James Franco es Tommy Wiseau en The disaster artist (James Franco, 2017, EE.UU.)

«The disaster artist» o el freak popular y la crueldad de convertirte en fenómeno cinematográfico

Cartel de The disaster artist (James Franco, 2017, EE.UU.)Año: 2017
País: EE.UU.
Dirección: James Franco
Guion: Scott Neustadter & Michael H. Weber, basado en el libro The disaster artist: my life inside The room, the greatest bad movie ever made de Greg Sestero & Tom Bissell
Producción: James Franco, Evan Goldberg, Vince Jolivette, Seth Rogen & James Weaver
Cinematografía: Brandon Trosk
Montaje: Stacey Schroeder
Música: Dave Porter
Diseño de producción: Chris L. Spellman
Dirección artística: Rachel Rockstroh
Decorados: Susan Lynch
Vestuario: Brenda Abbandandolo
Reparto: Dave Franco, James Franco, Seth Rogen, Ari Graynor, Alison Brie, Jaci Weaver, Paul Scheer, Zac Efron, Josh Hutcherson, June Diane Raphael, Megan Mullally, Jason Mantzoukas, Andrew Santino, Nathan Fielder, Joe Mande, Sharon Stone, John Eartly, Melanie Griffith, Hannibal Buress, Charlyne Yi, Jessie Ennis, Peter Gilroy, Lauren Ash, Karen Macarah, Sugar Lyn Beard, Bob Odenkirk, Brian Huskey, Megan Ferguson, Randall Park, Steven Liu, Tommy Wiseau, Casey Wilson, Jerrod Carmichael, Xosha Roquemore, Kelly Oxford, Kether Donohue, Jeffrey C. Goodell, Dree Hemingway, Angelyne, Tom Franco, Zoey Deutch, Ike Barinholtz, Kevin Smith, Keegan-Michael Key, Adam Scott, Danny McBride, Kristen Bell, J.J. Abrams, Lizzy Caplan…
Distribución en España: Warner Bros

Hubo un tiempo en el que había una concordancia entre las obras artísticas que eran reconocidas por la crítica especializada y lo que se consumía de forma masiva. Un fenómeno que hoy en día no sólo afecta al cine y la televisión, sino también a la música y la literatura. Los medios de comunicación valoran el vídeo más visto en YouTube por encima del disco más vendido, sin importarles lo que la crítica opine al respecto. De la misma manera, un best-seller literario ha pasado a ser un producto pura y llanamente comercial que raramente tendría espacio en un club de lectura. Una distorsión que en el medio cinematográfico se traduce en que los títulos premiados en festivales raramente llegan al espectador, mientras que aquellos que se convierten en éxitos de taquilla son los premiados por las academias de cine, es decir, por los propios profesionales cinematográficos, que de esta manera celebran el dinero por encima de la calidad artística. Luego están las excepciones, como The disaster artist, premiado en San Sebastián, abrazado por el público y celebrado igualmente por la profesión.

Hubo un tiempo en el que, más que por sus cualidades artísticas, James Franco despertaba mi interés por su capacidad para crear expectación, ya fuera en las redes sociales o a través de extravagantes declaraciones, además de su capacidad para integrarse en proyectos interesantes. Sus ideas no dejaban de ser curiosas y originales, al contrario que sus interpretaciones, habitualmente aburridas y convencionales. Mientras que en la vida real puedo creerme que se considere «un poco gay» dada su peculiar sensibilidad artística, en la ficción nunca he conseguido creerme uno sólo de sus personajes. Quizás por eso me parece tan apropiado que se decida a interpretar a otro cineasta instalado en el exceso y la sobreactuación en su vida real. Pero igual que no es la primera vez que la Concha de Oro me parece una auténtica estafa, un timo —estoy pensando en títulos como Bwana (Imanol Uribe, 1996, España), Neds (Peter Mullan, 2010, Italia, Francia & Reino Unido) o Magical girl (Carlos Vermut, 2014, Francia & España)—, tampoco me extraña que esta película se convierta en un gran éxito de público, siendo alabada por muchos la interpretación de James Franco, cuando no pasa de ser una burda imitación más cerca de la sensibilidad de José Mota que de Carlos Latre.

Cuando Tim Burton hacía con Ed Wood (1994, EE.UU.), un hermoso y poético biopic del que en aquel entonces era considerado el peor cineasta de la historia del cine, además de mostrar la entrañable amistad que une a Wood y Bela Lugosi, mostrando la perversión de una extraña comicidad encerrada en lo que en realidad es un drama, consigue trasmitir igualmente la pasión de una persona por un medio que destroza. No es una alusión personal, es que Johnny Depp sale a colación en la película de Franco, de la misma manera que su película es una reconstrucción del rodaje de la que hoy en día está considerada la peor película de la historia del cine, además de mostrar la curiosa amistad que une a Greg Sestero con el inefable Tommy Wiseau, intentando mostrar la perversión de un drama que pretende ser una comedia, pero que no consigue transmitir en ningún momento la pasión de una persona por un medio que destroza… aunque le salga rentable.

No puedo evitar pensar que vivimos una época en la que las redes sociales sirven de escarnio para lo que la justicia no consigue dar solución. Basta que denuncies cualquier cosa medianamente escabrosa en las redes sociales, ese espacio intangible en el que se premia la popularidad por encima de calidad, para que automáticamente se generen movimientos a favor o en contra, sin importar siquiera si son verdad realmente. ¡Qué digo redes sociales, si en las universidades ya hay quienes hacen su tesis en torno a fenómenos mediáticos como Belén Esteban! ¿He dicho fenómeno mediático? Lo dejo en fenómeno, lo cual no deja de ser una ironía del lenguaje al ser sinónimo de prodigio y de aberración, de portento y de engendro. No me extraña que sean tantas las personas españolas (que no las hispano hablantes) que no saben diferenciar entre freak y friqui o nerd y geek (los latinoamericanos no tienen este problema, que son más bilingües).

¿He dicho españolas? En realidad, me resulta inevitable pensar que Franco también se lía un poco con el sentido y el significado de estos términos o al menos desperdicia la oportunidad de profundizar tanto en las contradicciones de un freak que parece ser «un poco gay», así como de explorar la personalidad de alguien que no tiene escrúpulos en aceptar un fracaso como si fuera un éxito siendo consciente del ridículo que está haciendo al convertirse en un fenómeno, no diría mediático, pero ciertamente cinematográfico, como también la desaprovecha la ocasión de analizar el fenómeno que lleva a la gente a comportarse como los personajes de una película de John WatersCosa de hembras (Female trouble, 1974, EE.UU.), celebrando aquello de lo que en realidad se están burlando. El desastre no es finalmente el artista, sino que todo el mundo se ría y disfrute con una película que, en realidad, no deja de ser, ya no un drama, sino una auténtica tragedia, como sí queda claro en el caso de Dawn Davenport.

 

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