identifica con las maneras de Il divo (Paolo Sorrentino, 2008, Italia & Francia)?

Destruyendo iconos

¿Es posible que el cineasta favorito de Donald Trump pueda ser Roland Emmerich? No te digo que no, al fin y al cabo ambos tienen lazos con Alemania y puestos a revisar acontecimientos históricos, también ambos los reconstruyen a su manera, además de que los dos parecen estar empeñados más en la destrucción de los iconos estadounidenses que en su reconstrucción. Un cineasta con el que coinciden en algún que otro momento Jerry Bruckheimer, Mel Gibson y Will Smith.

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