La colmena en el cine

«La colmena» en el cine y el cine en «La colmena»

Si bien el cine español no siempre ha conseguido hacer justicia de las adaptaciones al cine de sus obras literarias más ilustres, lo cierto es que no parece que Camilo José Cela se pueda quejar  mucho de la adaptación de su obra más universal, La colmena (Mario Camus, 1982, España), que consigue el Oso de Oro en el Festival de Berlín, ex aequo con Acendancy (Edward Bennett, 1983, Reino Unido). Una película formalmente austera, como la gran mayoría de las obras de Camus, quien construye su prestigio a través de grandes adaptaciones literarias, pero que consigue trascender y emocionar al mantenerse fiel al espíritu de la novela y de contar con un plantel de los actores y actrices más ilustres del momento, entre los que se cuela en un breve cameo el propio Cela, en lo que no deja de ser una manera de aprobar la adaptación a la gran pantalla de su gran novela.

Más que algún pasaje o personaje, lo que un servidor echa en falta en la película es alguna alusión al cine de la época en la que se desarrolla el relato, lo que sí podemos encontrar en la novela del premio Nobel, siendo la primera alusión a un espacio físico, el Cine Ideal, ubicado al lado mismo de la plaza que alude a otro premio Nobel, Jacinto Benavente. Como si invadiera la calle Doctor Cortezo, saliendo desde detrás de Comedor Ave María, nos encontramos con el que hoy se llama Yelmo Cines, inaugurado en mayo de 1916. No deja de ser una pena que con cada reforma haya ido perdiendo parte de la ornamentación diseñada por José Espelius, arquitecto responsable de los teatros Reina Vitoria y Muñoz Seca o la plaza de toros de Las Ventas, entre otros edificios de la capital española. Al menos todavía hoy se puede apreciar la alegoría al cine de las vidrieras de su fachada principal, atribuidas a la Casa Maumejean, cuyo legado también se puede disfrutar en el casino de la calle Alcalá, el Hotel Palace, el Hospital de Maudes o el Centro Comercial ABC Serrano.

Cine ideal en La colmena

Una sala con capacidad para casi tres mil personas, recientemente renovada para despojarse de los ornamentos externos que le habían incrustado en su penúltima renovación, cuando es transformado en un complejo de ocho salas, posteriormente nueve, que en principio ofrece tanto cine doblado como en versión original subtitulada, para terminar centrándose exclusivamente en este último. Salas más centradas en le cine independiente que en el cine de autor, en las que un servidor ha tenido la suerte de ver por primera vez muchas de las películas de Woody Allen o Julio Medem, así como obras que me han impresionado tanto como El almuerzo desnudo (Naked lunch, David Cronenberg, 1991, Canadá, Japón & Reino Unido) en la que fuera última edición de Imagfic, Un lugar en el mundo (Adolf Aristarain, 1992, Argentina, Uruguay & España), Juego de lágrimas (Crying game, Neil Jordan, 1992, Reino Unido, Japón & EE.UU.) o Ed Wood (Tim Burton, 1994, EE.UU.), entre muchas otras, además de darnos la oportunidad de disfrutar por primera vez de las películas de Walt Disney en su versión original. Gracias a La colmena, también sabemos el cine que se proyectaba al menos en los años cuarenta.

«El señor José, después de merendar, lleva a Purita al cine, le gusta darse el lote antes de irse a la cama. Van al cine Ideal, enfrente del Calderón, donde ponen Su hermano y él, de Antonio Vico, y Un enredo de familia, de Mercedes Vecino, «toleradas» las dos. El cine Ideal tiene la ventaja de que es de sesión continua y muy grande, siempre hay sitio».

