Vicky Krieps y Daniel Day-Lewis son Alma y Reynolds Woodstock en El hilo invisible (Phantom thread, Paul Thomas Anderson, 2018, EE.UU.)

«El hilo invisible»: la truculencia del maltrato doméstico en su versión más insoportablemente chic

Cartel español de El hilo invisible (Phantom thread, Paul Thomas Anderson, 2018, EE.UU.)Título original: Phantom thread
Año: 2017
País: EE.UU.
Dirección: Paul Thomas Anderson
Guion: Paul Thomas Anderson
Producción: Paul Thomas Anderson, Megan Ellison, Daniel Lupi & JoAnne Sellar
Cinematografía: Paul Thomas Anderson
Montaje: Dylan Tichenor
Música: Jonny Greenwood
Diseño de producción: Mark Tildesley
Dirección artística: Chris Peters, Denis Schnegg & Adam Squires
Decorados: Véronique Melery
Vestuario: Mark Bridges
Reparto: Vicky Krieps, Daniel Day-Lewis, Lesley Manville, Sue Clark, Joan Brown, Harriet Leitch, Dinah Nicholson, Julie Duck, Maryanne Frost, Elli Banks, Amy Cunningham, Amber Brabant, Geneva Corlett, Juliet Galves, Camilla Rutherford, Gina McKee, Philip Franks, Tony Hansford, Steven F. Thompson, George Glasgow, Niki Angus-Campbell, Georgia Kemball, Nick Ashley, Ingrid Sophie Schram, Ellie Blackwell, Zarene Dallas, Brian Gleeson, Pauline Moriarty, Harriet Sansom Harris, Eric Sigmundsson, Phyllis MacMahon, Richard Graham, Silas Carson, Martin Dew, James Thomson, Tim Ahern, Lujza Richter, Leopoldine Hugo, Délia Rémy, Emma Clandon, Ian Harrod, Sarah Lamesch, Julia Davis, Nicholas Mander, Jordon Steves, Michael Perry, Charlotte Melen…
Distribución en España: Universal Pictures

Independientemente de la opinión de la crítica, la recepción del público y la valoración del propio medio cinematográfico, una película debe pasar, al menos, por dos exámenes: el termómetro de su estreno, donde el público está en contacto con el contexto histórico en el que se encuadra la película, y los efectos del paso del tiempo, que es cuando se puede comprobar si el discurso prevalece o adquiere otro valor, independientemente de que se a mejor o pero, en un contexto nuevo y diferente. A menudo sucede que determinadas obras tienen un extraordinario éxito inicialmente, pero posteriormente pasan al olvido, incluso a pesar de coleccionar muchos premios. Asimismo, otras tienen una nefasta recepción, para emerger posteriormente encumbradas como obras de culto incomprendidas en su tiempo. De la misma manera, así como el momento personal del espectador influye en la recepción de la película, la distancia temporal proporciona a veces una perspectiva que pasaba antes desapercibida. Lo pude comprobar perfectamente con Paris, Texas (Wim Wenders, 1984, Reino Unido, Francia, Alemania occidental & EE.UU.), maravillosa antes y ahora, pero que un su tiempo me pareciera una tormentosa historia de amor, resultándome ahora evidente que tiene más peso el maltrato doméstico que desencadena el relato, que el miedo al abandono que su protagonista siente por su esposa le lleva a al castigo en lugar de al amor. Diferentes percepciones que, gracias a la calidad artística del filme, puedo disfrutar de la misma manera cuando la vi por primera vez, como cuando lo hice veinte años después.

Las relaciones homosexuales no se tratan de la misma manera ahora que hace veinte años, por ejemplo, y aunque a veces la metáfora y la sugerencia es más elegante que la evidencia, como sucede con la señora Danvers en Rebecca (Alfred Hitchcock, 1940, EE.UU.), por ejemplo, así como tampoco el cambio climático, el abuso escolar o la violencia machista, que no es que no sean cosas que no sucedieran antaño, sino que se percibían y se trataban de otra manera. No existía una alarma social como hoy en día, así como actualmente es muy candente tanto la reivindicación social como la diversidad racial y sexual o hasta la manera en la que se retrata a la mujer en el cine. De ahí que me resulte inquietante cómo Paul Thomas Anderson retrata lo que bajo el prisma actual es una terrible relación tóxica, literal y figuradamente, retroalimentada por las dos partes. Un relato tan complejo como diseñar un vestido de bodas con vocación de ser el más especial del mundo, el único para su portadora, pero que me desconcierta por el hecho de mostrar de una manera tan aterciopelada lo que constituye, al menos para un servidor, la insólita truculencia de un maltrato doméstico en su versión más insoportablemente chic. Una percepción que me resulta escandalosa ante el hecho de que su autor confiese que la idea surge por un momento de ternura con su propia esposa cuando él mismo está enfermo, y que me indigna ante el hecho de que el personaje de Reynolds Woodstock esté inspirado en Balenciaga.

Me explico. Admite Reynolds que no es una persona hecha para casarse, claro, porque Balenciaga era homosexual y no tenía ninguna intención de casarse con una mujer, pero no porque fuera un perfeccionista egoísta e insoportable que es lo que resulta ser Woodstock. Es posible que Anderson no pretenda hacer una película sobre la orientación sexual de un diseñador de moda, lo cuál es en sí un ejercicio de cinismo dado que es una profesión en la que predominan los hombres homosexuales parece un poco fuera de lugar. Es más, me da la impresión de que incluso prefiere no pronunciarse sobre lo que pinta realmente su hermana en su vida, más allá de que sea una especie de señora Danvers a la inversa, es decir, que protege a Alma porque le gusta, tal y como ella misma confiesa. Si lo que no quería era meterse en camisas de once varas, perfectamente podría haberse inspirado en un cocinero que también habría podido aprender todo de su madre, por ejemplo. Aunque quizás lo que más me preocupa es que no sólo no parece preocuparle que Reynolds sea un déspota insoportable que se aprovecha de sus musas hasta que las revienta, ni que Alma sea una loca psicópata capaz de arañarle la cara a una reina si no le saluda aunque no sepa ni quién es —único momento que permite a la película pasar el test de Bechdel—, sino que me resulta imposible saber si a él le parece bien o mal, sin llegar a optar realmente por una posición neutra.

Es indudable que Anderson opta por deja muchas cosas abiertas, permitiendo que sea el espectador quien complete el relato, pero me resulta un tanto irresponsable que pretenda contarnos lo que es una historia de adicción, de posesión, de terror como si fuera una romántica y preciosa historia de amor. Claro que también es posible que fuera esta su pretensión… ¿Entonces por qué todo el mundo habla de lo bonita que es la película y no dice nada de lo terrible que es lo que en ella sucede? ¿Qué pensaría el representante de un sindicato de que abuses psicológicamente de la persona que te proporciona la inspiración para desarrollar tus creaciones? ¿Qué pensaría Erich Fromm de que tengas que envenenar a la persona que dices amar para que te corresponda en ese mismo sentimiento? ¿Acaso estamos ante una obra que pretende levantar polémica como las campañas de promoción de los museos que afirman que han censurado obras centenarias para que se hable de ellas? Es posible que incluso la película me haya gustado, a tenor del malestar que me ha dejado, pero también es cierto que me indigna tanto como me parece una obra irresponsable.

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