«Colossal»: el problema no es el monstruo, sino las ganas de sorprender a toda costa

Cartel español de Colossal (Nacho Vigalondo, 2017, España, Canadá, Corea del Sur & EE.UU.)
Cartel español de Colossal (Nacho Vigalondo, 2016, España, Canadá, Corea del Sur & EE.UU.)

Año: 2016
País: España, Canadá, Corea del Sur & EE.UU.
Dirección: Nacho Vigalondo
Guion: Nacho Vigalondo
Producción: Nicolas Chartier, Zev Foreman, Nahikari Ipiña, Russell Levine & Dominic Rustam
Cinematografía: Eric Kress
Montaje: Ben Baudhuin & Luke Doolan
Música: Bear McCreary
Diseño de producción: Sue Chan
Dirección artística: Roger Fires
Decorados: Josh Plaw
Vestuario: Antoinoette Messam
Reparto: Anne Hathaway, Jason Sudeikis, Austin Stowell, Tim Blake Nelson, Dan Stevens, Hannah Cheramy, Nathan Ellison, Sarah Surh, Haeun Hannah Cho, Carlos Joe Costa, Melissa Montgomery, Christine Lee, Rukiya Bernard, James Yi, Alyssa Dawson, Miho Suzuki, Charles Singh, Jenny Mitchell, Maddie Smith, Everett Adams, Agam Darshi, Hettie Lynne Hurtes, Alex Cohen, Steve Julian…

Volver a casa puede ser, en general, un trauma que abre cicatrices que ni sabías que tenías. Pero siempre es mucho más doloroso cuando has fracasado en las metas que te habías propuesto. Particularmente cuando estado alardeando de ellas. Pero mientras Nacho Vigalondo fracasa con su primera película rodada en inglés, Open windows (2014, España & EE.UU.), no se amilana y reincide en el mercado estadounidense en lugar de volver a España —ventajas de estar consagrado como cineasta de culto, maldito y enfant terrible, todo a la vez—, aunque quizás tendría que haberse planteado si no habría debido irse directamente a Corea del Sur. Más que nada porque, aparte del echo de que el trauma de su protagonista sea más propio de una persona estadounidense que de una española, indudablemente, la verdad es que su relato respira mejor cuanto más tiempo permanece en Corea del Sur, lo que tampoco quiere decir que respire bien.

Ya sea por la tiranía del glamour perdido de Hollywood o por el vértigo de los ingentes ingresos económicos que garantiza rodar con estrellas internacionales, además de la consecuente proyección internacional, desde el Oscar de José Luis Garci, la gran mayoría de los cineastas patrios han mirado más hacia el cine estadounidense que hacia el europeo al que pertenecen, salvo honrosas excepciones. Más allá de los guiños y referencias recientes como los de Alberto Rodríguez en La isla mínima (2014, España), al cine de Bong Joon-ho, y plagios descarados como el de Carlos Vermut en Magical girl (2014, España & Francia), a Sympathy for Mr. Vengeance (Boksuneun naui geot, Park Chan-wook, 2202 Corea del Sur), mucho menos han mirado hacia oriente. Sin embargo, Vigalondo nos propone una película a mitad de camino entre la cinematografía del extremo de occidental y la del extremo oriental, pero cruzando por el Pacífico, es decir, sin pasar por Europa (más que para dejar un chiste sobre el rey Juan Carlos I y su «Lo siento, me he equivocado. No volverá a pasar») .

Lo que comienza como una tragicomedia romántica, más o menos acertada, se convierte poco a poco en un relato fantástico en el que las frustraciones se materializan en monstruos, recayendo en la responsabilidad de cada personaje si quieren avanzar sin destruir todo a su alrededor, y ya de paso a sí mismos, o evolucionar sin perjudicar a nadie, y ya de paso superar sus propios traumas. El problema es que en el relato pesa más la espectacularidad visual de las secuencias fantásticas, que aquello que les da sentido: las cicatrices sin curar del acoso escolar, origen de la inmadurez, tanto de la víctima como de su acosador infantil, que de adultos terminan abocados al maltrato doméstico. El resultado es una película más ridícula que desfasada, más desigual que imperfecta, más anodina que aburrida… con lo que quiero decir que es más o menos entretenida, pero ciertamente prescindible, aunque no tanto como lo fuera Open windows, lo que ya es decir algo bastante positivo sobre este desastre colosal que lo único que realmente consigue demostrar es que Anne Hathaway no tiene ningún sentido del ridículo.

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