Su hermano y él (Luis Marquina, 1941, España)

Hijo, nieto y bisnieto de actores, Antonio Vico es uno de los más respetados actores de su época, precursor del naturalismo en el teatro que alterna con el cine, donde en 1941 era muy conocido tras participar en títulos tan populares como El malvado Carabel (Edgar Neville, 1935, España), La hija del penal (Eduardo García Maroto, 1936, España), Currito de la Cruz (Fernando Delgado, 1936, España) o Mariquita Terremoto (Benito Perojo, 1940, España). Si posteriormente su nombre se mantiene vivo a través de su hijo y su nieto, él mismo se prodigaría después en títulos como Novio a la vista (Luis García Berlanga, 1954, España), Mi tío Jacinto (Ladislao Vajda, 1956, España & Italia), El batallón de las sombras (Manuel Mur Oti, 1957, España) o La ironía del dinero (Edgar Neville & Guy Lefranc, 1957, España & Francia).

Cartel de Su hermano y él (luis Marquina, 1941, España)

Técnico de sonido en los Estudios CEA de Madrid, Luis Marquina se estrena en la dirección cinematográfica de la mano de Luis Buñuel, autor de la adaptación de la obra de Carlos Arniches, que según la leyenda también se encarga de dirigir, pero rechaza firmar, lo que no parece muy probable si tenemos en cuenta que realizaría una nueva versión en 1951 con el título de La hija del engaño. A lo largo de su trayectoria, Marquina pasa a firmar los guiones de sus propias películas y algunas de cineastas como Florián Rey, Juan de Orduña, Luis César Amadori o José María Forqué, para terminar incluso más cómodo en la faceta de productor a través de Producciones DIA, que funda en 1955. Su hermano y él es su séptimo largometraje como director, siendo igualmente el responsable del guion, a partir de una obra de su propio padre, Eduardo Marquina.

Un enredo de familia (Ignacio F. Iquino, 1943, España)

Precisamente en una película con guion de Marquina, ¿Donde vas, Alfonso XII? (Luis Cesar Amadori, 1959, España), interpreta Mercedes Vecino a Isabel II, película que supone su retorno al cine después de tres lustros centrada en desarrollar su carrera en el teatro. Especializada en personajes de femme fatale desde el beso a Armando Calvo en El pobre rico (1942, España), el primero del cine español en una película dirigida precisamente por Ignacio F. Iquino, uno de los más prolíficos y polivalentes cineastas españoles, que vuelve a contar con ella para Los ladrones somos gente honrada (1942, España), La culpa del otro (1942, España), Boda accidentada (1943, España) y Un enredo de familia (1943, España), en la que por cierto también participan Mary Santpere y Paco Martínez Soria.

Si bien se recuerda a Ignacio F. Iquino como el padrino de las generaciones de nuevos cineastas catalanes de los años cincuenta, época en la que comienza a alternar los típicos títulos comerciales de la época con obras más personales en la línea del Nuevo Cine Español a través de títulos como Brigada criminal (1950), El judas (1952) —primera película rodada en catalán después de la Guerra Civil— o Buen viaje, Pablo (1959), lo cierto es que, tanto al principio como al final de su trayectoria, desarrolla una ecléctica filmografía en el ámbito del cine de género que le llevaría a ser considerado el Roger Corman del cine español.

Un enredo de familia (Ignacio F. Iquino, 1943, España)

«Los clientes de los cines de barrio todavía deberían esperar algún tiempo para ver Sospecha o Las aventuras de marco Polo o Si amaneciera.

Sospecha (Suspicion, Alfred Hitchcock, 1942, EE.UU.)

Inmediatamente después de protagonizar la que fuera primera película estadounidense de Alfred Hitchcock, Rebecca (1941, EE.UU.), Joan Fontaine consigue el único Oscar de su carrera por su interpretación de una paciente esposa, siempre dispuesta a confiar en su marido, por muchas sospechas que su contradictorio comportamiento le suscite en Sospecha. Adaptación de una novela de Francis Iles, supone la primera colaboración profesional de Hitchcock con Cary Grant, por mucho que el actor prometiera no volver a trabajar con el cineasta británico. Una obra que supone además un reto para la imagen del actor, que interpreta por primera y ¿única? vez en su carrera un personaje que un final controvertido aleja de ser villano, a pesar de que habría sido lo más coherente. Decisiones que no impiden que la película se convierta en un éxito de taquilla en su momento aunque, con el paso del tiempo, haya pasado a ser considerada una obra menor por mucho que tenga elementos ciertamente interesantes, o al menos no tan popular como otras obras de Hitchcock, quien también era la primera vez que ejerce de productor de una de sus películas.

