Close-knit (Karera ga honki de amu toki wa, Naoko Ogigami, 2017, Japón)

«Close-knit»: cuando hablamos de criar y tejer, todo es empezar

Cartel japonés de Close-knit (Karera ga honki de amu toki wa, Naoko Ogigami, 2017, Japón)Título original: Karera ga honki de amu toki wa
Año: 2017
País: Japón
Dirección: Naoko Ogigami
Guion: Naoko Ogigami
Producción: Masashi Igarashi, Kenzô Ishiguro & Noriaki Takagi
Reparto: Tôma Ikuta, Eiko Koike, Kenta Kiritani, Lily, Misako Tanaka, Mugi Kadowaki, Noriko Eguchi, Rin Kakihara, Mimura, Shûji Kashiwabara, Kaito Komie…

En su afán por luchar contra los derechos del colectivo LGBT los radicales ultra-religiosos se empeñan en vender un único modelo de una institución tan sobrevalorada como la familia, núcleo de abusos entre cónyuges y causa directa de traumas en sus descendientes, cuando no situaciones irreversibles. Como consecuencia de la propaganda de aquellos que nunca han formado una familia realmente, la sociedad de antaño terminaba demonizando tanto a las madres solteras como aquellas que optan por el aborto, a las parejas divorciadas o las osadas que acuerdan una relación abierta, a las familias que, en definitiva, no están constituidas por lo que dicta una doctrina, ya sea religiosa o de cualquier índole que no sea mundana, así como también a los hijos e hijas que se resisten a repetir los patrones tradicionales. Pero la realidad es que lo único que hace falta para sacar adelante una familia es amor y cariño, ternura y confianza, paciencia y comprensión… precisamente todo lo que Rinko ofrece a Tomo en Close-knit.

Más que en torno a la familia, Naoko Ogigami desarrolla su relato alrededor de diversas relaciones entre madres e hijas o hijos, ofreciendo modelos alternativos de relaciones materno-filiales que se desarrollan de maneras harto variadas: la despreocupada madre de Tomo, que no sabe prestarle a su hija la atención que requiere a pesar de ser una niña resuelta y responsable; la intransigente madre de su compañero de clase, que no acepta la orientación sexual de su hijo; la de su propia madre y su tío Makio, que no parece haber tenido el mismo trato para ambos, de ahí que cada uno haya madurado de forma opuesta; la de Rinko, que sí supo comprender las necesidades su hijo cuando toma conciencia de su identidad de género; y la capacidad de la propia Rinko para ejercer de madre de Tomo, a pesar de ser una mujer transexual, por lo que la naturaleza no le permite procrear a sus propios hijos.

Con la misma ternura con la que Rinko prepara la comida para Tomo y el mismo tacto y dedicación con el que cuida de su abuela, explora Ogigami todos y cada uno de los obstáculos que una persona transexual se encuentra a lo largo de su vida, desde que toma conciencia de su identidad de género, siendo todavía adolescente, hasta la discriminación de la que es objeto tan sólo por no haber cambiado su género en sus documentos legales o las muchas veces que se tienen que enfrentar al rechazo de quienes no comprenden (o no quieren comprender) que vive atrapada en un cuerpo equivocado. Discriminación que no sólo afecta a Rinko, sino a su núcleo familiar, formado en este momento por Makio y Tomo, lo que permite a esta entender el sufrimiento de su propio compañero de clase, que ya es consciente de su orientación sexual, lo que le lleva a ser víctima de abuso por parte de sus compañeros de clase, como finalmente llega a ser ella por vivir con una persona transexual, nuevamente es la familia y no el individuo la víctima del rechazo.

Toda esta aparentemente compleja madeja de relaciones está perfectamente hilvanada de manera tan sencilla y entrañable como para que una niña entienda que si una madre siempre será una madre, por desastrosa que sea, también otras personas pueden desarrollar este vínculo, aunque nunca puedan llegar a parir a sus propios descendientes. Es como tejer, que cuando no sabes hacerlo, te parece una tarea complicada, pero una vez aprendes, te das cuenta de que sólo necesitas un poco de paciencia y constancia para terminar consiguiendo una prenda que te proporcionará el calor y la protección que has invertido en su confección, de la misma manera que los hijos e hijas a los que has proporcionado esos mismos valores que, como tantas cosas en una familia, se repiten para convertir a los hijos en personas adultas capaces de desarrollar esas mismas cualidades mientras siguen tejiendo.

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