Simon Abkarian, y Ariane Ascaride en Una historia de locos (Une histoire de fou, Robert Guédiguian, 2015, Francia)

«Una historia de locos»: el perdón sólo llega con el conocimiento, aunque no te haga libre

Cartel de Una historia de locos (Une histoire de fou, Robert Guédiguian, 2015, Francia)
Cartel de Una historia de locos (Une histoire de fou, Robert Guédiguian, 2015, Francia)

Título original: Une histoire de fou
Año: 2015
País: Francia
Dirección: Robert Guédiguian
Guion: Robert Guédiguian & Gilles Taurand, basado en La bomba, una autobiografía de José Antonio Gurriarán
Producción: Marc Bordure & Robert Guédiguian
Cinematografía: Pierre MIlon
Montaje: Bernard Sasia
Música: Alexandre Desplat
Decorados: Michael Vandestien
Reparto: Simon Abkarian, Ariane Ascaride, Grégoire Leprince-Ringuet, Syrus Shahidi, Razane Jammal, Robinson Stévenin, Serge Avedikian, Hrayr Kalemkerian, Siro Fazlian, Amir El Kacem, Rodney El Haddad, Lola Naymark, Jürgen Zwingel, Jurgen Genuit, Wolfgang Pissors, Gerald Papasian, Alain Lenglet, Sylvie Degryse, Catherine Benedetti, Catherine Fourty, Yann Trégouët, Pierre Banderet, Patrick Bonnel, Adrien Jolivet, Jeremias Nussbaum, Matthias-Leonhard Lang, Sarkis Atechian, Armen Catanasian, Paulo dos Santos, Maria Pitarresi, Christophe Demerdjian, Ghassan Salhab, Omar Mikati, Sarkis Donikian, Bertrand Lacy, Francis Boulme, Corinne Debeaux, Pauline Leprince-Ringuet, Rosy Kuftedjian, Etienne Seukunian…

La realidad siempre supera la ficción, solo que no nos damos cuenta hasta que no vemos película que lo muestra. Cuando todavía no nos hemos repuesto del atentado de Londres, justo un año después del de Bruselas, nos podemos evitar preguntarnos, al igual que hicimos cuando sucedieron los de Berlín, Niza y París, ¿cómo puede una persona que ha crecido y vivido en cada uno de esos países realizar un atentado en nombre de una cultura que no es la que ha vivido desde pequeño? En realidad, la respuesta la tenemos, sólo que no nos hemos parado a pensarla. Cómo no vamos a estar preguntándonos de dónde sale ese odio, si ni siquiera hemos sido capaces de curar nuestras propias heridas, las que se produjeron con una guerra entre hermanos, lo que nos ha obligado a vivir entre víctimas y verdugos. Heridas que consiguen germinar en generaciones que ni siquiera llegaron a vivir aquellos acontecimientos.

Y parece mentira que Robert Guédiguian haya recurrido a una historia, de locos, efectivamente, que parte de una historia real, la que le sucediera al periodista español José Antonio Guirriarán, que documentara en el libro La bomba. Desconozco, lamentablemente, dónde comienza el relato de Guirriarán, pero el de Guédiguian lo hace situándonos en un punto que parece heredero de La cinta blanca (Das weiße Band – Eine deutsche Kindergeschichte, Michael Haneke, 2009, Alemania, Austria, Francia & Italia), sólo que en lugar de para explicar el origen de los acontecimientos que constituyeron la semilla que permite la germinación de la Segunda Guerra Mundial, para alumbrar sobre un juicio por un crimen, que quizás hoy en día hubiera sido considerado como terrorismo, pero que no lo es en aquel tiempo, suponiendo el germen para la posterior germinación de un auténtico movimiento terrorista.

Pero Guédiguian va mucho más lejos, porque sin apenas esfuerzo, de una forma sencilla, pero contundente, es capaz de mostrar el dolor y el sufrimiento que el terrorismo es capaz de infligir en el ser humano. En la víctima y en el verdugo, en los familiares de la víctima y también en los familiares del verdugo, en la sociedad, en la memoria y en el futuro. A través de un periplo tan insólito como imprevisible, por muy real que haya sido, la película nos permite conocer, además, la realidad de un pueblo que no existe, el armenio, masacrado por un país que a día de hoy sigue negando lo que hizo, perpetuando una injusticia que legitima, de alguna manera, la desesperación de sus víctimas.

Por si todos estos elementos no fueran lo suficientemente interesantes, Guédiguian nos ofrece además un relato que avanza en primera persona del plural, la de los armenios, pero también en primera persona del singular, la de una de las víctimas del terrorismo que reivindica el lugar de los armenios en un prisma que sólo tiene una cosa en común: el dolor. El del padre desconcertado porque su hijo no le entiende, el del hijo defraudado porque piensa que el padre no quiere reivindicar sus raíces, la de la madre que entendiendo al hijo nunca hubiera pensado que fuera capaz de llegar tan lejos, la del terrorista que no está dispuesto a hacer lo que sea por su causa, la de la novia del terrorista que es incapaz de asimilar que hay vida fuera de la realidad a la que se aferra para poder hacer lo que hace, la de la víctima que ni siquiera conoce la realidad de las personas que le arrebataron su vida tal y como la conocía. Todos ellos víctimas, aristas de un mismo prisma, de una realidad para la que el perdón sólo puede llegar con el conocimiento, con la comprensión de lo que lleva a una persona a convertirse en algo que nunca habría querido llegar a convertirse, a no ser que estuviera loca.

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