Las aventuras de Marco Polo (The adventures de Marco Polo,Archie Mayo, 1938, EE.UU.)

Artesano más que artista, Archie Mayo sustituye a John Cromwell en la dirección de Las aventuras de Marco Polo, un proyecto ideado para mayor lucimiento de su protagonista, Gary Cooper, en un periplo que comienza en Venecia y le lleva a Pekín, donde se enamora de la hija del nuevo emperador de China, para disgusto del ayudante del emperador, Ahmed, en la piel de Basil Rathbone, que no duda en enviar al aventurero a luchar contra los bárbaros con la equivocada idea de que terminarán con él. La que fuera una de las primeras intervenciones cinematográficas de Lana Turner es una típica producción de Hollywood que no disimula el cartón piedra que abundaba en el cine clásico, pero que, precisamente por sus principales defectos conserva gran parte de su encanto, a pesar de que fuera un fracaso de taquilla en su tiempo, siendo además rechazada por los italianos, que sintieran que no hace justicia a su legendario héroe, responsable de la importación del ingrediente que pasaría a ser piedra angular de la dieta italiana: la pasta.

Si no amaneciera (Hold back the dawn, Mirchell Leisen, 1941, EE.UU.)

Billy Wilder y Charles Brackett adaptan para el cine una novela de Ketti Frings, sobre un rumano —interpretado por un francés, Charles Boyer— que tras ejercer la prostitución se casa con una americana para entrar en los Estados Unidos y terminar enamorándose de ella. Dirigida por el elegante y nunca bien ponderado Mitchell Leisen, está protagonizada por Olivia de Havilland, quien no sólo consigue una de las seis nominaciones que recibe la película, sino que compite por la estatuilla contra su propia hermana, Joan Fontaine, llevándose esta última el premio gracias a su sufrimiento en la película de Hitchcock. Si no amaneciera supone un punto de inflexión en la trayectoria de Wilder quien, debido a la supresión de una secuencia en la que la depresión lleva al protagonista a entablar conversación con una cucaracha, pero que Boyer considera una tontería y mueve cielo y tierra hasta que la eliminan, decidiendo el entonces meramente guionista a dar un salto cuantitativo y dirigir sus propios textos. En venganza por la supresión de tan tierno momento, reduce al silencio gran parte de las secuencias de Boyer, recuperando la idea de la cucaracha para El espíritu de San Luis (The spirit of Sant Louis, Billy Wilder, 1957, EE.UU.).

«Saben mucho de cine y en vez de decir, como los habituales de los cines de barrio, «es una película estupenda de la Joan Crawford», dicen como hablando siempre para iniciados, «es una grata comedia, muy francesa, de René Clair», o «es un gran drama de Frank Capra». Ninguno sabe con exactitud qué es lo «muy francés», pero no importa; vivimos un poco el tiempo de la osadía, ese espectáculo que algunos hombres de limpio corazón contemplan atónitos desde la barrera sin entender demasiado lo que sucede, que es bien claro».

