A silent voice (Koe no katachi, Noako Yamada, 2016, Japón)

«A silent voice»: una voz silenciosa, pero atronadoramente dolorosa

Cartel de A silent voice (Koe no katachi, Noako Yamada, 2016, Japón)Título original: Koe no katachi
Año: 2016
País: Japón
Dirección: Noako Yamada
Guion: Reiko Yoshida, Amanda Winn Lee & Clark Cheng, basado en una novela gráfica de Yoshitoki Oima & Kiyoshi Shigematsu
Producción: Toshio Iizuka, Shinichi Nakamura, Nagaharu Ohashi, Kensuke Tateishi & Milio Yarimizu
Cinematografía: Kazuya Takao
Montaje: Kengo Shigemura
Música: Kensuke Ushio
Dirección artístico: Mutsuo Shinohara
Reparto: Miyu Irino, saori Hayami, Aoi Yûki, Kenshô Ono, Yûki Kaneko, Yui Ishikawa, Megumi Han, Toshiyuki Toyonaga, Mayu Matsuoka, Sachiko Kojima, Hana Takeda, Fuminori Komatsu, Ikuko Tani, Erena Kamata, Ayano Hamaguchi, Ryunosuke Watanuki, Ryô Nishitani, Takuya Masumoto, Akiko Hiramatsu…
Distribución en España: Selecta Visión

Japón es uno de los países donde el acoso escolar constituye algo más que un serio problema. De ahí que en 2013 entrara en vigor una ley para promocionar medidas de prevención contra el acoso escolar que, en demasiados casos, culminan con el suicidio de la víctima. Por mucho que el tráiler de A silent voice pueda dar la impresión de que estamos ante un drama romántico con tintes trágicos, lo cierto es que se trata más de una tragedia, aunque de vocación gratamente tonificadora.

Adaptación de una novela gráfica de Yoshitoki Oima & Kiyoshi Shigematsu, A silent voice explora las terribles consecuencias del acoso escolar, poniendo el foco tanto en las víctimas como en sus verdugos. Una película incómoda para el espectador, por lo crueles que pueden llegar a ser algunas secuencias, pero con una poderosa vocación de reparación hacia la víctima, de restitución del daño producido y hasta de rectificación por parte del verdugo. Un relato en el que se nos presenta a ambos extremos como la consecuencia de una respuesta opuesta a un mismo conflicto: la frustración. En este caso la víctima es una adolescente discapacitada, sorda, lo que conlleva un problema de comunicación por el que necesita del esfuerzo explícito de los demás, condición que le pone en el punto de mira de su verdugo, que también se percibe como víctima de algún tipo de frustración, pero que queda sin aclarar y ante la que responde de manera violenta, lo que no quiere decir que todas las personas acosadoras respondan de la misma manera ni por la misma causa, como también se muestra en la película y de la misma manera que la frustración también se muestra como un síntoma de las complicaciones emocionales que conlleva la adolescencia.

Más allá de que la discapacidad responda a un recurso tanto literal como figurado, al sentirse igualmente sordas ante cualquier campaña de prevención las víctimas de bullying, que parecen quedar sin voz para denunciar su situación, la fuerza del relato no radica solamente en su contenido, sino también en la manera en la que se expone en imágenes. Desde el uso de la canción de The Who, My generation, cuyo líder tuviera igualmente un problema de sordera, hasta la meticulosidad por los detalles —seguro que habrá muchos que no sepan el sentido de las señales del suelo que habrán pisado tantas veces en el metro y que se reproducen con exactitud en la película— y esa poderosa poética del urbanismo que impregna todas y cada una de las imágenes en las que muchas veces los personajes quedan fuera de plano, de la misma manera que en la vida real las víctimas quedan anuladas por la situación que sufren, sintiéndose invisibles ante los demás al ser incapaces de alzar la voz y hasta terriblemente culpables de lo que les está sucediendo. La sordera contrasta con una ceguera involuntaria, la del acosador, al sentirse posteriormente excluido del grupo el abusador, como si los demás le castigaran con la indiferencia, con una ceguera figurada que le impide a él ver sus caras. La combinación de todos estos elementos nos proporciona una obra tan compleja como la propia adolescencia, tan cautivadora y reconfortante como resulta el triunfo de la resiliencia, impresionando y resonando en nuestro corazón de una forma atronadora en estrepitosa oposición al silencio de su título.

 

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