La muerte de Stalin (The death of Stalin, Armando Iannucci, 2017, Francia, Bélgica & Reino Unido)

«La muerte de Stalin»: cuando la sátira no basta para poner distancia de la verdad

Cartel de La muerte de Stalin (The death of Stalin, Armando Iannucci, 2017, Francia, Bélgica & Reino Unido)Título original: The death of Stalin
Año: 2017
País: Francia, Bélgica & Reino Unido
Dirección: Armando Iannucci
Guion: Armando Iannucci, David Schneider, Ian Martin & Peter Fellows, basado en la novela gráfica homónima de Fabien Nury y Thierry Robin
Producción: Chaterine Dumonceaux, Nicolas Duval Adassovsky, Kevin Loader, Sofia Maltseva, Tanua Sokolova, Laurent Zeitoun & Yann Zenou
Cinematografía: Zac Nicholson
Montaje: Peter Lambert
Música: Chistopher Willis
Diseño de producción: Cristina Casali
Dirección artística: Jame Brodie & David Hindle
Decorados: Charlotte Dirickx
Vestuario: Suzie Harman
Reparto: Olga Kurylenko, Tom Brooke, Paddy Considine, Justin Edwards, Adrian McLoughlin, Simon Russell Beale, Jeffrey Tambor, Steve Buscemi, Michael Palin, Paul Ready, Yulya Muhrygina, Andrey Korzhenevskiy, Roger Ashton.Griffiths, Jeremy Limb, Andy Gathergood, Alexandr Piskunov, Ruslav Neupokoev, Alla Bineeva, Nichaolas Woodeson, Elaine Claxton, George Potts, Sylvestra Le Touzel, Nicholas Sidi, Jonny Phillips, Alex Harvey-Brown, Tom Steed, June Watson, Adam Shaw, Daniel Tuite, David Crow, Dermot Crowley, Paul Whitehouse, Paul Chahidi, Karl Johnson, Cara Horgan, Emilio Oannucci, Daniel Booroff, Andrea Riseborough, Dan Mersh, Rupert Friend, Richard Brake, James Barriscale, Daniel Tatarsky, Ricky Gabbriellini, Eva Sayer, Diana Quizk, Adam Ewan, Michael Ballard, Phil Deguara, Jonathan Aris, Katie McCreedy, Ewan Bailey, Jason Isaacs, Leeroy Murray, Keely Smith, Tsai Sheng-Chien, Dave Wong, Sergey Korshkov, Alexander Grigoriev, Olga Dadukevich, Nastya Koshevatskaya, Danya Bochkov, Sebastian Aton, Nastya Karpenko, Amelia McCreedy, Gerald Lepkowski, Luke D’Silva, Daniel Chapple, Daniel Smith, Ellen Evans, Oleg Drach, Daniel Fearn…
Distribución en España: Avalón

Tal y como está la cosa en Rusia, con las acusaciones de dopaje a nivel sistémico y el brutal retroceso de derechos humanos, lo primero que a uno se le viene a la mente con la película de Armando Iannucci es lo que pensarán de este relato en el país gobernado por Vladimir Putin, para plantearme a continuación lo que pasaría si este mismo relato fuera en torno a la muerte de Franco. Y sí, en enero ya rechazan su certificado de distribución en Rusia, afirmando un ministro que «la película profana nuestros símbolos históricos: el himno soviético, las órdenes y las medallas, y el mariscal Zhukov es retratado como un idiota». Una descripción que es tan correcta y precisa que hasta me sorprende por su lucidez y de la que se desprende que en España, donde los titiriteros y tuiteros están más en tela de juicio que los políticos corruptos, tenemos una Ley Mordaza y un impuesto al sol, se censuran exposiciones, se secuestran libros y se condena por delitos de odio a cantantes de hip hop, también se habría censurado esta película si girara en torno a la muerte de Franco, ese hombre, y se estrenara hoy en día, que no hace veinte años.

Ya me estoy imaginando a figuras como las de Ana Rosa Quintana o Cristina Cifuentes arremetiendo contra una película de indudable mal gusto, según su criterio, en la que se permiten hacer bromas sobre un señor bajo cuyo régimen se asesina a tantos miles de personas. Claro que a pesar de que los chistes de Guillermo Zapata les parecen deplorables, igual son capaces de entender el humor negro que se desprende de este relato, al referirse a una figura comunista, nada que ver con Carrero Blanco o aquel general bajito que liderara el levantamiento que conduce a España a la Guerra Civil española y a un sombrío período que se prolonga a lo largo de hasta cuarenta años, estando enterrado tan ricamente en el Valle de los Caídos mientras que miles de las víctimas de su régimen siguen esparcidas por las cunetas sin que se espere acción alguna para restituir su memoria.

La muerte de Stalin es un relato, efectivamente, tan triste como divertido, pero no porque sea una sátira sobre la muerte de Stalin —qué pérdida—, ni porque se mofen de los símbolos rusos —qué triste—, de sus presidentes posteriores —qué injusticia—, o de que hayan tenido la desfachatez de estrenar la película coincidiendo con el 75 aniversario de la batalla de Estalingrado —qué infamia—, sino porque aun teniendo la capacidad de poner distancia con los hechos y disfrutar a mandíbula suelta de su descaro, resulta francamente difícil determinar lo que es una hipérbole con fines cómicos y lo que no es más que la auténtica y genuina verdad de lo que fue o pudo haber sido la carrera por el poder en un régimen. Así a secas, puesto que no habría sido muy diferente de tener lugar en un régimen (o democracia) de otro color político, de otra nacionalidad, de otro mundo o hasta de otra dimensión. Siempre que hablemos de seres humanos, de inmundas personas, sea cual sea su identidad de género o su orientación sexual, capaces de hacer exactamente aquello mismo que condenan en el preciso instante en que les das la oportunidad de hacerlo, por mínima que sea.

En estos tiempos de posverdad que vivimos, donde los creadores de Los Simpson demuestran tener cualidades adivinatorias infinitamente más precisas que Rapel, una ministra es capaz de denunciar a El Mundo Today mientras otras se encomiendan a la virgen para crear empleo, una juez es capaz de reprobar a una víctima de violación por no haber cerrado las piernas con la suficiente fuerza como para dejar claro que no deseaba ser violada, muchas mujeres están en contra del feminismo, particularmente aquellas que nunca saben lo que hacen sus maridos con su dinero, o un presidente se caracteriza más por hacer el ridículo ante el micrófono que por su fluida retórica, La muerte de Stalin es una obra ciertamente triste, dado lo que cuenta, pero que resulta francamente divertida, no tanto por la manera en la que lo hace, que también, sino porque podemos reflejarnos sin problema en lo que cuenta. Guárdate de identificarte con algún personaje, porque si te cae bien seguro que lo matan, y si te cae mal seguro que te habría matado de haber vivido bajo su mandato.

Un servidor es ahora el que se va a poner de rodillas y encomendarse a la virgen para que el mismo equipo que ha sacado adelante este maravilloso proyecto tenga a bien ilustrarnos sobre el procés y Tabarnia o el periplo de Puigdemont en Bruselas, la disputa entre Pedro y Susana por hacerse con el liderazgo del PSOE, los procesos mentales de Toni Cantó cuando se enfrenta a la línea vacía de Twitter, o imagínate una sobre los tejemanejes de Esperanza Aguirre en el PP de Madrid. Todas historias tristes que podrían llegar a ser tremendamente divertidas, incluso aunque no muera nadie en ellas, incluso a pesar de que todas dan vergüenza ajena, incluso a pesar de que todas son presuntamente ciertas.

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