Joan Crawford

Tras una carrera sólida que comienza en el cine mudo, más como flapper que como actriz, que pasa sin problemas al sonoro y desarrolla una sólida trayectoria de la mano de cineastas como George Cukor, Clarence Brown, W.S. Van Dyke o Frank Borzage, con la llegada de la década de los cuarenta Joan Crawford comienza a ser considerada «veneno para la taquilla». Inaudito si tenemos en cuenta que con algunas de sus películas, como Lluvia (Rain, Lewis Millestone, 1932, EE.UU.) o Encadenada (Chained, Clarence Brown, 1934, EE.UU.), consigue escandalizar tanto a las mentes más puritanas como para que promuevan el Código Hays de censura, lo que contrasta con el hecho de que fuera capaz de adoptar a una parejita de hermanos para suavizar su imagen… lo que con el tiempo se volvería en su contra, como ya sabemos. Mientras tanto, en 1941 estrena dos películas: Un rostro de mujer (A woman’s face, George Cukor, 1941, EE.UU.) y Cuando ellas se encuentran (When ladies Meet, Robert Z. Leonard, 1941, EE.UU.), que quizás no se encuentren entre sus mejores obras, pero que reflejan el carácter de una actriz hecha sí misma, perfil que tan bien representa en sus películas, mujeres que quieren vivir su vida de manera libre y sin ataduras, reflejo de millones de mujeres estadounidenses en los albores de la emancipación femenina.

René Clair

A pesar de pasar por Venecia con sus dos de sus últimas películas, El fantasma va a al Oeste (The ghost goes west, 1935, Reino Unido) y Break the news (1938, Reino Unido), René Clair no pasa por su mejor momento en su relación con el público en la década de los treinta. Una relación que se restablece cuando en 1941 estrena su primera película estadounidense, La llama de Nueva Orleans (The flame of New Orleans, 1941, EE.UU.), suponiendo el inicio de una nueva etapa en una intensa carrera. Periodista y cineasta a partes iguales, se trata de uno de los grandes pioneros del cine francés, que dirige una de las más recordadas obras cinematográficas del dadaísmo, Entreacto (Entre’act, René Clair, 1924, Francia), así como la primera película sonora del cine galo, Bajo los techos de París (Sous les toits de Paris, 1930, Francia), que le permite reconocimiento a nivel internacional, tanto de público como de crítica, que se confirma con títulos como El millón (Le million, 1931, Francia), Catorce de julio (Quatorze Juillet, 1933, Francia) o El último millonario (Le dernier milliardaire, 1934, Francia), sátiras sociopolíticas que presenta en forma de comedias visuales a través de las que examina las costumbres de las clases media y alta francesas, destacando sobre todo con una obra como Viva la libertad (À nous la liberté, 1931, Francia), que incluso llegaría optar por un premio Oscar. Irónicamente, su mejor momento con el público estaría todavía por llegar con títulos como Me casé con una bruja (I married a witch, 1942, EE.UU.), Sucedió mañana (It happened tomorrow, 1944, EE.UU.),  o Diez negritos (And then there were none, 1945, EE.UU.).

Frank Capra

Quien si es ya toda una figura del cine en 1941 es Frank Capra, precisamente antes de enturbiar su legado incurriendo en el cine de propaganda capitalista debido a la Segunda Guerra Mundial, para integrarse posteriormente entre los integrantes de la denominada generación perdida. Pero antes, mucho antes, tras desarrollar una sólida etapa en el cien mudo, se convierte en uno de los precursores de la screwball comedy al servicio del New Deal de Roosevelt, que promueve el reformismo en el campo económico y social y estimula la autocrítica en el político e intelectual, que consigue su mayor éxito de público y critica con Sucedió una noche (It happened one night, 1934, EE.UU.), perfecto ejemplo de ese  optimismo crítico que desarrolla de la mano de su guionista, Robert Riskin, a través del que pretenden demostrar la inquebrantable salud del espíritu americano en mediante el que cualquier persona puede convertirse en millonario de la noche a la mañana. Una premisa que explora posteriormente a través de obras como El secreto de vivir (Mr. Deeds goes to town, 1936, EE.UU.), Vive como quieras (You can’t take it with you, 1938, EE.UU.), Caballero sin espada (Mr. Smith goes to Washington, 1939, EE.UU.) y la magnífica Juan Nadie (Meet John Doe, 1941, EE.UU.), protagonizada pro unos impagables Barbara Stanwyck y Gary Cooper.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s